
Un estudio reciente de la Universidad de California en San Francisco, publicado en JAMA Network Open, advierte que tanto fumar cannabis como ingerir comestibles con tetrahidrocannabinol (THC) puede dañar los vasos sanguíneos en personas jóvenes y sanas.
Según sus autores, este tipo de disfunción endotelial —una alteración temprana de la función vascular— puede anticipar enfermedades cardiovasculares como hipertensión o infarto.
Una señal temprana de riesgo

Los investigadores del estudio CANDIDE (CANnabis: Does It Damage the Endothelium?) se propusieron analizar si el consumo crónico de cannabis está relacionado con alteraciones en el endotelio, la capa que recubre el interior de los vasos sanguíneos.
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Cuando esa capa pierde su capacidad para dilatarse, regular la coagulación o responder a estímulos inflamatorios, se habla de disfunción endotelial, una condición precoz asociada al desarrollo de patologías cardíacas.
“Se observó disfunción endotelial en usuarios de cannabis por lo demás sanos, lo que sugiere un mayor riesgo de desarrollo temprano de enfermedad vascular”, escribieron los autores en el estudio.
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Un estudio comparativo entre formas de consumo

El ensayo, de tipo transversal, incluyó a 55 personas de entre 18 y 50 años, emparejadas por edad y sexo. Ninguna fumaba tabaco ni estaba expuesta al humo de segunda mano. Fueron divididas en tres grupos: consumidores crónicos de marihuana fumada, consumidores frecuentes de comestibles con THC, y no usuarios.
Los investigadores midieron la dilatación mediada por flujo (FMD), un marcador de salud arterial, y la velocidad de onda de pulso (PWV), que evalúa rigidez vascular. Además, expusieron células endoteliales humanas a suero sanguíneo de los participantes para medir la producción de óxido nítrico, un compuesto que regula la función de los vasos.
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“Las personas que consumían marihuana regularmente, en cualquiera de sus formas, presentaban una reducción de la función vascular comparable a la de los fumadores de tabaco”, señalaron los autores en un comunicado difundido por la Universidad de California San Francisco.
Según los resultados, la FMD fue de 10,4% en no usuarios, 6,0% en fumadores de marihuana (P = .004) y 4,6% en usuarios de comestibles con THC (P = .003).
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Efectos diferenciados según la vía de consumo

Aunque los comestibles también redujeron la función vascular, no provocaron el mismo impacto en el suero. “Los niveles de óxido nítrico estimulados por VEGF en las células endoteliales tratadas con los sueros de los participantes fueron significativamente menores para el grupo de fumadores de marihuana, pero no se vieron afectados entre el grupo de usuarios de comestibles con THC en comparación con los no usuarios”, aclararon los autores.
Esto sugiere que fumar y comer cannabis daña los vasos por mecanismos distintos. “Fumar marihuana afecta negativamente la función vascular por razones diferentes a las de la ingestión de THC”, explicó el autor principal del estudio, el Dr. Matthew L. Springer, profesor de medicina en la UCSF.
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Los investigadores destacaron que la correlación fue proporcional a la frecuencia de uso: “La FMD se correlacionó inversamente con la frecuencia de tabaquismo (r = −0,7; P < .001) y la cantidad de THC ingerida (r = −0,7; P = .03)”.
Una forma de consumo en auge

En el Reino Unido, uno de cada 14 adultos probó comestibles de cannabis. Las gomitas, en particular, se convirtieron en una vía socialmente aceptada para consumir THC. El mercado negro de comestibles alcanza los 2.600 millones de libras anuales y su consumo casi se duplicó en ocho años, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EEUU.
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“He notado cada vez más el aumento del consumo de comestibles de cannabis, sobre todo en los últimos dos años”, afirmó la médica generalista Deepali Misra-Sharp a The Telegraph. “Muchos se sienten atraídos por los comestibles porque se consideran más discretos y seguros que fumar cannabis, pero esa suposición no siempre se cumple”.
En una entrevista al mismo medio, el psiquiatra y especialista en adicciones Niall Campbell, agregó que los comestibles “se consideran aceptables; no parece tan perjudicial consumir un dulce de colores como fumar un porro”.
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Efectos cardiovasculares, metabólicos y psiquiátricos

Aunque no generan daño pulmonar, los comestibles no están regulados y pueden contener dosis impredecibles de THC. “Esto dificulta enormemente la titulación de la dosis y aumenta el riesgo de daños”, explicó Misra-Sharp. También pueden provocar hipertensión, ansiedad, taquicardia o alteraciones del sueño. “Muchos pacientes muestran desconocimiento total de la dosis ni del tiempo de inicio del efecto”, advirtió.
En los últimos años se reportaron casos de ansiedad intensa, desorientación, vómitos, e incluso episodios breves de psicosis. “Los efectos pueden verse exacerbados al consumir comestibles con el estómago vacío o cuando el THC es absorbido a través de alimentos grasos”, detalló la médica.
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Además, se documentó que el THC interactúa con cerca de 400 medicamentos, incluidos antidepresivos y anticoagulantes. Incluso el CBD, que no es psicoactivo, puede afectar la acción de más de 500 fármacos.
Por su parte, Campbell alertó sobre el riesgo de trastornos mentales graves: “Puede derivar en violencia si creés que alguien te va a perseguir. Los pacientes huyen de perseguidores imaginarios, saltando de edificios y delante del tráfico como resultado de la paranoia”. Añadió que los antipsicóticos no siempre resultan eficaces para tratar estos cuadros.
Un mensaje de advertencia para consumidores y profesionales

La disminución de la función endotelial detectada por el equipo de la UCSF equivale, en promedio, a la mitad de la función vascular observada en personas no usuarias. Este deterioro anticipa un mayor riesgo de infarto, hipertensión y enfermedad vascular.
“No está claro cómo el THC daña los vasos sanguíneos”, reconoció Springer. Pero advirtió que los resultados del estudio “sugieren que tanto fumar como ingerir THC se asocian con disfunción endotelial, aunque aparentemente por mecanismos distintos”.
Frente a esta evidencia, Misra-Sharp recomendó una estrategia concreta: “Los médicos de cabecera deben empezar a preguntar sobre el consumo de cannabis de forma más rutinaria (no solo fumado, sino también en comestibles) y mantener conversaciones honestas con nuestros pacientes, centradas en la reducción de daños”.
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