Después de más de medio siglo de ausencia, Artemis II marcó el retorno de una misión tripulada estadounidense a la órbita de la Luna, con un sobrevuelo específico por el lado oscuro del satélite.
En esa instancia, la nave permaneció incomunicada con la Tierra durante un lapso de 50 minutos, un intervalo que permitió contemplar un eclipse solar que no fue visible desde la Tierra. Asimismo, el procedimiento evidenció la autonomía de los sistemas de la cápsula Orion y abrió la puerta a futuras incursiones humanas más allá de la Luna, según consignó la revista Nature.
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Además del comandante de la misión, el astronauta estadounidense Reid Wiseman, el resto de integrantes de Artemis II son los especialistas de la NASA Christina Koch y Victor Glover, y el astronauta de la agencia espacial canadiense (CSA) Jeremy Hansen.
Los cuatro sobrevolaron la llamada “cara oculta” del satélite y se convirtieron en los humanos que más lejos han viajado desde la Tierra, superando la distancia máxima registrada por la misión Apolo 13, de acuerdo con informes detallados por la agencia estadounidense.
Los próximos pasos de la misión Artemis II
Este martes 7 de abril, la nave Orion abandonará gradualmente la órbita lunar; antes de ejecutar la maniobra de escape, los astronautas dialogarán con los científicos encargados para compartir sus impresiones iniciales tras el sobrevuelo. Esta etapa incluirá una jornada menos exigente, lo que permitirá a la tripulación recuperar energías antes de enfrentar los próximos desafíos del retorno.
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En el octavo día se centrarán en la preparación ante posibles episodios de radiación solar. Los integrantes de la tripulación diseñarán refugios con los suministros disponibles en Orion y ejecutarán experimentos para medir la exposición a la radiación cósmica. Al cierre de la jornada practicarán el pilotaje manual de la cápsula, probando varios modos de control.
Durante el noveno día, las operaciones girarán en torno a los preparativos para el retorno a la Tierra. El equipo revisará en detalle el protocolo de reingreso, verificará los sistemas dedicados a la gestión de residuos y ensayará el uso de prendas de compresión, diseñadas para prevenir la llamada intolerancia ortostática, una forma de disfunción cardiovascular frecuente al readaptarse a la gravedad terráquea después de periodos prolongados en microgravedad.
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La última etapa, en el décimo día, supondrá un trabajo minucioso de reorganización en la cápsula. Los astronautas dispondrán los trajes espaciales para la reentrada y coordinarán la separación del módulo de servicio, antes de exponer el escudo térmico al reingreso atmosférico. En este punto, la nave enfrentará temperaturas de hasta 1.500 °C (2.732 °F), máximos que pondrán a prueba la integridad del vehículo y la eficacia de los materiales protectores. Tras superar la fricción, se desplegarán los paracaídas, que ralentizarán el descenso hasta llegar a un amerizaje seguro en el Océano Pacífico, donde los equipos de recuperación recibirán a la tripulación.
Singularidades del hemisferio oculto, observaciones y récords
La cápsula Orión estableció un hito para la exploración espacial al alcanzar los 406.771 kilómetros de distancia desde la Tierra durante su sobrevuelo por el hemisferio oculto de la Luna, con lo que superó cualquier récord anterior de misiones tripuladas. Este acercamiento permitió a la misión Artemis II cumplir con uno de sus objetivos principales: examinar la cara no visible desde nuestro planeta, considerada por la NASA como un laboratorio natural clave para comprender la historia lunar y el origen del Sistema Solar.
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Después de cruzar la región antípoda y reanudar el contacto con el centro de control, la astronauta Christina Koch transmitió un mensaje de calma y optimismo: “Es un gusto volver a estar en comunicación con ustedes. Estamos de camino en regreso a la Tierra”, según informó la agencia NASA en sus comunicados oficiales. El regreso de la cápsula Orión se desarrollará durante cinco días, periodo en el que la tripulación continuará transmitiendo datos científicos y material visual obtenido durante el trayecto.
El hemisferio oculto de la Luna se distingue por su relieve abrupto y mayor cantidad de cráteres respecto de la cara visible desde la Tierra. Carece de atmósfera y presenta superficies considerablemente más secas y montañosas, con menos planicies volcánicas, según detalló la NASA. Alrededor del 20% de esta extensa zona recibe luz solar, forzando a los astronautas a adaptar sus mediciones a rápidas variaciones lumínicas para optimizar la calidad de las observaciones. La agencia estadounidense explicó: “Los ojos y el cerebro humanos son muy sensibles a los cambios sutiles de color, textura y otras características de la superficie”, lo que resalta la importancia de la observación directa frente a la automatización de los instrumentos robóticos.
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La tripulación, formada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, empleó equipos fotográficos profesionales —cámaras Nikon con lentes de hasta 400 milímetros y dispositivos de 14-24 milímetros— junto a teléfonos móviles para registrar la superficie bajo diversas condiciones de luz. La cápsula Orión cuenta con 32 cámaras integradas y dos dispositivos fotográficos adicionales. Estas herramientas permitieron observaciones en tiempo real y la anotación de variaciones en el color y brillo, datos claves para interpretar imágenes obtenidas por sondas y orbitadores, de acuerdo con los informes de la NASA.
Una prioridad en esta misión fue el estudio de la cuenca Oriental, un cráter de 930 kilómetros de diámetro situado en el hemisferio sur lunar, considerado la estructura más reciente y extensa formada durante el Bombardeo Intenso Tardío hace unos 4.000 millones de años. La científica principal de Artemis II, Kelsey Young, subrayó al medio NASA que “Orientale es fundamental para entender cómo se forman las cuencas de impacto en el Sistema Solar”. Aunque previamente ha sido observada por sondas automáticas, la intervención humana podría aportar datos inéditos sobre su composición y estructura geológica.
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La Luna, por su ausencia de atmósfera, ofrece ventajas para la observación astronómica. Permite a los astronautas capturar imágenes de alta resolución y obtener registros precisos de la topografía, sin las distorsiones habituales que afectan las mediciones desde la Tierra. La misión Artemis II, en este contexto, refuerza el valor del análisis humano sobre el terreno para descifrar los procesos de formación y la evolución del único satélite natural terrestre.
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