
El aprendizaje vocal, una capacidad que distingue a los humanos y a unos pocos animales, tiene su origen en el rápido desarrollo cerebral que ocurre en la infancia. Un estudio matemático de la Universidad de Princeton revela que, tanto en humanos como en titíes, este crecimiento acelerado del cerebro en los primeros meses de vida es esencial para adquirir la capacidad de comunicarse mediante sonidos. La interacción social temprana, según los investigadores, potencia y favorece este proceso, permitiendo la adquisición de habilidades vocales complejas.
El estudio, liderado por la estudiante de doctorado Renata Biazzi y un equipo multidisciplinario, se propuso responder por qué solo algunas especies —como los humanos y los titíes— logran aprender a comunicarse a través de la retroalimentación de sus cuidadores. El análisis se centró en comparar datos sobre el desarrollo cerebral de cuatro especies de primates: humanos, titíes, chimpancés y macacos rhesus.
Los resultados mostraron que, a diferencia de chimpancés y macacos, cuyo mayor desarrollo cerebral ocurre en el útero, en humanos y titíes el periodo de crecimiento más acelerado se produce justo después del nacimiento, coincidiendo con el inicio de la vida social activa.
El papel de la socialización temprana en humanos y titíes
En el caso de los titíes, pequeños monos originarios del noreste de Brasil, los recién nacidos atraviesan una fase de balbuceo muy similar a la de los bebés humanos. Durante este periodo, emiten sonidos que evolucionan hacia vocalizaciones adultas a medida que reciben respuestas de sus cuidadores. Investigaciones previas demostraron que los titíes con mayor retroalimentación de adultos aprenden más rápido los sonidos característicos de su especie.
Asif Ghazanfar, profesor y coautor de algunos de estos estudios, calificó este hallazgo como un “momento revelador”, ya que representó una de las primeras pruebas de aprendizaje vocal en otro primate.

Tanto en humanos como en titíes, la socialización no depende solamente de las madres, sino de múltiples cuidadores, lo que crea un entorno social denso y estimulante. Según Ghazanfar, esta diversidad de interacciones tiene una “influencia tremenda” en el desarrollo vocal de los recién nacidos. El modelo desarrollado por el equipo de Princeton confirmó que la combinación de un cerebro en pleno desarrollo y una socialización intensa es clave para la adquisición de habilidades comunicativas avanzadas.
Evolución, balbuceo y oportunidades para la investigación futura
El paralelismo entre humanos y titíes es llamativo, especialmente si se considera que ambas especies compartieron un ancestro común hace 40 millones de años. Incluso los chimpancés, parientes evolutivos mucho más cercanos de los humanos, no requieren instrucción para reproducir los sonidos de su grupo, lo que plantea un enigma sobre la evolución de estrategias de aprendizaje vocal. “Esto nos plantea un enigma”, reflexionó Ghazanfar al destacar la aparición de esta capacidad en especies tan lejanas evolutivamente.

Los antecedentes de esta línea de investigación se remontan a estudios sobre el balbuceo tanto en titíes como en humanos. En ambos casos, el aprendizaje vocal ocurre durante una ventana temporal en la que el cerebro muestra mayor plasticidad y receptividad a los estímulos del entorno. Los titíes, al igual que los humanos, perfeccionan sus vocalizaciones gracias a la retroalimentación de los cuidadores, lo que refuerza el valor evolutivo de la socialización y el crecimiento cerebral acelerado.
El equipo de Princeton planea explorar si los titíes adultos emplean sonidos específicos para interactuar con las crías, un fenómeno similar al “lenguaje de bebé” en los humanos. Entender estos mecanismos podría aportar nuevas pistas sobre cómo los niños avanzan del balbuceo a formas de comunicación más complejas. La infancia, con su ritmo acelerado de crecimiento cerebral y entorno social estimulante, sigue siendo el escenario decisivo donde se sientan las bases de la comunicación humana.
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