
Evo Morales tiene un plan. Es al mismo tiempo político y de acción. Debió trazarlo a partir de su enfrentamiento con Luis Arce -a quien le entorpeció su gestión desde el principio-, de la prohibición que le impuso la justicia boliviana para participar de las próximas elecciones presidenciales del 17 de agosto y de la pérdida de la personería del Movimiento al Socialismo (MAS) el partido que fundó.
De forma distinta a como hizo con Arce -a quien apoyó para llegar al poder y luego dinamitó-, Morales sabe que esta vez deberá buscar por otro lado su ventaja política para retornar al poder en Bolivia. Sabe que los delfines podrían traicionarlo, como cree que pasó con quien fue su ministro de Economía durante sus mandatos presidenciales.
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Cuando Arce se alza con el triunfo electoral de 2020, el jefe cocalero decide su retorno al país tras su renuncia y partida al autoexilio luego del megafraude de 2019 que desató una tormenta social que terminó con Jeanine Áñez como presidenta interina, hoy presa.
Desde el exterior, Morales embanderó a su pupilo a su imagen y semejanza. Jamás pensó que Arce intentaría un proyecto propio y comenzó entonces a entorpecer su gobierno, del que se creía amo y señor.
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Esa guerra interna del MAS la padeció, en definitiva, el pueblo boliviano, que vio una Asamblea Legislativa paralizada y constantes marchas, paros y barricadas que llevaron al extremo del abastecimiento a varias ciudades que quedaron aisladas por los hombres del cocalero.
Arce -quien en algún momento soñó con una reelección- veía cómo su popularidad y su capital político se desvanecía de la mano de una administración paupérrima donde la escasez de dólares, la falta de combustibles, alimentos, medicamentos, la inflación y la precariedad institucional se convertían en su principal legado gubernamental.
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Esos pobres resultados de gestión tuvieron también como responsable a Evo, quien apedreó cada intento político que buscó su otrora ministro. Ni la presencia controversial de su hijo Marcelo Arce en el área de energía logró componer un sector que en algún momento fue pilar económico de Bolivia.
Los hijos de Arce merecen un capítulo por separado: sus quehaceres salieron a la luz en los últimos meses. Rafael Arce, el menor de los vástagos presidenciales, consiguió al poco tiempo de que su padre accediera al poder un crédito oficial de tres millones de dólares que decidió invertir en tierras en Santa Cruz de la Sierra, la zona más productiva del país. Un entrepreneur. Ese préstamo floreció tiempo después hasta convertirse en nueve millones. Un suertudo.
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Marcelo, el de Energía, también está envuelto en problemas que seguramente lo acompañen durante años: está acusado de favorecer y redirigir contratos de litio para beneficio de ciertas empresas. Un comisionista.
Persecución a opositores y elecciones
Para intentar controlar la arena política, Arce comenzó una persecución contra opositores a quienes ordenó secuestrar en plena luz del día, como fue el caso emblemático de Luis Fernando Camacho, ex gobernador de Santa Cruz, detenido irregularmente en los últimos días de 2022, frente a su domicilio. Para muchos, Camacho representaba la verdadera amenaza para los negocios y ambiciones del MAS, el Socialismo del Siglo XXI y Cuba, uno de los principales actores del país.
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Pero el deteriorado gobierno de Arce y su enfretamiento con el jefe de los cocaleros, no permitieron que pudiera aspirar a una reelección. El presidente boliviano anunció su renuncia a la carrera electoral el 13 de mayo: “No seré un factor de división del voto popular”, dijo entonces. No hubo movilizaciones populares para que reviera su decisión.
Eduardo del Castillo, candidato oficial por el MAS, uno de los principales alfiles de Arce y ministro de Gobierno, comenzó una aparente embestida contra Evo. Surgieron así denuncias de todo tipo: estupro, tráfico de menores, violaciones contra el ex presidente. La mayoría de esas acusaciones resultan verosímiles, pero muchos en Bolivia prefieren mirar para otro lado.
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Pese a las órdenes de captura de la fiscalía, el gobierno de Arce no se animó a dar el paso y apresar a su principal rival interno quien quedó atrincherado en Cochabamba. Incluso se señala que Del Castillo fue quien envió a la Argentina a una de las denunciantes del rival de Arce. Algunas habladurías -son solo eso- se refieren de una posible sociedad entre Del Castillo y Evo en negocios de producción y exportación. Otros entrepreneurs.
Pero Del Castillo, candidato oficialista, no tiene posibilidades de triunfo. Lo saben Arce y Morales. Apenas un 3 por ciento del electorado votaría por el postulante del MAS, el partido que llevó a Evo al poder y que le fue arrebatado.
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Morales, lejos de apostar por este ambicioso funcionario, apuesta por el caos posterior al 17 de agosto. Votos nulos y ausentismo por un lado. Por el otro, el mejor oferente suyo para ganar es Jorge Tuto Quiroga. Cree que el eterno opositor boliviano le haría la tarea confrontativa más fácil.
Incendiar Bolivia y asaltar el poder con una figura como la suya le resultaría más fácil. Quiroga hizo sus deberes: negó un frente opositor sólido que pudiera derrotar definitivamente al MAS y al evismo, haciendo más débil una posición opositora.
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Evo tampoco quiere que Andrónico Rodríguez, presidente del Senado y cocalero como él, sea una de las figuras relevantes de los comicios. Este joven legisador de 36 años es, en rigor, su verdadera amenaza interna, quien podría jubilarlo.
Los seguidores del jefe cocalero y ex presidente, mientras tanto, lanzan sus amenazas: se contarán votos o muertes durante la noche del 17 próximo.
Bolivia parece estar lejos de normalizarse y de encaminarse a un sendero de tranquilidad y paz social. Las ambiciones personales, los negocios, el narcotráfico y las interferencias externas parecen ser los verdaderos motores de esa gran nación sudamericana.
X: @TotiPI
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