
La naturaleza ha demostrado que, en muchas oportunidades, para poder construir primero es necesario “destruir”. Y en este sentido, el cerebro es uno de sus mejores referentes. De eso se trata cuando se habla de “poda sináptica” o “poda neuronal”. Durante el crecimiento, este órgano sobreproduce elementos neuronales, tales como neuronas, axones y sinapsis, pero algunas de estas, luego, serán eliminadas. De ahí la idea de poda.
Lo cierto es que, tras su “nacimiento”, algunas conexiones neuronales migran hacia sus ubicaciones asignadas genéticamente para competir con sus “pares” por conectarse con objetivos predeterminados. Y mientras algunas lo logran, por lo cual son recompensadas por el organismo, otras desaparecen mediante un proceso denominado apoptosis (muerte celular), el cual está genéticamente programado en cada especie, ya que este comportamiento del organismo no es solo humano.
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En un primer momento, se creyó que este comportamiento de poda neuronal finalizaba luego del nacimiento, pero en 1979 el neurólogo Peter Huttenlocher logró demostrar que esta acción se mantenía durante muchos años más. Incluso, “alcanzan el doble de sus niveles neonatales a mediados o finales de la infancia, y luego disminuyen precipitadamente durante la adolescencia”, aseguró Irwin Feinberg, profesor emérito de psiquiatría y ciencias del comportamiento de la Universidad de California en diálogo con la revista Scientific American.

Estas modificaciones impulsan una reestructuración neuronal que impacta en la función cerebral normal y anormal, afirmó el experto, siendo que “la racionalización de los circuitos neuronales podría explicar el aumento de las habilidades cognitivas que se produce al final de la adolescencia o principios de los 20″. Es por este motivo que, cuando existen problemas con la capacidad del cerebro para “podarse” de conexiones innecesarias, durante esta etapa de la vida, pueden presentarse una amplia gama de trastornos mentales, según un nuevo estudio realizado por investigadores del Reino Unido, China y Alemania.
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Los resultados de la colaboración internacional pueden ayudar a explicar por qué las personas se ven afectadas a menudo por más de un trastorno de salud mental. Estiman que en el futuro, se podría ayudar a identificar a los que corren mayor riesgo.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete adolescentes (de 10 a 19 años) sufre trastornos mentales. La depresión, la ansiedad y los alteraciones del comportamiento, como el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), figuran entre las principales causas de enfermedad y discapacidad entre los jóvenes. También es frecuente que los adolescentes tengan más de un trastorno de salud mental.
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Algunos de los trastornos, como la depresión y la ansiedad, se manifiestan como síntomas de “interiorización”, como el bajo estado de ánimo y la preocupación. Otros, como el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), se manifiestan como síntomas “externos”, como el comportamiento impulsivo.
De acuerdo con la profesora Barbara Sahakian, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido y una de las coautoras, “los jóvenes suelen padecer múltiples trastornos mentales, que comienzan en la adolescencia y continúan —y a menudo se transforman— en la vida adulta. Esto sugiere que existe un mecanismo cerebral común que podría explicar la aparición de estos trastornos mentales durante esta época crítica del desarrollo cerebral”.
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El estudio fue publicado en la revista Nature Medicine. Allí los investigadores afirman haber identificado un patrón característico de actividad cerebral entre los adolescentes que padecen esos trastornos. Lo han llamado “factor neuropsicopatológico”, o por su abreviatura, factor NP.

El equipo examinó los datos de 1.750 adolescentes de 14 años de la cohorte IMAGEN, un proyecto europeo de investigación que estudia cómo los factores biológicos, psicológicos y ambientales de la adolescencia pueden influir en el desarrollo del cerebro y la salud mental.
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Examinaron los datos de imágenes de escáneres cerebrales tomados mientras los participantes realizaban tareas cognitivas. Buscaron patrones de conectividad cerebral, es decir, cómo se comunican entre sí las distintas regiones del cerebro.
Los adolescentes con problemas de salud mental —independientemente de si presentaban síntomas internalizantes o externalizantes, o de si padecían múltiples trastornos— mostraban patrones similares de actividad cerebral.
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Estos patrones —el factor NP— se manifestaban sobre todo en los lóbulos frontales, la zona de la parte delantera del cerebro responsable de la función ejecutiva que, entre otras funciones, controla el pensamiento flexible, el autocontrol y el comportamiento emocional.

Los investigadores confirmaron sus hallazgos al reproducirlos en 1.799 participantes del Estudio ABCD de los Estados Unidos, que se trata de una investigación a largo plazo sobre el desarrollo cerebral y la salud infantil. Estudia a pacientes que habían recibido diagnósticos de trastornos mentales.
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Cuando el equipo analizó los datos genéticos de la cohorte IMAGEN, descubrió que el factor NP era más fuerte en los individuos portadores de una variante concreta del gen IGSF11 que se ha asociado previamente con múltiples trastornos mentales.
Se sabe que este gen desempeña un papel importante en la “poda sináptica”, un proceso por el que se descartan las conexiones cerebrales innecesarias (sinapsis). Los problemas de poda pueden afectar sobre todo a los lóbulos frontales, ya que estas regiones son las últimas áreas cerebrales en completar su desarrollo en adolescentes y adultos jóvenes.
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El doctor Tianye Jia, del Instituto de Ciencia y Tecnología para la Inteligencia Inspirada en el Cerebro de la Universidad de Fudan, en Shanghai, China, y del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King’s College de Londres, Reino Unido, comentó: “A medida que crecemos, nuestro cerebro establece cada vez más conexiones. Es algo normal en nuestro desarrollo. Pero demasiadas conexiones pueden hacer que el cerebro sea ineficaz. La poda sináptica ayuda a que la actividad cerebral no quede ahogada por el ruido blanco”.
El experto añadió que la investigación que publicaron “sugiere que cuando ese importante proceso de poda se interrumpe afecta a la forma en que las regiones cerebrales se comunican entre sí. Como este impacto se observa sobre todo en los lóbulos frontales, tiene implicaciones para la salud mental”.
Los investigadores afirman que el descubrimiento del factor NP podría ayudar a identificar a los jóvenes con mayor riesgo de que se agraven sus problemas de salud mental.

En tanto, el profesor Jianfeng Feng, de la Universidad Fudan de Shanghai, China, y de la Universidad de Warwick, Reino Unido, explicó: “Sabemos que muchos trastornos mentales empiezan en la adolescencia y que las personas que desarrollan un trastorno tienen un mayor riesgo de desarrollar también otros. Examinando la actividad cerebral y buscando este factor NP, podríamos detectar antes a quienes corren mayor riesgo, lo que nos ofrecería más oportunidades de intervenir y reducir este riesgo”.
El estudio recibió financiamiento de la Fundación Nacional de Ciencias Naturales de China, la Unión Europea, el Instituto Nacional de Investigación Sanitaria y Asistencial, Reino Unido, y los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos.
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