
Luego de dos años de la intervención del Bronx, que fue el sector más grande de consumo de droga y el más peligroso de Bogotá, una mujer que se inició en la prostitución contó cómo era la explotación sexual en una residencia que llegó a administrar, y en la que todavía vive. Maltrato, droga y delincuencia reinaban en el lugar.
En 2016, un gigantesco operativo sorpresa de 2.500 uniformados se tomó el sector ubicado en varias cuadras del centro de la capital. Era el sector más peligroso de la ciudad, la 'olla' de consumo de droga más grande del país. A tan solo una cuadra del batallón del Ejército ocurrían toda clase de crímenes.
Varias bandas controlaban los negocios de tráfico de estupefacientes, de armas, de personas, de pornografía infantil, de explotación sexual y de hurtos. En el lugar desaparecían personas, las asesinaban y las torturaban hasta enterrándolas vivas en las paredes o echándolas a perros hambrientos. Allí, las autoridades encontraron 200 mujeres obligadas a prostituirse, incluidas 76 menores de edad, ocho de ellas menores de 13 años.
Como ellas llegó hace una década al Bronx, Mónica, una bogotana de 45 años que nunca terminó el colegio y se fugó de su casa a muy temprana edad. Eso contó al medio kien y Ke. Después de trabajar como empleada en una empresa de noruego la droga la consumió y terminó en la olla prostituyéndose.

"La prostitución nunca fue mi mundo, porque para mí hacer el amor es un arte, entonces tendría una clientela muy tremenda", dijo al medio digital. Trabajó en el mismo edificio en ruinas en el que ahora vive, y el que llegó a administrar, pues servía de residencia para que las prostitutas del lugar atendieran a sus clientes.
De acuerdo a la descripción de Kien y Ke, las escaleras del edificio eran tan estrechas que solo cabía una persona, las habitaciones eran de 1,60 metros, en ellas todavía permanecen los colchones en el suelo y algunos objetos de quienes vivían en el lugar, incluso en las pareces hay cartas escritas.
Funcionaba con un pago diario. "Si yo estaba durmiendo y salía de mi cuarto a revisar las habitaciones a esa hora y había alguien por ahí todavía, pues cobraba", comentó. Después de las 11:30 p.m. cobraban la salida a 0,3 dólares.
Al lugar llegaban, sobre todo, hombres sucios, mal vestidos y malolientes, pero también otros en camionetas blindadas que se llevaban a las mujeres a moteles aledaños. "A una niña la contrataban a 1.000, 2.000 y hasta 3.000 pesos (entre 0,3 y 1 dólar). Es cierto que había menores de edad", confesó Mónica a Kien y Ke.
Y terminó advirtiendo que fue testigo de cómo los clientes les pegaban y maltrataban a las mujeres, sometiéndolas a todo tipo de vejámenes. "Escuchaba el golpe en la pared y me asomaba a ver qué pasaba y me decían que ellos habían pagado, que podían hacer lo que quisieran", dijo.
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