
Los dinosaurios no solo dominaron la Tierra por su tamaño y diversidad. Un nuevo trabajo sugiere que también compartieron con las especies actuales un hábito que hoy parece muy cotidiano: consumieron frutos carnosos y semillas de mayor tamaño de lo que se pensaba. Esa conducta, reconstruida a partir de fósiles de un bosque del Cretácico tardío, obliga a revisar cuándo y cómo se volvieron “modernas” las estrategias reproductivas de las plantas con flores.
Durante décadas, la visión predominante en paleobotánica sostuvo que las plantas con flores, surgidas hace unos 136 millones de años, mantuvieron durante gran parte de su historia temprana un perfil discreto: especies pequeñas, con semillas diminutas, dispersadas sobre todo por el viento o por estructuras sin pulpa. En ese escenario, los grandes frutos carnosos habrían aparecido recién después de la extinción masiva de hace 66 millones de años, cuando el impacto de un asteroide eliminó a los dinosaurios y abrió espacio para la rápida expansión de los mamíferos.
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Esa hipótesis quedó ahora en cuestión a partir de un estudio basado en fósiles de un bosque de hace unos 74 millones de años, en el actual estado de Nuevo México, que muestran frutos del tamaño de una uva y una diversidad inesperada de estructuras reproductivas. La investigación, publicada en la revista Science, apunta a que la transición hacia una ecología reproductiva “moderna” en las plantas con flores habría comenzado millones de años antes de lo que señalaban los modelos clásicos.
Un “Pompeya botánico” del Cretácico

El trabajo se apoya en un yacimiento cercano a la ciudad de Truth or Consequences, en Nuevo México, donde un equipo internacional examinó un nivel de ceniza volcánica transformada en roca (una toba volcánica) que se extiende por más de un kilómetro. Esa capa registró, de manera casi instantánea, la vegetación de un bosque del Cretácico tardío y preservó frutos, semillas y otras estructuras reproductivas en sus posiciones originales.
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El paleobotánico James Saulsbury, investigador posdoctoral del Biodiversity Institute and Natural History Museum de la University of Kansas, describió el sitio. Lo definió como un “‘Pompeya botánico’”, según explicó en el comunicado de prensa: “El sitio contiene una capa de ceniza volcánica preservada como roca que se extiende por más de un kilómetro y proporciona una instantánea de un bosque de hace unos 74 millones de años”. Esa conservación permite observar no solo qué especies estaban presentes, sino cómo se distribuían en el paisaje.
El comunicado destacó que el lugar se distingue por “la diversidad y el tamaño de sus frutos y semillas fósiles”, una combinación que no se había documentado con esa claridad en otros yacimientos de la misma época. De acuerdo con Saulsbury, “no se cree que estos resultados se deban solo a un sesgo de preservación”, sino que reflejan un bosque genuinamente inusual. Esa rareza aporta una ventana directa a un momento en que las plantas con flores experimentaban cambios profundos en su manera de reproducirse y dispersar sus semillas.
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Según se detalla en el estudio, el equipo clasificó cientos de semillas fósiles en morfotipos, es decir, grupos definidos por la forma cuando no es posible saber si pertenecen a una o varias especies. Saulsbury explicó en el comunicado que “se ordenaron cientos de semillas fósiles en lo que se denomina morfotipos, agrupaciones basadas en la forma más que en especies confirmadas”, lo que permitió cuantificar la variedad de estructuras reproductivas presentes en ese bosque antiguo.
Frutos más grandes y dinosaurios como dispersores
Uno de los hallazgos centrales del trabajo es el tamaño de algunos frutos fósiles. La muestra incluye ejemplares comparables a una uva, que son grandes para los estándares de las plantas con flores del Cretácico temprano. Saulsbury indicó que “los mayores frutos de nuestra flora fósil tienen aproximadamente el tamaño de una uva” y añadió que “eso puede no parecer especialmente grande hoy, pero resulta notable para las plantas con flores de ese período”, según el comunicado de prensa.
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En términos sencillos, el tamaño del fruto se relaciona con la estrategia de dispersión de las semillas. Los frutos pequeños y ligeros tienden a aprovechar el viento o el agua, mientras que los frutos grandes y carnosos suelen depender de animales que los comen y luego transportan las semillas a otros lugares. El comunicado de la University of Kansas recordó que, en la actualidad, muchos árboles y arbustos usan este mecanismo y producen frutos como manzanas, peras o aceitunas para atraer a distintos animales.

