
La rana patágonica ha contado con tonalidades verde o marrón que la ayudaban a esconderse entre las piedras y las plantas y a protegerse contra otras especies. Pero no de los seres humanos.
En su ambiente, se introdujeron peces depredadores que se alimentaron de los renacuajos y compitieron por los recursos.
El ganado pisoteó y degradó los hábitats costeros que usaban las ranas. Además, el cambio climático global le dio casi el golpe final: la falta de lluvias y las sequías hicieron que las lagunas se redujeran.
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Todo esto hizo que la población de la rana, cuyo nombre científico es Atelognathus patagonicus, desapareciera de su hogar principal en Laguna Blanca, en la provincia de Neuquén, Argentina. Ahora, está en peligro crítico de extinción.

Hoy es Día Internacional para la Conservación de los Anfibios, que se dedica a concientizar sobre el estado de conservación de los animales vertebrados que viven parte de su vida en el agua y parte en la tierra. Más de 8.000 especies de anfibios, incluyendo la rana patagónica, habitan la Tierra en la actualidad.
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Pero se trata del grupo de vertebrados más amenazado: el 40% figura en la lista con riesgo de extinción.
Hay diferentes factores que juegan en su contra, pero el cambio climático, inducido por actividades humanas, pasó a ser una amenaza adicional para su supervivencia, según advirtió un nuevo estudio realizado por investigadores de Australia, Estados Unidos, México, Polonia y Canadá. Fue publicado en la revista Nature.
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Analizaron el impacto del cambio climático sobre los anfibios y descubrieron que un aumento de 4 grados en la temperatura global podría provocar un colapso térmico en varias especies.
“Si la temperatura global aumenta 4°C por encima de los niveles preindustriales, alrededor del 7,5% de las especies de anfibios podrían experimentar sobrecalentamiento incluso en microhábitats sombreados”, escribieron.
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Este aumento de temperatura pondría a las especies en una situación donde no podrían regular su temperatura corporal, lo que podría llevar a una drástica disminución en sus poblaciones.
También señalaron que la pérdida de hábitats adecuados debido al cambio climático es un factor clave: “Las especies que dependen de microhábitats térmicos, como los de sombra o agua, podrían enfrentar un futuro incierto si las temperaturas siguen aumentando”.
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Además, los animales ya tienen otras amenazas como la destrucción de hábitats, la introducción de especies invasoras y enfermedades emergentes.
El trabajo estuvo liderado por Patrice Pottier, investigador de la Universidad de Nueva Gales del Sur en Australia. El grupo desarrolló un modelo para estimar los límites térmicos de aproximadamente el 60% de las especies conocidas de anfibios, unas 5.203 en total.
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El hallazgo central es contundente: si la temperatura global aumenta 4 grados por encima de los niveles preindustriales, el 7,5% de las especies de anfibios podrían colapsar térmicamente. Eso implica que 391 especies sufrirían episodios de sobrecalentamiento que las empujarían más allá de sus límites fisiológicos.
En diálogo con Infobae, Jorge Williams, cofundador de la Asociación Argentina de Herpetología, profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata y autor de 11 libros y más de 40 artículos de divulgación, comentó: “La situación de los anfibios en el mundo es muy preocupante en el contexto del cambio climático que ya los está afectando”.
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El trabajo publicado en Nature “se basa en un modelo que aporta una proyección de lo que puede ocurrir en el futuro. Los anfibios son también indicadores de los cambios ambientales. Son los primeros que reciben el impacto de los cambios. También los reptiles van a ser impactados lamentablemente”, mencionó Williams, miembro honorario de la Fundación de Historial Natural Félix de Azara, que no fue coautor del estudio.

Los resultados del estudio revelaron también un patrón desigual en la distribución del riesgo. En el hemisferio sur, los anfibios tropicales son los más expuestos a eventos de sobrecalentamiento.
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En el hemisferio norte, en cambio, los mayores riesgos se concentran en especies no tropicales. Esto contradice la creencia extendida de que los animales de latitudes bajas son siempre los más vulnerables al cambio climático.
Además, los análisis muestran que el riesgo no se distribuye de manera lineal con la latitud. Algunas zonas con alta riqueza de especies —como el sudeste de Estados Unidos o el norte de Australia— exhiben una proporción elevada de anfibios en peligro.
También se identificaron puntos críticos en la Amazonía y en regiones tropicales de Asia y África.

Los investigadores reconocieron que muchas de sus estimaciones son conservadoras.
Los modelos suponen que los anfibios siempre encuentran refugios sombreados y acceso a agua, condiciones que muchas veces no se cumplen por la degradación del hábitat.
La deforestación, el crecimiento urbano y las sequías prolongadas reducen la disponibilidad de microambientes frescos y húmedos.

Por eso, los autores recomendaron priorizar la protección de zonas con cobertura vegetal densa y cuerpos de agua. Subrayaron que esos entornos son esenciales para mitigar el impacto del cambio climático sobre las especies más vulnerables.
Propusieron establecer nuevas áreas protegidas y restaurar hábitats degradados. Además, insisten en que es necesario mantener el calentamiento global por debajo de los 2 grados. Si el aumento llega a los 4 °C, los riesgos de colapso térmico se multiplican.
Por último, destacan la necesidad de colaborar con investigadores locales en regiones poco estudiadas, como el África tropical y partes del sudeste asiático, para obtener datos empíricos que refinen las proyecciones y orienten las acciones de conservación.

Con respecto a la ranita patagónica y ante el riesgo de que desaparezca del planeta, se está desarrollando un programa de reproducción bajo cuidado humano liderado por Fundación Temaikèn, la Administración de Parques Nacionales y el CONICET.
Colaboran investigadores de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata. Se busca crear un núcleo reproductivo para que los animales pronto vuelvan a la naturaleza y reducir significativamente el riesgo de extinción.
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