“Cuba se dirige al desastre”, dice uno de los títulos principales de esta semana de The Economist. Quizás sea ese sombrío pronóstico que se dilata desde hace décadas el que tema la cúpula dictatorial de La Habana si su principal aliado -y sostén económico- se vuelve cenizas.
El régimen conducido por Nicolás Maduro está penetrado desde hace dos décadas por Cuba. Desde tiempos de la temprana alianza entre Fidel Castro y Hugo Chávez, agentes de inteligencia, funcionarios y militares cubanos coparon todos los niveles chavistas.
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Sobre todo en los últimos años, militares venezolanos idearon en soledad salidas internas para expulsar al dictador del Palacio de Miraflores. Pero cada uno de esos planes fue frustrado o ni siquiera pasó de un deseo comentado tímidamente en alguna cena íntima.
Las comunicaciones entre coroneles y generales está desde hace décadas absolutamente intervenida por la inteligencia cubana y nadie sabe si el uniformado que tiene frente a sí -superior o subalterno- es un espía o alguien en quien confiar, un verdadero camarada en las armas.
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Paradójicamente, esa misma desconfianza interna -y terror- que consiguió sembrar Cuba entre los militares venezolanos es la misma que impediría que hoy la Fuerza Armada Nacional Bolivariana de Venezuela pueda actuar unida frente a una amenaza externa. Esa debilidad autoprovocada es conocida tanto por Maduro como por los jerarcas cubanos. Y por Estados Unidos.
Pero existe además otro factor clave que corroe esa desconfianza: el Cartel de los Soles. Aunque son decenas los generales implicados en el flujo de droga y armas ilegales con Maduro a la cabeza, no todos los uniformados venezolanos forman parte de esa organización narcoterrorista. El quiebre interno es completo.
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Desde su llegada al poder en enero de 1959, Cuba fue sostenida principalmente por la Unión Soviética hasta su caída en 1991. Luego fue Rusia quien la apoyó aunque con diferente intensidad que en los años de Guerra Fría. La Habana sabía que el tiempo acabaría con sus estructuras si no conseguía otro socio solvente.
Fue así que una antigua idea castrista de quedarse con Venezuela comenzó a emerger con la figura de Hugo Chávez. El veterano dictador vio antes que nadie en el golpista de Barinas alguien con potencial político. El primer abrazo entre Castro y el militar venezolano fue en 1994. El cubano sabía que tarde o temprano ese camarada llegaría al poder y podría controlarlo.
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El advenimiento en 1999 de Chávez a Miraflores posibilitó, al fin, el sueño eterno de Castro: hacerse de los recursos venezolanos. En 2004, diez años después de su primer abrazo, fundarían la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), una respuesta al plan de Estados Unidos del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA). Pero antes ya Castro había explicado a Chávez cómo debería ejercer el control total del país.
Desde entonces Cuba consiguió recursos, petróleo y toneladas de dólares que sostuvieron la cáscara del régimen. También logró flujo de dinero proveniente del narcotráfico. A cambio, La Habana le enseñó a Chávez y sus sucesores cómo eternizarse en el poder. Para eso infiltró sus agentes de inteligencia en todos los niveles: desde los burocráticos, pasando por los militares, los políticos y hasta guardaespaldas.
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Hoy, con parte del poderío naval de Estados Unidos frente a las costas venezolanas eliminando envíos narcos en el Mar Caribe y aviones sobrevolando cada vez más cerca de Caracas, el régimen de Cuba es el único aliado activo que mantiene y recomienda a Maduro mantenerse en Miraflores.
Maduro, Diosdado Cabello y los hermanos Rodríguez, Jorge y Delcy, llevan mensajes desesperados a Miami y a Washington. Al menos cuatro propuestas diferentes llegaron hasta la Casa Blanca en el último mes. Desde una transición encabezada por Delcy Rodríguez -actual vicepresidenta chavista- sin Maduro en el poder, hasta la más audaz conocida hace pocos días que proponía un período de gracia de entre dos y tres años para que el dictador abandonara Caracas y pudieran organizarse elecciones libres.
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Todas las ofertas fueron descartadas por el presidente norteamericano Donald Trump. En Estados Unidos saben que no pueden confiar en las ideas acercadas por los emisarios chavistas que intentan desesperados encontrar interlocutores creíbles para sus promesas: Qatar, por intermedio de Turquía, es el más demandado por los caribeños.
Pero la era de las promesas quedó atrás. Una y otra vez Venezuela -y Cuba- dilataron las negociaciones con otros países hasta el hartazgo. Burlaron durante años a negociadores y enviados diplomáticos de Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Portugal, Reino Unido, Suecia, Argentina, Chile, Ecuador, Panamá, Uruguay, Costa Rica y República Dominicana.
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Maduro está muy solo. La Rusia de Vladimir Putin, entreverada en su invasión en Ucrania, no pudo siquiera ayudar a su más cercano aliado territorial, el dictador Bashar Al-Assad, y vio cómo Siria quedaba en manos de rebeldes en pocas horas. Dio refugio al brutal déspota y su familia, eso sí.
China continúa quedándose con los recursos venezolanos, pero no tiene intención de librar una guerra o un conflicto temprano con Estados Unidos tan lejos de su territorio. Tiene decepción de promesas venezolanas -y deudas- que nunca se pagaron. Prefiere concentrarse en su economía y en el Estrecho de Taiwán y los posibles múltiples conflictos que un choque allí podría provocar.
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Irán tiene suficientes problemas internos y externos: la sucesión del Ayatollah Ali Khamenei por un lado y los golpes provocados por Israel en los últimos meses generaron una conmoción interna al régimen teocrático que impide sostener a un aliado en América Latina. ¿Cómo ayudaría a Maduro militarmente si apenas sobrevivió al asedio israelí?
La situación en Cuba es desesperante. La extrema pobreza llega casi al 90 por ciento, de acuerdo a un estudio elaborado por el Observatorio de Derechos Sociales. La población sobrevive con entre 5 y 14 dólares al mes. Ese es el valor de una docena de huevos o de un pollo. Sólo funcionarios del régimen pueden darse el lujo de comer dos platos de comida al día. Los apagones forman parte de la vida diaria. No hay agua. No hay medicamentos. Casi no hay turismo, el motor que supo mantener a flote a la isla.
Eso es lo que explica la necesidad imperiosa de sus autoridades -el anciano dictador Raúl Castro, con casi nulas apariciones públicas, y el jefe de estado Miguel Díaz Canel- de mantener a Maduro al frente de Miraflores. Lo hacen por interés propio. Supervivencia. Saben que la caída del régimen de Maduro podría precipitar la propia.
X: @TotiPI
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