Saulsbury señaló en el comunicado que “la visión predominante ha sido que esa ecología reproductiva más diversa surgió solo después de la extinción del final del Cretácico”. Sin embargo, los datos del yacimiento de Nuevo México contradicen ese modelo temporal. Según indicaron los investigadores en el comunicado de prensa, “los resultados sugieren que la transición hacia una ecología reproductiva moderna comenzó mucho antes de lo que se creía”.
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El trabajo concluye que, si ya existían frutos grandes y variados hace 74 millones de años, su dispersión no habría dependido solo de mamíferos tempranos. El comunicado de la University of Kansas señaló que “si en los bosques del Cretácico tardío ya había frutos grandes y diversos, probablemente los dispersaran no solo mamíferos tempranos, sino también grandes dinosaurios y otros animales”. Esa posibilidad modifica la forma en que se entiende la relación entre fauna y flora en los ecosistemas dominados por dinosaurios.
Un cambio en la evolución de las plantas con flores
La investigación cuestiona un relato muy difundido en paleontología: el que vincula la aparición de grandes frutos exclusivamente con el auge de los mamíferos después del impacto del asteroide. El comunicado de prensa de la University of Kansas sintetizó: “Una hipótesis de larga data sostenía que los frutos grandes evolucionaron junto con la rápida diversificación de los mamíferos solo después del impacto del asteroide que eliminó a los dinosaurios”.
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A partir de los nuevos datos, el mismo texto institucional afirmó que “los resultados sugieren que esa historia comenzó antes”. Para explicar la importancia ecológica de estos cambios, Saulsbury destacó que “el tamaño del fruto importa porque se asocia con muchos aspectos de la ecología de los bosques”.
Además, el investigador apuntó que “los frutos grandes tienden a aparecer en ambientes húmedos con bosques densos” y que los resultados indican que “una estructura forestal y una ecología reproductiva de aspecto moderno se desarrollaban antes de lo que se creía”. Esa combinación sugiere que, hacia el final de la era de los dinosaurios, ciertos bosques ya funcionaban de manera similar a los actuales en cuanto a cómo las plantas se reproducían y se dispersaban en el espacio.
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Según se detalla en el estudio, la interpretación de este bosque fósil requiere integrar datos de anatomía vegetal, geología y ecología. Los autores concluyen que la diversidad de formas de semillas y frutos hallada en ese único yacimiento apunta a una fase avanzada en la historia evolutiva de las plantas con flores. Esa fase incluía ya la producción de frutos carnosos de cierto tamaño, capaces de atraer animales que colaboraran con la dispersión de las semillas.

Las relaciones planta-animal en el Cretácico
Más allá de la cronología de la evolución vegetal, el trabajo ofrece pistas sobre cómo eran las interacciones entre plantas y animales en los ecosistemas cretácicos. Al mostrar que las plantas con flores ya presentaban frutos relativamente grandes y variados, el estudio sugiere que las relaciones de consumo de frutos, similares a las que se observan hoy en muchos bosques tropicales y templados, tenían antecedentes en tiempos de dinosaurios.
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En el comunicado de la University of Kansas, Saulsbury afirmó que estos fósiles “cambian la forma en que se entiende el modo en que las plantas con flores se volvieron modernas en términos de su ecología reproductiva”.
La institución indicó también que “los hallazgos modifican la manera en que se piensan las interacciones planta-animal y su papel en la evolución de las plantas”, al mostrar que esos vínculos eran más complejos y diversos antes del límite que marcó la gran extinción.
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