
Cuando una persona no puede controlar el deseo de jugar en la bolsa o en el casino, la compulsión a buscar más y más en ciertas prácticas sexuales o el temor de haberse perdido algo en las redes sociales o los mensajes, su vida se ve afectada de maneras similares a la de quienes no pueden controlar el deseo de otro trago, otro cigarrillo u otra pastilla.
Pero históricamente en el campo de las conductas adictivas —excesos en las apuestas, el shopping, la alimentación, el ejercicio, el uso del teléfono móvil o los videojuegos—, las perspectivas científicas sobre cómo diagnostricarlo varían. “Las adicciones a las drogas o el alcohol requieren un químico, un agente externo que ingresa al cuerpo y se entromete con el funcionamiento del cerebro”, escribió Barbara O’Dair en un número especial de la revista Health dedicado a las adicciones.
Ahí las cosas están claras: “En algunos casos, el químico es tan poderoso que la adicción parece instantánea, como ocurre con la heroína o la metanfetamina. En otros casos, lleva un tiempo: la nicotina, la marihuana. Pero en cualquier caso, el cerebro queda enganchado”.
No se sabe si sucede así con las dependencias a las que impulsa la conducta. Y sin embargo, el resultado es el mismo: la compulsión. Las vidas alteradas.

La ciencia ha comenzado a reconsiderar ese criterio, en particular a partir del papel que la dopamina juega en el cerebro. Este neurotransmisor regula el placer pero también participa en los procesos del aprendizaje y la memoria, “dos elementos claves en la transición de sentir gusto por algo a sentirse enganchado a algo”, segun Harvard Health Letter. Y “tanto las sustancias adictivas como las conductas adictivas estimulan el mismo circuito”.
Nora Voklow, directora del Instituto Nacional de Abuso de Drogas (NIDA), explicó a Health: “Toda persona adicta otorga gran valor al objeto de su adicción, y lo desea constantemente. Cualquier cosa que tenga el potencial de activar el sistema de la dopamina tiene lo que se llama una ‘dimensión adictiva’”.
Las apuestas y el videojuego entran a la lista de adicciones
A comienzos de la década de 2010 distintos estudios revelaron que el juego, el trastorno hipersexual y los videojuegos eran más problemáticos de lo que se creía.
El artículo de Health abre con la historia de un hombre que perdió sus ahorros, su casa, su matrimonio y su relación con sus hijos por su adicción a las inversiones especulativas, que hacía en línea del mismo modo que hoy se puede jugar al blackjack o hacer apuestas deportivas. “Se conocen casos de gamers que dejan de dormir y de comer enganchados por un juego”, agregó Volkow.

Así fue como en 2013, el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DMS-5, la referencia oficial para la práctica médica) cambió la categorización del juego compulsivo y lo ubicó entre “los trastornos adictivos y asociados a sustancias”, junto con los opioides, el alcohol y otras. Y a comienzos de 2022, la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluyó la dependencia de los videojuegos en Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS (ICD-11).
Huellas de la nomofobia en el cerebro
Hasta el momento, las demás categorías están en un campo dudoso. Sin embargo, en 2017 una investigación de la Universidad de Corea en Seúl, dirigida por Hyung Suk Seo, detectó cambios en la química de un grupo de adolescentes que usaban sus teléfonos de manera adictiva.
“Los científicos se interesaron particularmente en el ácido gamma-aminobutírico (GABA), un neurotransmisor que inhibe o enlentece las señales cerebrales”, explicó DW. Lo midieron en relación con dos aminoácidos, glutamato y L-glutamina, que interactúan con él.
“Encontraron que los adolescentes adictos presentaban mayores cantidades de GABA que de glutamato y glutamina” en una parte interna del cerebro. De los adolescentes estudiados, un grupo hizo nueve meses de terapia para controlar la compulsión: al estudiarlos nuevamente, mostraron una relación normal entre GABA y los aminoácidos.

