Clarice Lispector y una literatura desmesurada, cerca del corazón salvaje

No se declaraba feminista pero en su obra están todas las preguntas en esa línea de pensamiento.
No se declaraba feminista pero en su obra están todas las preguntas en esa línea de pensamiento.

De Clarice Lispector se decía que se veía como Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf. Lo primero puede comprobarlo cualquiera con una búsqueda rápida de Google Imágenes: los rasgos europeos de Clarice, herencia de sus ancestros rusos, sus pómulos esculpidos y su elegancia sin vueltas determinan una belleza que resistió el paso del tiempo y los cambios de cánones. La segunda comparación es un poco más densa: a primera vista no es evidente que Clarice Lispector y Virginia Woolf compartan muchos rasgos de estilo, pero eso es porque no está ahí lo que tienen en común. Es el tipo de relación que arman entre vida y obra, entre escritura y cuerpo, entre la problematización de lo femenino y la construcción del lenguaje (la teórica Hélène Cixous cristaliza algunas de estas ideas en su concepto de escritura femenina) lo que acerca a estas dos autoras, que por lo demás fueron muy diferentes.

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Clarice Lispector nació con el nombre Jaia Lispector en 1920, en un shtetl (pueblito) de lo que hoy sería Ucrania. No cambió su nombre cuando empezó a escribir sino mucho antes junto con toda su familia, cuando era casi un bebé y llegó a Brasil: los Lispector, que ya habían sufrido gravemente los pogroms durante la Guerra Civil Rusa, se fueron escapando de la Primera Guerra Mundial. Se instalaron primero en Recife: allí, antes de que Clarice cumpliera nueve años, falleció su madre, presuntamente por complicaciones de la sífilis que había contraído al ser violada durante los pogroms. Cuando Clarice tenía catorce años, la familia se mudó a Río de Janeiro.

Lispector llegó a Brasil siendo muy pequeña. Siempre fue hermosa.
Lispector llegó a Brasil siendo muy pequeña. Siempre fue hermosa.

Allí, alentada por su padre, Clarice recibió una educación bastante más elevada de lo que se estilaba dar a una chica en el Brasil de esa época, incluso entre las clases más altas: en la Facultad de Derecho a la que ella ingresó entonces solo había tres mujeres (y ningún judío). En Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector, Benjamin Moser habla del profundo sentido de justicia de Clarice, que animó su decisión vocacional aún si la práctica del Derecho no la tentaba demasiado. "Sentía el drama social con tanta intensidad que vivía con el corazón en un puño por las grandes injusticias que sufrían las llamadas clases necesitadas. En Recife visitaba la casa de nuestra criada los domingos, en las favelas. Y lo que vi allí me hizo prometer que no permitiría que siguiera ocurriendo", escribiría luego Clarice.

Unos diez años antes de morir, la habitación en la que dormía se incendió: se había ido a dormir con un cigarrillo encendido
Unos diez años antes de morir, la habitación en la que dormía se incendió: se había ido a dormir con un cigarrillo encendido

Esta cita es ilustrativa del lugar que ocupaba Clarice Lispector en su mundo, y la consciencia que ella tenía de él: conocía los sufrimientos de su familia, pero sabía bien que, en relación con muchos otros, era una privilegiada. Tenía también una idea bastante clara sobre los límites de ese privilegio para el género femenino: sus textos están poblados de mujeres encerradas en sus casas, muertas de deseo o de ganas de desear, de angustia y de aburrimiento. Su primera novela, Cerca del corazón salvaje, publicada en 1943, fue celebrada como una de las incursiones más comprometidas en la "novela introspectiva": es difícil hablar de Clarice Lispector sin utilizar la palabra introspección. Si se la compara, por ejemplo, con una contemporánea suya como Natalia Ginzburg, es evidente que ambas estaban interesadas en muchos de los mismos temas (la familia, las mujeres, el amor romántico y sus agujeros) pero que, en el armado de sus mundos ficcionales, Ginzburg ponía mucha más atención en el afuera: en los lugares geográficos, en las casas, en los países y en las sociedades. Los universos ficcionales de Clarice Lispector a veces parecen abstractos de tan internos que son: sus personajes son las angustias y las frustraciones, las fantasías y los recuerdos que pueden aparecérsele a una mujer sin salir de su habitación, los monólogos interiores llegan a tomar el lugar de los diálogos, a tener más preeminencia que ellos. Porque sí, Clarice Lispector escribió ficción pero escribió mucho sobre mujeres y, podemos suponer, mucho sobre sí misma: "Tengo que buscar la base del egoísmo: todo lo que no soy no me puede interesar, es imposible ser algo que no se es", escribió en la novela Agua viva, publicada apenas cuatro años antes de su prematura muerte.

