
El 14 de julio de 1976, sonó el timbre en la casa del fotógrafo mexicano, Rodrigo Moya, en la puerta, con el ojo morado y una cicatriz en la nariz, esperaba Gabriel García Márquez con la intención de que el reconocido artista retratara las secuelas del puño más famoso de la historia.
Al lado del escritor, con unos lentes oscuros que disimulaban el disgusto evidente de una esposa a la que le han magullado a su marido, se encontraba Mercedes Barcha, la mujer que lidiaría con su genio, cargaría con el hogar en el que criaron a dos hijos y lo acompañaría hasta el día de su muerte.
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Moya, desconcertado por la escena, le preguntó por lo sucedido a un ‘Gabo’ que esquivaba las explicaciones, como si de golpes se tratará, luego, tomó su cámara y disparó las veces que fueron necesarias para inmortalizar al escritor que recibió la trompada más famosa de la historia sin ser boxeador, con su sonrisa burlona, su bigote ralo y su ojo colombino.
Gabo le contó al fotógrafo de mamá antioqueña, que el derechazo -nunca mejor dicho- que lo había tumbado al suelo se lo había desenfundado su entrañable amigo y también escritor, Mario Vargas Llosa, un peruano que como él, ganarían el Premio Nobel de Literatura algunos años después.
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Según le contó el autor de ‘Cien años de soledad’, que por esa época estaba próxima a cumplir una década de publicada, la ira del peruano se debía a diferencias ideológicas irreconciliables, ya que ‘Gabo’, como Silvio, siempre fue a la “zurda más que diestro”, y el autor de ‘La ciudad y los perros’ como demostró con la trompada, creía en la contundencia derecha.
“Es que Mario es un celoso estúpido”, recuerda Moya que le decía Mercedes Barcha, quien le había contado que el encontronazo ocurrió en exhibición de cine reservada para algunas figuras públicas en las que estaban invitados los dos escritores.
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Gabo reconoció entre los asistentes a su adorado amigo de letras y tertulias, a quien se dirigió con los brazos abiertos y pronunciando su nombre; Vargas Llosa, envenenado por motivos que desconocía el colombiano lo recibió con un guamazo que lo tumbó a la lona, un golpe sin medir palabras.
Entre la hemorragia y el desconcierto, se llevaron a Gabo a su casa en Pedregal, donde Mercedes Barcha le colocó filetes de carne durante toda la noche para que la hinchazón y el escándalo de compadres, del que habían sido testigos pocos asistentes al estreno, no trascendiera casi cincuenta años después.
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Según recuerda el fotógrafo mexicano en un artículo de Soho, durante la charla que se extendió por un buen rato, Mercedes y Gabo afirmaron que durante su estadía en París habían intercedido en los asuntos maritales de Mario y Patricia, que se encontraban en una compleja situación conyugal.
Entre comentarios y consejos, alguna de las palabras de la pareja habrían incomodado a Vargas Llosa luego de volver con su esposa, con la que se habían dejado por un tiempo, al modo de ver del peruano, Gabo se había comportado de forma desleal durante una de estas conversaciones con Patricia Llosa.
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García Márquez y Vargas Llosa no se volvieron hablar, sin embargo, la reconciliación después de la muerte, cuando las letras pesan diferente, se podría entender en la reedición de dos textos que demuestran la admiración y el afecto de los dos escritores latinoamericanos que no se dirigieron más, lo único que los diferencia del resto de mortales, la palabra.
“Dos soledades” e “Historia de un deicidio” (Alfaguara) son los libros que permiten la ilusión de una tregua de viejos amigos más allá del tiempo, más allá del rencor y más allá de la muerte.
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