
Cuando alguien está enfermo, nos solidarizamos, nos involucramos en su padecimiento y no es raro que intentemos colaborar. La empatía por dolor es una respuesta innata, en la que representamos el sufrimiento del otro como propio, lo que genera el acercamiento. Salvo que el padecimiento sea un trastorno mental. En éste caso, el natural interés se convierte en forma súbita en una sensación visceral de malestar y la necesidad imperiosa de alejarse rápidamente del lugar. Y de la persona.
“Los trastornos mentales desde siempre producen temor y generan que las demás personas se alejen”, dice a Infobae Marcelo Cetkovich, director Médico de INECO.
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En la antigüedad los locos solían vivir fuera de los límites de la ciudad. El mito de la Stultifera Navis cuenta que, en el medioevo, los enfermos mentales eran alejados en una nave que erraba de puerto en puerto. “Estudios recientes demuestran que tal cosa nunca existió, pero se desarrollaron otros métodos con el mismo fin. Desde fines del siglo XVIII, algunos médicos comienzan a pensar que los trastornos mentales no eran el producto de la degeneración moral o posesiones demoníacas, sino verdaderas enfermedades que requerían nuestra atención y cuidado. La iniciativa humanitaria de los asilos psiquiátricos se distorsiona por la falta de verdaderos recursos terapéuticos, derivando en grandes instituciones donde el encierro era el único recurso”, agrega Cetkovich.
A partir de mediados del siglo XX, los avances de la medicina y la psicología han terminado con la era de los grandes hospicios, pero no han terminado con el prejuicio que afecta a las personas con trastornos mentales. “El estigma de los trastornos mentales se mantiene con la misma intensidad que hace décadas, con el agravante que ya no solo afecta a las personas que padecen trastornos graves, que eran las que solían ser hospitalizadas, sino que ahora involucra a todo aquél que padece una condición psíquica”, dice el director médico de INECO.
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La pandemia de COVID- 19 ha estremecido nuestras vidas; junto con el extraordinario logro científico técnico de producir millones de dosis de vacunas, encontramos algunos beneficios inesperados.
“En primer lugar, la medicina y particularmente la psiquiatría y la psicología, han sufrido una revolución que persistirá mucho más allá de la duración de la pandemia; la virtualidad se ha convertido en una herramienta cotidiana que permite brindar cuidados a personas que antes no tenían acceso. Otro beneficio es que la verdadera epidemia de trastornos vinculados en la salud mental que observamos en la fase aguda y seguiremos observando por mucho tiempo como secuela, ha significado un cambio en la agenda, en la cual aparecen los problemas de salud mental como nunca antes. Esto abre una ventana de oportunidad para realizar un trabajo serio tendiente a revertir el estigma de los trastornos mentales”, agrega el especialista.
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El Estigma ha sido definido como un atributo profundamente desprestigiante que hace que, quien lo porta, deje de ser una persona completa y común y pase a ser alguien manchado o devaluado. “El estigma se construye dentro de una matriz social interacciones que definen cuáles condiciones pueden ser desacreditadas o desacreditables”, explica Cetkovich.

Sobre una base general de ignorancia el estigma tiene un componente conductual, que es la discriminación y un componente cognitivo, los prejuicios. La discriminación se refiere a las conductas estigmatizantes que suelen mostrar las personas cuando hacen comentarios o tienen actitudes de rechazo frente personas con trastornos mentales. Cuando utilizamos los trastornos mentales como un insulto o un adjetivo calificativo, “este es un….” (bipolar, depresivo, TOC, psicótico, melancólico, etc).
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“Las conductas estigmatizantes se traducen en forma inmediata en una experiencia vital negativa para la persona estigmatizada. Además, existe un estigma internalizado, que es el que incorpora la propia persona afectada. Por un lado por la interferencia de la propia enfermedad y por el otro por el arrastre del estigma social aprendido desde siempre que, en el momento de enfermar, se vuelve contra sí mismo”, agrega Cetkovich.
Mientras el estigma es una actitud, la discriminación es una conducta que apunta a privar a la persona estigmatizada de los derechos legales y sociales. El prejuicio se expresa a través de las actitudes estigmatizantes. “En primer lugar, las reacciones emocionales negativas que experimentan las personas ante los trastornos mentales. En segundo lugar, la búsqueda de la distancia social. No queremos estar cerca de personas con trastornos mentales, preferimos que estén lejos de nosotros”, agrega el médico de INECO.
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Creencias
El edificio del estigma se construye sobre la base de las creencias que todos tienen acerca de los trastornos mentales.
La primera creencia es la de la incompetencia; creemos que las personas con trastornos mentales no son capaces de trabajar, estudiar, formar una familia u obtener su sustento. No es raro que una persona que entra en licencia laboral por un episodio vinculado a su salud mental tenga que tolerar, en su reincorporación, todo tipo de evaluaciones y dudas que ponen en tela de juicio su capacidad de retomar la labor que siempre llevó a cabo.
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La segunda creencia es la culpabilidad, la idea de que los trastornos mentales no son verdaderos trastornos, sino consecuencia de debilidad de carácter y que es la propia persona la que puede modificar la situación. Todas las personas con depresión escuchan en forma repetida consejos que expresan esta creencia: ponete una pila, está todo en tu cabeza, etc, etc. Esta actitud, además de no ayudar, genera una sensación entremezclada de incomprensión y culpa por parte del estigmatizado.
La tercera creencia es la de la peligrosidad. Las personas con trastornos mentales severos tienen infinitas más chances de ser víctimas de violencia que los causantes. Sin embargo, la resonancia mediática de los hechos de violencia que involucran a personas con trastornos mentales, profundizan el sesgo de confirmación de esta creencia.
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Por último, la creencia de la impredictibilidad, la idea de que las personas con trastornos mentales no son estables ni confiables. Cuando una persona deja de fumar, festejamos su voluntad y determinación para superar una horrible adicción. Rápidamente nos olvidamos de su hábito y jamás diríamos de él “es un ex fumador”...Sin embargo, aquél que nos comenta que ha superado un cuadro depresivo o de ansiedad, queda marcado para siempre y nos mantendremos alertas buscando indicios de que la enfermedad sigue allí.
“Los trastornos mentales afectan la calidad de vida de las personas, pero no las transforman para siempre. La mayoría de los trastornos se presentan en forma episódica y con tratamiento adecuado pueden ser superados. Sin embargo, tendemos a descalificar a una persona porque en el pasado tuvo crisis de pánico, fobias, depresión o padece Trastorno”, dice Cetkovich.
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“Bipolar u Obsesivo Compulsivo, las dejamos marcadas. Las personas con trastornos mentales pueden superar el sufrimiento y las limitaciones, ¿por qué nosotros no podemos superar nuestros prejuicios?”, se pregunta el médico
“Desde Fundación INECO acompañamos con diferentes programas la eliminación del estigma. En ese sentido, la difusión de estos conocimientos representa un aporte para la prevención, la asistencia temprana y el tratamiento. Para lograr también sensibilizar a toda la sociedad y que, de esta manera, todos nos volvamos más humanos y empáticos”, cierra el médico.
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