Otros estudios apuntaron a la dopamina o los cambios en el volumen de materia gris: un trabajo dirigido por Juliane Horvath, de la Universidad de Heidelberg, cuestionó que los celulares fueran “inofensivos” tras observar alteraciones.
Los investigadores también encontraron similitudes entre la nomofobia —como se llama al temor a separarse del teléfono móvil— y la adicción a sustancias, como la pérdida de control, la persistencia, el desarrollo de tolerancia (la necesidad de más y más), las consecuencias negativas derivadas, la abstinencia (irritación o ansiedad cuando falta el objeto) y recaídas.
¿Y el sexo?
La cultura de la celebridad ha hecho un gran trabajo en la difusión del concepto de hipersexualidad o adicción al sexo: Michael Douglas, Charlie Sheen, Lindsay Lohan, Colin Farrell, David Duchovny y Lamar Odom, entre otros, se han declarado afectados.
La Clínica Mayo describe esta conducta como “una preocupación excesiva por las fantasías o las urgencias sexuales que es difícil de controlar, causa angustia o afecta negativamente la salud, el empleo, las relaciones u otros aspectos de la vida”. Entre los peligros principales menciona “la posibilidad de contraer o contagiar a otro una enfermedad de transmisión sexual”.
Sin embargo, en 2013 la adicción al sexo no logró ingresar al DSM-5, que incluso evitó el término “hipersexualidad”.

Que la mayoría de los afectados sean hombres cementó la idea de que no se trata de una enfermedad sino de una creencia basada en los estereotipos de género, según los cuales los varones no pueden controlar sus impulsos sexuales.
Con otras ideas, desde 2015 el Instituto Karolinska, de Suecia, ha medido los factores fisiológicos que podrían causar este trastorno. Comenzaron por un examen de estrés. Encontraron que aquellos diagnosticados como hipersexuales tenían niveles más altos de dos hormonas: cortisol y corticotropina.
El estudio tomó en cuenta factores como el trauma infantil o la depresión, para ajustar los niveles. Aun así, los presuntos adictos al sexo tenían cantidades mayores de las hormonas del estrés que el resto de las personas.
La mala regulación del estrés, dijo Jussi Jokinen, a cargo de la investigación sueca, “se ha observado en pacientes que abusan de sustancias”. También en personas deprimidas y con tendencias suicidas. El estudio consiguió establecer que es una conducta “comórbida”, es decir que se da junto con otro problema.
“La comorbilidad no es un argumento que permita sostener la existencia de un trastorno”, dijo a Mic Nicole Prause, neurocientífica a cargo del grupo privado de investigación Liberos. “En realidad, significa que la hipersexualidad no se puede distinguir de aquello con lo que se presenta de manera comórbida”.

Estigmatizados y sin ayuda
Los reticentes a usar el término adicción están preocupados por algo importante, señaló Health: se puede debilitar la validez de los diagnósticos si se es demasiado inclusivo. Además, “ponerle a todo el mundo la misma etiqueta implica recetarle lo mismo a todo el mundo”, y evidentemente no hay talla única en estos tratamientos. No es lo mismo dejar los opiáceos que el shopping compulsivo.
Pero la falta de un diagnóstico adecuado también perjudica la salud pública: una adicción sin nombre no tiene tratamiento, ni especialistas formados, ni un sistema médico preparado, ni comprensión social. “Eso exige que las personas con conductas compulsivas o adictivas vivan en una suerte de gris intermedio”, analizó Health. Ni negro ni blanco: un poco, pero no demasiado, de sus acciones peligrosas. “Y a los adictos el gris intermedio no se les da bien”.
Resta mucho por investigar, reconoció la diretora de NIDA. “Las personas adictas terminan estigmatizadas porque no las podemos ayudar”, dijo Volkow. “Estamos avanzando, pero todavía desconocemos mucho del cerebro”.
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