
En 1964, una expedición científica llegó a la Isla de Pascua con el objetivo de estudiar la capacidad de adaptación de sus habitantes a las condiciones del entorno. Durante esa misión, los investigadores descubrieron una molécula que cambiaría la medicina moderna: la rapamicina. Este antibiótico, cuyo nombre proviene de Rapa Nui, el nombre tradicional de la isla, se transformó en uno de los medicamentos más investigados del mundo, gracias a su impacto en enfermedades como el cáncer y la diabetes.
Según Ted Powers, profesor de biología molecular y celular de la Universidad de California, la rapamicina se utilizó en un principio como inmunosupresor durante trasplantes de órganos para evitar el rechazo. Con el tiempo, se identificaron otras propiedades farmacológicas que abrieron nuevas vías de tratamiento. Actualmente, existen investigaciones activas sobre su potencial en el tratamiento de varios tipos de cáncer, dolencias neurodegenerativas y, especialmente, en la prolongación de la vida y el retraso del envejecimiento. De acuerdo con los registros de PubMed, hay más de 59.000 estudios que abordan la rapamicina y sus diferentes aplicaciones, lo que evidencia la magnitud de su influencia médica.
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Según The Conversation, la rapamicina actúa al reducir la actividad del sistema inmunológico e inhibir una proteína específica, la mTOR, cuya función principal es regular el crecimiento y la proliferación celular. Por este motivo, se la utiliza tanto para prevenir el rechazo tras el trasplante de órganos, como en la prevención de la obstrucción de stents coronarios y en el tratamiento de ciertos tipos de cáncer poco comunes. En estudios realizados con animales, el fármaco mostró un efecto positivo en la salud y una extensión en la expectativa de vida.
La producción y comercialización de la rapamicina se llevó a cabo principalmente bajo la gestión de la farmacéutica Ayerst Research Laboratories. Fueron sus equipos quienes lograron aislar la molécula clave del suelo de la isla, específicamente de una muestra que contenía la bacteria Streptomyces hydroscopicus. Este hallazgo se realizó en la década de 1970 y, posteriormente, el microbiólogo Surendra Nath Sehgal fue quien aisló el componente y logró que se aprobara oficialmente para su uso farmacéutico a finales de los años 90.
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No obstante, detrás de este desarrollo científico, existe una historia que plantea dudas éticas. Según Ted Powers, la expedición que permitió el hallazgo —conocida como METEI (Expedición Médica a la Isla de Pascua)— operó bajo el financiamiento de la Organización Mundial de la Salud y la Marina Real Canadiense. El equipo, liderado por el cirujano Stanley Skoryna y el bacteriólogo Georges Nogrady, pasó tres meses en Rapa Nui. Durante ese tiempo, examinó a casi toda la población local (en torno a 1.000 personas). Para obtener la colaboración de los habitantes, recurrieron a incentivos materiales y, en ocasiones, a la coacción mediante la influencia de un sacerdote de la comunidad.
Además de recolectar datos médicos, el equipo recogió 200 muestras de suelo con fines científicos. Una de esas muestras, según precisó La Tercera, contenía la bacteria con la que se fabricó la rapamicina. Sin embargo, ni Nogrady ni el propio equipo de la expedición obtuvieron reconocimiento formal en los principales artículos publicados tras el descubrimiento. Tampoco los habitantes de la isla recibieron compensaciones económicas, a pesar de que el medicamento generó ingresos millonarios a nivel internacional.
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De acuerdo con los especialistas, esta situación constituye un caso de “colonialismo científico” y un ejemplo de biopiratería. Según el Dr. Powers, los científicos partieron de los siguientes supuestos: que los isleños estaban aislados globalmente y que presentaban características genéticas homogéneas, aunque ya existían evidencias que contradecían estas ideas. Además, no se incluyó a los habitantes de Rapa Nui en las decisiones y el proceso investigativo, sino que se los consideró, ante todo, como objetos de estudio.
La controversia se intensifica al considerar que, aunque algunos sostienen que la bacteria productora de la rapamicina también se encuentra en otros territorios, el detonante para el avance de las investigaciones surgió justamente a partir de la muestra extraída de la Isla de Pascua. El debate gira en torno a si correspondía reconocer derechos sobre el descubrimiento a los habitantes de Rapa Nui, dado que no utilizaban la molécula ni tenían conocimiento previo de ella.
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En la actualidad, existen acuerdos internacionales que habrían protegido de otra manera los intereses de los pueblos originarios. El Convenio sobre la Diversidad Biológica de las Naciones Unidas (1992) y la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (2007) establecen pautas claras para el uso equitativo de los recursos y conocimientos extraídos de territorios indígenas.
Powers sostiene que es fundamental reconocer el papel esencial que tuvieron los habitantes de Rapa Nui en el descubrimiento de la rapamicina. En sus propias palabras, “reconocer y educar formalmente al público sobre el papel fundamental que desempeñaron los Rapa Nui en el eventual descubrimiento de la rapamicina es clave para compensarlos por sus contribuciones”.
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El caso de la rapamicina evidencia no solo el avance de la ciencia, sino también la necesidad de establecer mecanismos de justicia y participación para los pueblos cuya colaboración resultó decisiva para descubrimientos con impacto mundial.
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