
Los entrenamientos cognitivos son ejercicios diseñados para estimular y fortalecer las habilidades mentales como la memoria, la atención, el razonamiento y la velocidad de procesamiento cerebral.
Pero no estaba claro si esas mejoras se traducían en una reducción real del riesgo de desarrollar demencias en la vida cotidiana.
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Científicos de los Estados Unidos aportaron una respuesta al llevar a cabo el ensayo clínico controlado y aleatorizado, que llamaron ACTIVE.
Siguieron durante veinte años a adultos mayores que realizaron distintos entrenamientos cognitivos y analizaron sus diagnósticos médicos reales de demencia.

Descubrieron que solo el grupo que hizo ejercicios de velocidad de procesamiento con refuerzos presentó una reducción del 25% en el riesgo de desarrollar demencia, en comparación con quienes no realizaron ese entrenamiento.
En sesiones con computadoras los participantes debían identificar estímulos visuales de forma rápida y dividida. Se adaptaba la dificultad según el progreso individual.
El resultado, que fue publicado en la revista Alzheimer’s & Dementia: Translational Research & Clinical Interventions confirma que esa mejora mental sí puede influir en la prevención clínica de la enfermedad.
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El trabajo fue liderado por Norma Coe y un equipo de especialistas de la Escuela de Medicina Perelman de la Universidad de Pensilvania, la Universidad Johns Hopkins, la Universidad de Alabama en Birmingham, la Universidad de Florida y la Universidad de Washington, entre otras instituciones de Estados Unidos.
Mentes que buscan respuestas

En diálogo con Infobae, la doctora en Psicología María Roca, investigadora del Conicet y subdirectora del Departamento de Neuropsicología de Ineco, comentó tras leer el estudio: “Sabemos hace años que estar activo intelectualmente es un factor protector para el desarrollo de demencia. Con respecto al uso del entrenamiento cognitivo en sí mismo, los resultados son más variables, pero existen estudios previos que han mostrado su utilidad”.
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La experta señaló: “Lo novedoso de este nuevo estudio realizado en Estados Unidos es que incluye una gran cantidad de personas y las sigue durante muchos años. Eso no es fácil de hacer”.

Aclaró que “si bien en el estudio hay una descripción breve del contenido de las sesiones que mostraron efectividad, lo cierto es que no parece nada muy diferente de lo que actualmente se hace en la Argentina y en el mundo en cuanto a las sesiones de entrenamiento cognitivo. Necesitaríamos una descripción más precisa, pero es algo que podría hacerse en América Latina”.
La doctora Roca destacó que también se debería considerar que “el entrenamiento cognitivo debe brindarse dentro de una concepción más integral de la salud cerebral, en la que se cuiden todas las variables de impacto como el ejercicio físico, la dieta, el sueño y la salud emocional”.
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El origen de los entrenamientos mentales

Los entrenamientos cognitivos se utilizan desde hace varias décadas, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando psicólogos y neurocientíficos comenzaron a desarrollar programas estructurados para mejorar habilidades mentales en distintos grupos de personas.
Su uso se expandió a partir de la década de 1990 con la popularización de ejercicios computarizados y estudios sobre envejecimiento cerebral.
Actualmente, forman parte de programas de rehabilitación, prevención y estimulación en adultos mayores y otras poblaciones.
El equipo de investigadores de los Estados Unidos se propuso determinar si los entrenamientos cognitivos, especialmente los ejercicios de velocidad de procesamiento con refuerzos, podían reducir el riesgo de recibir un diagnóstico clínico de demencia en adultos mayores a lo largo de veinte años de seguimiento.
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Además, buscaron evaluar el impacto de diferentes tipos de entrenamiento y la influencia de las sesiones adicionales en los resultados.
Los investigadores seleccionaron a más de dos mil adultos mayores en Estados Unidos con una edad promedio de setenta y tres años.
Dividieron a los participantes en cuatro grupos: uno de memoria, uno de razonamiento, uno de velocidad de procesamiento y un grupo control sin entrenamiento.
Cada grupo realizó hasta diez sesiones grupales de ejercicios diseñados para estimular diferentes habilidades mentales, repartidas en cinco o seis semanas. Quienes completaron la mayoría de las sesiones fueron elegibles para recibir refuerzos adicionales a los once y treinta y cinco meses del inicio.
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El equipo utilizó los registros médicos de Medicare para evaluar, de manera objetiva y a lo largo de veinte años, cuántos participantes recibieron un diagnóstico clínico de demencia. Así, lograron comparar el impacto real de cada tipo de entrenamiento mental en la vida cotidiana de los adultos mayores.
El poder de la velocidad mental

El resultado principal mostró que solo el grupo que hizo ejercicios de velocidad de procesamiento y recibió refuerzos logró una reducción del 25% en el riesgo de ser diagnosticado con demencia.
Ni los entrenamientos de memoria ni los de razonamiento, incluso con sesiones extra, produjeron ese efecto. Además, en el grupo control, casi la mitad de los participantes fue diagnosticada con demencia tras veinte años, mientras que en el grupo de velocidad con refuerzos, la cifra bajó al 39,7%. La edad al inicio del entrenamiento no cambió el beneficio observado.
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El estudio comprobó que la constancia y el tipo de ejercicios son clave. Los entrenamientos adaptativos de velocidad mental, especialmente cuando se refuerzan en el tiempo, pueden ser una herramienta eficaz para prevenir la demencia en adultos mayores.

Al ser consultador por Infobae el doctor Ignacio Brusco, director del Centro de Neurología Cognitiva y Alzheimer de la Facultad de Medicina y del Hospital de Clínicas José de San Martín de la Universidad de Buenos Aires, valoró “el estudio como serio y con una muestra importante, pero señaló que solo mide el impacto en la consulta al sistema de salud por demencia, lo que introduce un sesgo relevante”.
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Advirtió que la intervención no mejora la memoria ni el razonamiento, los síntomas centrales del Alzheimer, sino que apunta a funciones que pueden enmascarar los problemas reales y retrasar el diagnóstico.
Brusco destacó que, a diferencia de este tipo de estimulación, “la evidencia científica actual muestra que el ejercicio aeróbico programado aporta beneficios más sólidos, al mejorar la función cognitiva y desacelerar la evolución de la enfermedad”.
Sin embargo, el experto, quien también es el decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, consideró que ambos enfoques pueden ser útiles, pero subrayó que “el ejercicio físico es una herramienta preventiva más contundente y sencilla de aplicar en la práctica clínica”.
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