
Desde la llegada de la variante Ómicron, detectada en noviembre pasado en África y que ya se encuentra en 132 países, varios estudios coincidieron en que la infección es menos virulenta que con las otras “versiones” del SARS-CoV-2. Para muchos infectados es una enfermedad “leve”.
Los síntomas cuando se está cursando el COVID-19 pueden modificarse notoriamente entre una persona y otra. Si bien es cierto que diferentes estudios demostraron que la enfermedad causada por la variante Ómicron suele ser más leve que la provocada por la variante Delta, y algunas personas no presentan síntomas o sólo un breve resfrío, en algunos casos puede provocar una enfermedad grave, sobre todo en las personas que aún no están vacunadas.
Estados Unidos, en la actualidad cuenta con 126.410 hospitalizaciones por SARS-CoV-2, cerca del 89% del punto máximo del año pasado, según el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS, por sus siglas en inglés).

“El uso de la palabra ‘leve’ no pretende minimizar su experiencia”, afirmó a CNN la doctora Shira Doron, epidemióloga hospitalaria y médica de enfermedades infecciosas del Centro Médico Tufts de Boston.
Además aclaró que las personas que presentan una enfermedad leve pueden desarrollar lo que se denomina “covid largo”, y padecer los síntomas incluso durante seis meses o más. Para Doron el término “leve” debería ser reformulado.
“Cuando nosotros, o los CDC o los NIH, decimos ‘leve’, nos referimos realmente a que no se ha enfermado lo suficiente como para ir al hospital. Pero cuando tienes una enfermedad parecida a la gripe que te lleva a la cama, eso no es leve para ti”, agregó la doctora.
Si algo beneficia tener una enfermedad ”leve” es que en ese caso no es necesario acudir a un centro de salud que, ante la situación actual es muy importante para que los hospitales puedan trabajar sin problemas. De todas maneras, para la doctora, calificar a la enfermedad de “leve” puede generar que algunas personas no lo tomen con más liviandad.

“Ha habido tanta fatiga por el COVID, y eso se asocia con el deseo de volver a la normalidad, o a lo más parecido a la normalidad, que la gente puede trivializar sus síntomas y decidir no hacerse las pruebas de COVID o de gripe”, dijo el doctor William Schaffner, profesor de Enfermedades Infecciosas del Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt.
Y aclaró que “incluso con síntomas leves, la gente debería hacerse la prueba de COVID-19 para saber si los síntomas empeoran y necesitan atención médica. Una prueba también les dirá si necesitan aislarse para no contagiar el coronavirus a otros”.
La variante Ómicron fue clasificada como preocupante por la Organización Mundial de la Salud en parte por presentar “más de treinta mutaciones en el gen de la proteína de la Espiga, además de numerosas mutaciones en otras regiones del genoma”, de las que muchas ya se habían relacionado “con un aumento de la transmisibilidad o con un cierto grado de escape a la respuesta inmune”.
El jefe de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, recordó que el alto número de casos causados por Ómicron, más contagiosa que la anterior variante Delta, ha causado presión en los hospitales.

En las personas vacunadas con dos o tres dosis se observa una menor duración de los síntomas, que se describen como fiebre, tos o resfriado y pueden desaparecer al cabo de un par de días. Por lo tanto, se asume que también disminuye la capacidad de contagiar a otros. De todas maneras, los científicos advierten que los datos para estas conclusiones son preliminares y serán confirmados por estudios científicos a gran escala.
“Aunque Ómicron parece ser menos grave en comparación con Delta, especialmente para las personas vacunadas, no significa que deba clasificarse como leve”, dijo Ghebreyesus en una conferencia de prensa.
“Al igual que las variantes anteriores, Ómicron causa hospitalizaciones y está matando a personas”, insistió, agregando que el aumento exponencial de los contagios “está desbordando los sistemas sanitarios de todo el mundo”.
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