
El mito de que el pelo y las uñas continúan creciendo después de la muerte circuló durante décadas. La creencia popular sostiene que, tras el fallecimiento, siguen extendiéndose, generando inquietud y curiosidad en igual medida.
Sin embargo, la realidad biológica ofrece una respuesta diferente y contundente: ni el pelo ni las uñas crecen una vez que la vida se detiene. El proceso tiene una explicación clara y se relaciona con lo que ocurre con la piel tras la muerte.
El crecimiento de cualquier parte del cuerpo requiere células activas y vivas. Estas células necesitan oxígeno, energía en forma de glucosa y la regulación de hormonas para dividirse y crear nuevos tejidos. Todo esto depende de una función vital: la circulación sanguínea. Cuando el corazón deja de latir, la sangre deja de circular y las células pierden el acceso al oxígeno y los nutrientes. Así, el crecimiento celular se interrumpe de manera inmediata.
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Según especialistas de la Universidad de Huelva, el pelo y las uñas poseen una estructura semejante: ambas se forman a partir de células en la base de la piel. En vida, esas células se dividen y empujan hacia fuera el material muerto que conforma el pelo y la parte visible de la uña. La parte que observamos está compuesta por células muertas llenas de queratina, sin capacidad de crecimiento por sí solas.

La clave está en la deshidratación del cuerpo
De acuerdo con José Miguel Robles Romero, profesor de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Huelva, la confusión sobre el crecimiento post mortem surge por un fenómeno físico. Tras la muerte, el cuerpo pierde agua de manera progresiva y la piel se contrae. Esta deshidratación provoca que la piel alrededor de las uñas y el cabello se retraiga, lo que genera la impresión de que ambos han crecido. En realidad, la longitud no cambia: es la piel la que se encoge.
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La retracción de la piel puede hacer que la barba parezca más espesa o que las uñas sobresalgan más. Este efecto visual también se observa en otras zonas: las encías se retraen y los dientes parecen más largos. Se trata de una ilusión óptica, no de un crecimiento real.
Las películas y la cultura popular consolidaron este mito. Según precisó The Conversation, muchas veces, el cine muestra escenas en las que los cabellos y uñas de los fallecidos lucen más prominentes, reforzando la creencia. Sin embargo, la observación científica y los estudios sobre fisiología celular desmienten esta idea.
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El proceso biológico tras la muerte
Para que una célula crezca necesita un metabolismo activo. Cuando una persona muere, el metabolismo se detiene por completo. Incluso si algunas células logran mantenerse vivas durante minutos u horas, su actividad no resulta suficiente para producir crecimiento visible de uñas o pelo. De acuerdo con la evidencia científica, el proceso se detiene en el mismo momento en que la sangre deja de circular.
Algunos estudios exploraron la posibilidad de una actividad celular residual tras la muerte. Sin embargo, los expertos aseguran que esto no genera cambios perceptibles en la longitud del pelo o las uñas. No existe un “último empuje” ni un proceso organizado de crecimiento después del fallecimiento.
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El fenómeno responde únicamente a la biología y la física del cuerpo humano. El encogimiento de la piel, resultado de la deshidratación, explica por qué muchas personas creen observar un alargamiento del cabello y las uñas en los cuerpos sin vida. La ciencia basa sus conclusiones en mediciones y observaciones objetivas, alejadas de la especulación.

Por qué persiste el mito en la sociedad
La persistencia de esta creencia tiene varias explicaciones. Según The Conversation, el mito se transmite de generación en generación a través de relatos populares, películas y series. La falta de observación directa de cuerpos tras la muerte favorece que la idea permanezca sin ser cuestionada. La explicación científica, sin embargo, es sencilla y desmiente la creencia popular.
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El crecimiento de pelo y uñas requiere células vivas, circulación de sangre y metabolismo activo. Tras la muerte, estas condiciones desaparecen y el proceso se detiene. Lo que parece un crecimiento es, en realidad, el resultado de cambios físicos en la piel.
El caso sirve como ejemplo de cómo la ciencia puede desmontar ideas erróneas mediante explicaciones claras y simples. Preguntar “¿qué necesita una célula para crecer?” lleva a comprender por qué el mito no tiene fundamento. La observación científica responde con evidencia y aclara conceptos que la cultura popular ha distorsionado.
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