¿Cómo sería el mundo si los hombres pudieran embarazarse?

La nueva novela de Leticia Martin, “Estrógenos” (Galerna, 2016), pone sobre la mesa una serie de interrogantes propios de nuestra época. Desde los debates sobre género e identidad hasta el avance desbocado de la tecnología

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“Estrógenos”, de Leticia Martin
“Estrógenos”, de Leticia Martin

¿Hacia dónde va la raza humana? Esa pregunta, aunque inabarcable y totalitaria, la han planteado mejor los escritores que los filósofos. En Las partículas elementales, la segunda novela de Michel Houellebecq, los seres humanos dejan de reproducirse como hasta hoy lo concebimos. En esta "tercera mutación metafísica" –la primera sería el cristianismo; la segunda, la ciencia moderna– los hombres conciben el sexo sólo como forma del placer y es mediante la clonación que se continúa la especie. ¿Es posible este futuro? "El mundo es igual a la suma de los conocimientos que tenemos sobre él", dice el biólogo molecular Michel Djerzinski, protagonista de la historia, proponiendo una verdad: todo futurismo está concebido desde nuestro presente, desde lo que somos, y lo que hacemos al imaginarlo es pensarnos a nosotros mismos.

Este año apareció en el campo literario argentino una novela que, de alguna manera, intenta replantearse algunas de estas preguntas pero, ya no desde 1998, sino desde este 2016, con todos los cambios que concebimos: desde internet hasta las discusiones sobre el género. Se llama Estrógenos y es de la escritora Leticia Martin (Lomas del Mirador, 1975). No es su primera experiencia literaria, ya ha publicado Breviario o el oficio religioso (Funesiana, 2012), El gusto (Pánico el Pánico, 2012), La coronación del peón (El 8vo loco, 2014), Infinito punto rojo (El ojo del mármol, 2014) y participó en La frontera durante (Outsider, 2014), pero también ha escrito una cantidad considerable de textos críticos en la revista Ñ, Polvo, No-Retornable, La Agenda y Revista Paco.

¿Qué instituye al género?

Martín, el protagonista en primera persona, decide aceptar la propuesta de su novia tras largas discusiones: quedar embarazado. En ese futuro, los hombres pueden ser inyectados en los genitales con hormonas femeninas (estrógenos) y albergar en su vientre el crecimiento de un bebé. Frente a esta posibilidad y el asentamiento de la costumbre, la mayoría de las mujeres han decidido no procrear –también tomar hormonas masculinas para ya no menstruar– y dejar el asunto de la continuidad de la especie en manos de los hombres. Sin embargo no es una simple inversión en los roles de género dado que algunos hombres prefieren no tomar este camino, entonces la especie humana se encuentra frente a un posible y lento final, cosa que no a todos les importa. Sí a los continuistas, que se manifiestan en las calles a favor de seguir con la reproducción.

El atractivo del planteo que propone la novela no está en el escenario sci-fi, sino en las configuraciones sociales que este crea levantando frente a nuestro presente una suerte de espejo negro, de posibilidad inconscientemente negada y reprimida. ¿Cómo se modificaría la relación de género entre hombres y mujeres si son los primeros quienes procrean y las segundas quienes "ponen la semilla"? Si es como dice el psicoanalista Luciano Lutereau, que ser madre no es sinónimo de mujer embarazada, entonces la pregunta inicial tiene que ver con la construcción social que hacemos detrás de quien lleva un embarazo. ¿Es la facultad de llevar en el vientre una vida para luego darla a luz una característica que instituye la femineidad? Si el progresivo avance en torno a la igualdad de género respecto a la participación de la mujer en el ámbito público –desde el voto hasta la posibilidad de trabajar fuera del hogar– dio lugar a una nueva manera de concebir a la sociedad en su conjunto, por ejemplo la tendencia de lo que se llamó childfreemujeres que deciden no tener hijos–, ¿es plausible seguir pensando a la mujer únicamente como madre? En sus respectivas novelas, Michel Houellebecq y Leticia Martin llegan a un acuerdo, mal que le pase a Ernesto Laclau: las identidades no necesariamente se construyen por oposición. "Quiero ser padre, no quiero ser mujer", explica Martín, el protagonista embarazado.

#NiUnaMenos y libertades individuales

Tras la muerte atroz de Lucía Pérez, el miércoles 19 de octubre se realizó una marcha contra los femicidios. Este caso, que presentó una crueldad inusitada en la tortura previa al deceso de la joven marplatense, funcionó como la gota que derramó el vaso en términos de violencia machista generando una efervescencia social: una continuación con lo que fue la multitudinaria marcha del 3 de junio de 2015 denominada #NiUnaMenos. Es inevitable poner a Estrógenos en relación con ese contexto, no sólo como un producto cultural gestado al calor de su época, sino también como una ficción que dialoga con su presente de una forma frontal y sin demagogias devolviéndole un reflejo distorsionado y aterrador. Por ejemplo, frente a esos eslóganes radicalizados en la última marcha como "basta de parir" o "muerte al macho", la novela evita confundir sexo con género dejando en claro que el primero tiene un carácter biológico y el segundo cultural, y en ese malentendido teórico radican las imposibilidades de acción, los callejones sin salida del debate.

