
Durante más de 30 millones de años, un linaje de depredadores dominó las praderas y bosques de América del Norte: los borofáginos, conocidos como “perros tritura huesos”. Estos cánidos prehistóricos, dotados de mandíbulas capaces de romper huesos con una fuerza única entre los carnívoros actuales del continente, desaparecieron hace aproximadamente 1,8 millones de años. Su extinción, aún envuelta en misterio, intriga a la paleontología moderna y revela un capítulo de la evolución de la fauna norteamericana, según detalla Smithsonian magazine.
Los borofáginos surgieron en América del Norte hace unos 34 millones de años, a partir de antepasados caninos más esbeltos y con aspecto similar al de las civetas. A lo largo de su historia, este grupo mostró una diversidad de tamaños y estilos de vida. Algunas especies permanecieron pequeñas y omnívoras, comparables a los zorros y coyotes actuales, mientras que otras alcanzaron dimensiones notables y se convirtieron en los principales depredadores de sus ecosistemas.
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El género Borophagus, cuyo nombre significa “comedor glotón”, tenía un tamaño similar al de un coyote grande, mientras que Epicyon, el mayor de todos, superaba los 90 centímetros de altura en la cruz y pesaba más de 136 kilogramos. Estas formas gigantes, con cráneos altos y hocicos cortos, presentaban una apariencia más cercana a la de los felinos que a la de los lobos modernos.
Su éxito como cazadores se extendió durante la mitad de la Era Cenozoica, en un entorno dominado por grandes mamíferos herbívoros como camellos, rinocerontes, caballos y elefantes, de acuerdo con Smithsonian magazine.
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Especialización anatómica y dieta
La principal característica que distinguía a los borofáginos era su especialización anatómica para triturar huesos. Paleontólogos como Xiaoming Wang, del Natural History Museum of Los Angeles County (Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles), subrayó que “ningún carnívoro moderno de América del Norte es capaz de triturar huesos como los borofáginos podían”, describió el medio.
Aunque su aspecto recordaba al de las hienas manchadas africanas, los borofáginos no eran simples imitadores de estos carnívoros. Jack Tseng, paleontólogo de la Universidad de California, Berkeley, explica que, en las hienas, la reducción de los molares y la especialización de los premolares en forma de pirámide permiten una eficiente trituración de huesos y corte de carne.
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En cambio, los borofáginos utilizaban tanto los premolares para romper huesos como los molares posteriores para triturar y moler, una combinación que no se observa en los carnívoros actuales del continente. Además, la estructura de sus extremidades, descrita por Tseng como “un verdadero enigma”, sugiere que su locomoción y uso de las patas diferían notablemente de la de otros cánidos, vivos o extintos, y se asemejaban más a la de osos o tejones.
Las pruebas paleontológicas que confirman la dieta especializada de estos depredadores han ido acumulándose desde finales del siglo XIX, cuando los primeros fósiles de Borophagus y Epicyon llamaron la atención por la robustez y el desgaste de sus dientes. Sin embargo, el hallazgo más revelador llegó en 2018, cuando un equipo liderado por Wang descubrió en rocas de unos seis millones de años una acumulación de coprolitos —excrementos fosilizados— repletos de fragmentos óseos.
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El análisis de estos restos, publicado por Smithsonian magazine, demostró que los borofáginos no solo consumían huesos con frecuencia, sino que también cazaban presas de entre 35 y 100 kilogramos, es decir, animales mucho mayores que ellos mismos, como si un coyote actual cazara ciervos mulos. La presencia de numerosos fragmentos óseos sin digerir en los coprolitos indica que, a diferencia de las hienas, los borofáginos no podían digerir completamente los huesos, lo que refuerza la idea de que ocupaban un nicho ecológico único, hoy desaparecido en América del Norte.
Extinción y legado evolutivo
La desaparición de los borofáginos hace 1,8 millones de años plantea interrogantes que aún desafían a la ciencia. Wang señala que “la razón exacta es difícil de precisar”, aunque la especialización de estos cánidos pudo jugar en su contra. Si las grandes presas de las que dependían se volvieron escasas o se extinguieron, los borofáginos habrían perdido su principal fuente de alimento.
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Por su parte, Emily Bōgner, paleontóloga de la Universidad de California, Berkeley, destaca la importancia de investigar cómo se establecieron los carnívoros modernos tras la extinción de los borofáginos. Según Bōgner, la existencia de hienas en África y Eurasia, con adaptaciones similares, pudo haber impedido que los borofáginos se dispersaran fuera de América del Norte, a diferencia de otros carnívoros que lograron expandirse y diversificarse en nuevos continentes. Esta incapacidad para migrar y adaptarse a ecosistemas cambiantes pudo haber sellado su destino en un mundo en transformación, detalló Smithsonian magazine.

Las perspectivas de los expertos recogidas por Smithsonian magazine subrayan que los borofáginos no tienen equivalentes directos entre los carnívoros actuales. Tseng insiste en que ni los felinos ni los lobos modernos pueden considerarse análogos apropiados, y la singularidad de su anatomía y comportamiento sigue siendo objeto de investigación. Bōgner, por su parte, recalca la necesidad de comprender cómo la desaparición de estos depredadores influyó en la evolución de la fauna carnívora de América del Norte.
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A pesar de su destreza para aprovechar hasta el último recurso de los cadáveres, los borofáginos no lograron sobrevivir a los cambios ambientales y biológicos de su tiempo. Su historia ilustra cómo incluso los depredadores más formidables pueden quedar relegados cuando el mundo que los vio prosperar se transforma de manera irreversible.
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