
El hallazgo de un fósil excepcional en el centro de la provincia de Neuquén permite asomarse a los mares cálidos que bañaban la Patagonia hace 185 millones de años. Investigadores del CONICET identificaron y describieron una nueva especie de molusco gigante, Opisoma romeroi, que habitó aquellas aguas durante el Jurásico temprano, en un ambiente muy diferente al actual.
El descubrimiento aporta información inédita sobre la biodiversidad de ese período y amplía el conocimiento sobre la distribución de estos organismos en el hemisferio sur.
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Los resultados del estudio, publicados en la revista Journal of Paleontology, revelan que este bivalvo extinto es el representante más austral conocido de su género, lo que modifica la visión sobre la fauna marina que prosperó en la región durante esa época.
Características únicas que distinguen a Opisoma romeroi
El análisis morfológico detallado reveló que Opisoma romeroi presenta varios rasgos inusuales dentro de su género. Por un lado, su gigantismo resulta llamativo: el ejemplar alcanza 18 centímetros de longitud, superando ampliamente a otras especies del mismo grupo, cuyas dimensiones rara vez exceden los 2 o 3 centímetros. El caparazón tiene forma de corazón y está fuertemente calcificado en uno de sus lados, lo que sugiere que el animal vivía semienterrado en ambientes de aguas poco profundas.
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La forma y la manera en que encajaban las piezas que unían ambas partes del caparazón ofrecen pistas sobre cómo el molusco se apoyaba y se mantenía estable en el fondo marino. Estos detalles ayudan a responder una pregunta que intrigó durante años a los científicos: cuál era la posición real del caparazón mientras el animal vivía.

La investigación plantea que Opisoma romeroi habría convivido con microalgas capaces de realizar fotosíntesis, en una relación de beneficio mutuo. Esta idea surge porque la forma aplanada y el tamaño del caparazón se parecen a los de algunas almejas actuales, como las del género Corculum, que viven junto a algas microscópicas en su cuerpo. Estas aprovechan la luz del sol y producen nutrientes que también sirven de alimento para el molusco.
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Si bien en el análisis con tomografía computada no se registraron perforaciones o “ventanas” que permitan el paso de luz, como ocurre en Corculum, los autores consideran que la especie podría haber desarrollado estrategias alternativas para maximizar la captación de radiación solar, comparables a las observadas en Tridacna, las almejas gigantes del Pacífico.
El hallazgo en el sector patagónico de Neuquén aporta datos sobre la distribución de faunas de afinidad tropical en el sur de Sudamérica durante el Jurásico. El sitio de Cerro Granito, donde fue colectado el fósil por Francisco Romero, el primer director del Museo “Carmen Funes” de la localidad neuquina de Plaza Huincul, hace más de 40 años, corresponde a un antiguo golfo de aguas subtropicales y arrecifes, lo que refuerza la hipótesis de un clima cálido en la región durante aquel periodo geológico.
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De los sedimentos al laboratorio: cómo se estudió el fósil
El material fósil permaneció resguardado en dos repositorios institucionales hasta su reciente análisis. Según detalla Valentina Cuesta, una de las autoras, el espécimen estuvo almacenado en el Museo Provincial de Ciencias Naturales “Prof. Dr. Juan A. Olsacher” de Zapala y en la Universidad de Buenos Aires. Aunque el paleontólogo Horacio Camacho había manifestado interés en estudiarlo, solo décadas después se concretó la investigación que permitió su identificación y descripción formal.

El trabajo combinó técnicas paleontológicas tradicionales, como la observación macroscópica y la medición de estructuras, con tomografía computada (CT), un recurso no invasivo que facilita el examen detallado de las valvas sin dañar el material original. Las imágenes obtenidas en el Hospital San Martín de La Plata permitieron observar la disposición interna de los dientes y la morfología del caparazón, aportando datos cruciales para resolver controversias sobre la orientación y funcionalidad de la estructura.
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El equipo utilizó terminología morfológica estandarizada para describir las partes del caparazón y realizó comparaciones con especies afines de otras regiones, detectando diferencias y similitudes en la forma, tamaño y disposición de los elementos anatómicos. Las observaciones también permitieron inferir aspectos funcionales del molusco, como su modo de vida semienterrado y la posible relación con algas fotosintéticas, a partir de la morfología y la comparación con especies actuales y fósiles.
Claves para reconstruir ecosistemas y entender la evolución
La presencia de Opisoma romeroi en Neuquén plantea interrogantes sobre la dispersión de faunas tropicales en el hemisferio sur durante el Jurásico, así como sobre la evolución de las relaciones simbióticas entre animales y microorganismos fotosintéticos.
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Según Cuesta, el hallazgo suma evidencia sobre el clima cálido de la Patagonia de hace 185 millones de años y permite postular que otros representantes de la llamada fauna de Lithiotis, grandes bivalvos de aguas poco profundas, podrían haber alcanzado latitudes aún más australes de lo pensado hasta ahora.
La investigación también destaca la importancia de los grandes moluscos fósiles como indicadores paleoambientales. El gigantismo y la morfología particular de O. romeroi podrían estar relacionados con la necesidad de optimizar la captación de luz en ambientes marinos someros y estables, lo que a su vez sugiere la existencia de condiciones ecológicas propicias para la vida simbiótica. Aunque no se hallaron pruebas directas de fotosimbiosis, las similitudes con especies actuales permiten avanzar en la interpretación funcional de estos organismos.
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El trabajo realizado por el equipo del CONICET abre nuevas líneas de investigación sobre la biología, ecología y distribución geográfica de los bivalvos del Jurásico, al tiempo que revaloriza el papel de los fósiles patagónicos en la reconstrucción de la historia natural del sur de Sudamérica.
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