
La semaglutida es hoy un medicamento altamente demandado. El fármaco ganó popularidad como una herramienta eficaz para la pérdida de peso y la diabetes tipo 2, pero generó un intenso debate sobre su accesibilidad y su uso ético.
Algunos expertos temen que el uso de semaglutida se convierta en un “atajo” que impida abordar las causas profundas de la obesidad a nivel individual y gubernamental.
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Frente a ese tipo de preocupaciones, investigadores de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, y del Centro de Bioética de la Universidad Nacional de Singapur, en Singapur, exploraron los beneficios, los riesgos, y los dilemas éticos relacionados con la prescripción de semaglutida y publicaron un artículo en la revista Journal of Medical Ethics.

Los expertos Julian Savulescu y Nanette Ryan sostuvieron que si bien las preocupaciones pueden ser legítimas, consideraron que hay buenas razones para recetar en ciertos casos el fármaco, que se comercializado con las marcas Ozempic, Rybelsus y Wegovy, y que debe priorizarse según la necesidad médica.
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Además, argumentaron que ofrece beneficios significativos más allá del control de la diabetes y que su uso puede promover la autonomía individual.
¿Qué es la semaglutida y para qué sirve?
El fármaco semaglutida pertenece a la familia de los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón-1 (GLP-1). Es una clase de compuestos que regulan los niveles de glucosa en sangre y suprimen el apetito.
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Su mecanismo de acción incluye la estimulación de la secreción de insulina cuando los niveles de glucosa son elevados, la desaceleración del vaciamiento gástrico y la reducción del hambre.
En su artículo, Ryan y Savulescu reconocieron que el éxito de semaglutida es notable tanto en el tratamiento de la diabetes como en la reducción de peso.
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Ya se han publicado estudios que han demostrado que los pacientes con obesidad que toman el medicamento pueden perder hasta un 15 % de su peso corporal en dos años.
Los efectos positivos no se limitan al peso, sino que el medicamento aporta beneficios en la reducción del riesgo cardiovascular. En el ensayo clínico SELECT, por ejemplo, se encontró que el uso de semaglutida redujo en un 20 % la probabilidad de eventos cardiovasculares mayores en pacientes con obesidad, independientemente de si tenían diabetes.
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Qué efectos adversos positivos y negativos puede producir

Recientemente, un equipo de científicos de los Estados Unidos analizó los riesgos del medicamento y publicó un atlas con los efectos adversos positivos y negativos en la revista Nature Medicine.
Como informó Infobae el 21 de enero pasado, el análisis reveló que los agonistas GLP-1, como semaglutida, presentan beneficios significativos en la salud de los pacientes. Entre los hallazgos positivos, destacaron una disminución en el riesgo de enfermedades cardiovasculares, ataques cerebrovasculares y enfermedades renales.
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También se observaron reducciones en el riesgo de desarrollar trastornos psicóticos (18%), enfermedad de Alzheimer (12%) y trastornos por adicción (13%).
Por otro lado, el estudio expuso riesgos relevantes. Los usuarios de GLP-1 mostraron un incremento del 11% en el riesgo de artritis y un aumento del 146% en el riesgo de pancreatitis, una inflamación del páncreas que puede tener complicaciones graves. Los hallazgos refuerzan la necesidad de evaluar cuidadosamente los beneficios y los riesgos al recetar los medicamentos.
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Qué argumentos presentaron en el nuevo trabajo

Algunos críticos han calificado el uso de semaglutida como un “atajo” que reemplaza cambios en el estilo de vida. Ryan y Savulescu presentaron una perspectiva diferente.
Señalaron que el medicamento semaglutida no es una píldora mágica y que su eficacia depende de un compromiso continuo con la alimentación y el ejercicio.
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Además, recordaron que la obesidad es una enfermedad multifactorial y que el acceso a terapias efectivas no debe ser estigmatizado.
Otra preocupación que abordaron es el temor de que los gobiernos utilicen el uso de semaglutida como una excusa para evitar implementar políticas estructurales contra la obesidad, como la regulación de alimentos ultraprocesados o la promoción del ejercicio.
Los autores enfatizaron que la existencia de un tratamiento farmacológico no debe reemplazar estrategias de salud pública. Pero tampoco se le debe negar el acceso a quienes pueden beneficiarse con su uso por prescripción.

Frente a los que han señalado que la popularización de semaglutida podría reforzar la percepción de la obesidad como un problema individual en lugar de una cuestión de salud pública, los autores destacan la necesidad de separar el acceso a los tratamientos médicos del estigma social.
“El problema no es el medicamento en sí, sino la forma en que la sociedad aborda la obesidad”, argumentaron. Ryan y Savulescu consideraron que debe realizarse una distribución equitativa que priorice tanto a los pacientes con diabetes como a aquellos que buscan mejorar su salud mediante la pérdida de peso.
“En paralelo con la prescripción de semaglutida, debería haber una educación pública y profesional concertada sobre las causas de la obesidad, las opciones de estilo de vida saludables y el respeto por los pacientes, con el fin de abordar conceptos erróneos y la discriminación”, expresaron.
Consultada por Infobae, Pilar Quevedo, jefa de la división nutrición del Hospital de Clínicas José de San Martín de la Universidad de Buenos Aires y coordinadora del Centro de Cardiometabolismo, Endocrinología y Nutrición del Sanatorio Otamendi, coincidió con los argumentos del artículo publicado en la revista Journal of Medical Ethics.

“El medicamento semaglutida es una herramienta para el tratamiento de la obesidad, que debe ser considerada como una enfermedad crónica, que aumenta el riesgo de otras patologías como diabetes, infartos y algunos cánceres. De ninguna manera es un atajo fácil, sino que la indicación del fármaco se hace en el marco de la consulta médica junto con otras indicaciones que están relacionadas con la alimentación, el sueño y la actividad física”, afirmó la doctora Quevedo.
Además, mencionó que “es cierto que hay un estigma social contra las personas con obesidad. Se cree erróneamente que tienen la enfermedad por falta de voluntad. Sin embargo, múltiples factores que pueden influir para el desarrollo de la obesidad, y cada persona tiene derecho a un tratamiento y a que no se lo estigmatice por recibirlo. Por lo cual, si se indica semaglutida, que no es de venta libre, no debería ser motivo de desprecio por parte de otras personas. Por el contrario, hay que tener en cuenta que el estigma es también un factor de riesgo independiente”.
La experta, que es miembro de la Sociedad Argentina de Nutrición y de la Sociedad Argentina de Diabetes, consideró que, además de garantizar el acceso a los fármacos a quienes lo requieran, “los gobiernos nacionales o los organismos internacionales deberían promover más políticas efectivas para frenar el aumento de la incidencia de la obesidad, que incluso está afectando cada vez más a los niños”.
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