
Hay personas que han visto tanto cine que ya no cuentan las películas, sino las décadas. Isaac León Frías es una de ellas. Fundador de Hablemos de Cine, la revista que formó a una generación de críticos en toda América Latina; profesor, investigador y autor de una obra que durante sesenta años ha cartografiado el cine del continente, León Frías llegó esta semana a Quito por invitación de la Embajada del Perú para presentar su libro: Los trances de los cines de América Latina y el Caribe. De los años setenta al fin de siglo.
En este libro Ecuador ganó su lugar: un capítulo propio, compartido con Uruguay y Paraguay, que el crítico peruano defiende con datos concretos. A finales del siglo XX ya existían realizadores ecuatorianos formados en escuelas, nuevas generaciones con oficio y una producción que empezaba a tomar forma. Eso, dice, fue razón suficiente para incluir al país.
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Una particularidad que no se repite
Cuando se le pregunta por el documental indigenista, León Frías sitúa a Ecuador como pionero de la región en ese género desde los años treinta, la misma década en que el cine sonoro hizo económicamente inviable la ficción nacional y dejó un vacío que tardaría décadas en cerrarse.

- ¿Ese patrón, refugiarse en el documental cuando la ficción no es posible, es algo que se repite en otros países pequeños de la región?
- Es muy característico de Ecuador... Eso no se repite en Perú. Eso no se repite en Chile.
En Bolivia hubo algo similar, acota, pero en mucho menor medida y vinculado a un momento político muy específico. En México, el cine de temática antropológica llegó décadas después. “En cambio, Ecuador ya venía haciéndose muchos trabajos. Lamentablemente, poco conocido fuera, porque no tenían muchas posibilidades de difusión”.
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Esa invisibilidad no fue un accidente. El documental, explica León Frías, nunca interesó a las cadenas de cine como producto de sala. Los temas etnológicos y antropológicos quedaron atrapados en circuitos académicos o en archivos que el gran público nunca frecuentó. Ecuador construyó una tradición extraordinaria y la construyó casi en silencio.
<i>Ratas, ratones, rateros</i> sigue siendo la mejor
Cuando se le menciona que en 2008 incluyó Ratas, ratones, rateros de Sebastián Cordero entre las mejores películas de la región, León Frías hace una pausa. Han pasado casi veinte años. Le pregunto si sostiene el juicio: “En principio mantengo, mientras no vea alguna otra que me haga cambiar de opinión, mi opinión muy favorable de esa película”, responde.
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“Se mueve con mucha libertad, con sentido del humor, con desparpajo.” Cordero hizo más películas después, algunas muy buenas, reconoce. Pero por ahora, Ratas, ratones, rateros sigue siendo su preferida.

El dato no es menor: esa película marcó en 1999 el regreso del público ecuatoriano a la ficción nacional, después de que La Tigra de Camilo Luzuriaga abriera el camino a comienzos de los noventa. Dos hitos que cerraron un paréntesis de décadas.
El streaming y la trampa del idioma compartido
Cuando se le pregunta si el streaming puede ser la oportunidad que el cine sonoro le negó al cine ecuatoriano hace un siglo, León Frías no cae en el optimismo fácil: “Es una gran posibilidad, pero también naturalmente un riesgo”.
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El streaming reproduce, a escala digital, la misma lógica que dominó siempre la industria: los grandes copan el mercado y los pequeños quedan en la marginalidad.
Lo que más le preocupa, sin embargo, no es la tecnología sino la desarticulación. América Latina comparte idioma, historia y muchos de sus problemas y aun así, explica, no ha logrado construir una plataforma regional de streaming ni una política cultural común: “Europa, con países que hablan lenguas distintas, tiene una unión mucho más estrecha”, señala. “Nosotros, que nos podemos entender, no hemos llegado a esos terrenos de la cultura y la comunicación”.
Antes de terminar, León Frías hace algo inesperado: describe cómo ve él mismo una película. No como entomólogo, aclara. “Me dejo llevar por la película, me dejo ganar por ella.” Y cita a una amiga que alguna vez le resumió la lógica del espectador en tres verbos: reírse, emocionarse o asustarse. “Creo que eso es legítimo”, dice. Para alguien que ha dedicado su vida entera a analizar el cine del continente, esa declaración tiene algo de manifiesto.
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