El protagonista de la historia no toma postura política frente a lo que sucede, sin embargo deja una condición: "estoy a favor de las libertades individuales", dice como si le hablara a todos aquellos manifestantes que intentan imponer su radicalización como un contra-estereotipo. "No voy a formar parte de ningún plan que se haya decidido por mí", agrega después, ya embarazado, cuando escucha en la radio que el Estado encarcelará a los hombres en "estado gestacional avanzado". Este detalle, si se fuerza la vista, podría ser leído como el espejo de la criminalización del aborto: el atropello al derecho de decidir sobre el cuerpo propio.

En Historia de la sexualidad, Michel Foucault planteaba que "hay que analizar la formación de cierto tipo de saber sobre el sexo en términos de poder, no de represión o de ley", y cuando se refería a poder no hablaba de instituciones rígidas y específicas sino más bien a las tensiones sociales que se configuran en torno a una desigualdad opresora. ¿Es la relación hombre-mujer una tensión que indefectiblemente oprime? Ante esta pregunta, Leticia Martin propone ir más allá: ¿Y si lo que realmente oprime no es el sexo sino más bien los estereotipos que a partir de este se construyen? ¿Y si lo que realmente oprime no son los estereotipos en sí –milenarios estos, por momentos irreversibles– sino más bien su reproducción cómodamente acrítica tanto desde el lado del verdugo como del de la víctima? En el libro las mujeres son mayoría en el parlamento –también tienen representaciones otras identidades de género– y poseen una clara posición de igualdad en las jerarquías sociales, sin embargo la sociedad sigue estando rota y en conflicto permanente.

¿Existe un lugar al cual volver?

Las tensiones de una sociedad que va hacia el futuro como un caballo desbocado se observan en su relación con la tecnología. Capturado y encerrado en su celda, Martín mira la proyección de su hijo –el hiperrealismo de la escena en que da a luz, cesárea incluida, es para destacar– que crece en una incubadora a algunos pisos de él. Entonces, ese vínculo que teje con su primogénito desde una pantalla es el que lo lleva a tener una relación "extraña con la vida material y concreta". ¿Cuál es el estatuto de la imagen en este sentido? Para Jacques Rancière, en las proyecciones "la cosa no está nunca ahí, en persona, y, sin embargo, no hay nunca nada más que presencia". La imagen de su hijo no sólo suplanta a su hijo, sino que también muestra y oculta en un juego de enigmas que comienza a enloquecerlo. Sin embargo, no es sólo este caso de distancia forzada; en Estrógenos las imágenes tienen un valor exacerbado ya que todo está alojado en el Nit (una suerte de internet que trasciende el espacio de las computadoras) y permite ver recuerdos cuando lo dispongamos.

Siguiendo con la distopía, un capítulo de la serie británica Black Mirror ("Toda tu historia", 2011) puede reforzar el argumento: un chip detrás de la oreja de las personas logra almacenar todo lo que vemos y proyectarlo cuando queramos. ¿Podría pensarse esta nueva relación surgida a partir de internet entre el hombre y la tecnología como una forma de resolver el problema de la soledad? Es difícil quitarse los vestigios del mundo analógico, tal es así que cuando Martín quiere anunciarle a su hermano su embarazo dice que "todavía es difícil comunicar este tipo de noticias digitalmente" y cuando mira pornografía se detiene a buscar "ese segundo realista" en la escena. ¿Necesitamos del contacto cara a cara como los peces necesitan el agua para vivir o es parte de la evolución del hombre empezar a suprimir ciertas necesidades sociales? En el reino animal la evolución de los cetáceos habla por sí sola: las ballenas, milenios atrás, eran seres terrestres. ¿Podría pensarse entonces que la evolución humana está siendo orientada hacia los nuevos comportamientos que propone la tecnología digital y que ya la distinción entre "lo real" y "lo virtual" es indeterminable?

Frente a este caos de preguntas sobre nuestro futuro, Leticia Martin construyó una de las mejores respuestas: Estrógenos, una apuesta que sobresale en el campo literario argentino de este nuevo siglo. No sólo por sus habilidades narrativas –el ritmo es inquietante, la trama avanza con intensidad y es para destacar cómo la autora logra darle verosimilitud y sexualidad a su personaje varón–  sino también por consolidar ese segundo carril, siempre invisivilizado por la parafernalia ficcional, que es el del pensamiento.  "Como un primate que se yergue en homo sapiens, el hombre, sin previo aviso, evolucionó", sentencia en la novela y es esa evolución, que parece ser irreversible, la que sólo puede concebirse de la mano de la tecnología.

En aquel episodio de Black Mirror, el protagonista se ve abrumado por las imágenes y los recuerdos, entonces decide salirse del camino de la humanidad: con una pinza se arranca el chip que tiene detrás de la oreja. Volviendo al plano de lo real, ¿es posible bajarse de la carrera que emprende la sociedad tecnologizada como un caballo desbocado? ¿Existe un lugar al cual volver, un origen, un pasado puro y no contaminado? Para esta pregunta, Estrógenos también tiene su respuesta: develarla en esta nota sería un spoiler.