Lispector se casó con un diplomático. No pasó necesidades económicas.
Lispector se casó con un diplomático. No pasó necesidades económicas.

Sus heroínas fueron creciendo con ella: de las jovencitas intrépidas pasó a los problemas de la maternidad y los conflictos entre el mantenimiento de una casa y la realización subjetiva, llegando también a hablar de la vejez y la pérdida de la belleza. A diferencia de muchas escritoras que la precedieron, Clarice Lispector tuvo una "vida normal": ni recluida como Emily Dickinson, ni tan atormentada como la de Sylvia Plath. Se casó con un diplomático -de quien se separó en 1959-, vivió en muchos países, tuvo hijos y una posición económica suficientemente cómoda para no tener que trabajar de otra cosa que de escribir, ya fuera literatura o periodismo. Tal vez por eso sus heroínas son, en la mayoría de los casos, mujeres normales, de distintos estratos sociales, pero con un fuego y un vacío en común.

Clarice Lispector, muy joven
Clarice Lispector, muy joven

Aunque no fue explícitamente feminista, su obra está poblada de preguntas y pensamientos en esa línea: "Sobre todo, ya había empezado a no sentir placer en que la condecoraran con el título de hombre a la menor señal que presentaba de ser una persona", escribió en el cuento "Felicidad clandestina". Algunos de sus relatos que toman como tema el deseo femenino siguen siendo revolucionarios hoy, con temas como la masturbación o la sexualidad de mujeres de edades muy avanzadas. En el modo en que la sexualidad femenina aparece en su obra los actos y las fantasías parecen tener el mismo peso. El aspecto imaginario e introspectivo de la sensualidad aparece contado con una frescura y una honestidad que es una rareza todavía hoy.

La originalidad de su narrativa se percibe también en la lengua.
La originalidad de su narrativa se percibe también en la lengua.

Su forma de escribir, calificada muchas veces directamente de vanguardista, torció los límites de los géneros, de lo que alcanza para contar una historia y lo que no e incluso de la gramática portuguesa. Lispector no se adaptó a ningún corset: inventó su propia concepción de lo que podía ser un cuento o una novela y de los límites poéticos de la prosa. Coqueteó (en La pasión según GH, explícitamente) con el misticismo, las experiencias trascendentes de lo físico y aquello que no se puede nombrar.

Lispector murió a los 57 años
Lispector murió a los 57 años

Sufrió el dolor físico, también. En 1966, se fue a dormir empastillada con ansiolíticos y con un cigarrillo en la mano. Despertó con la habitación en llamas, ella misma hecha un fuego. Hasta el final de su vida la acompañaron las cicatrices que incluso le afectaron el brazo derecho y, así, la propia escritura.

Clarice Lispector falleció de noche, a pocas horas de su cumpleaños número 57, cuarenta años atrás. Tenía un cáncer de ovario inoperable, aunque no llegó a saber su diagnóstico. Desde entonces su leyenda no para de crecer. Tal vez este nuevo aniversario de su muerte pueda ser una ocasión para que quienes solo la conocen por la fetichización de su belleza puedan también conocer a una de las escritoras más originales que dio al siglo XX América Latina.

 

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