
El presidente Luis Arce mostró en sus presentaciones en la asamblea general de las Naciones Unidas que tenía muy malas pulgas: dijo que no quería saber nada de la Unión Europea y que no piensa mejorar las relaciones de Bolivia con Estados Unidos.
Se puso frente a toda la OTAN en un momento de tanta tensión creada por los delirios de Vladimir Putin y su sanguinaria invasión de Ucrania.
Para definir mejor su postura, y que nadie tenga dudas, tuvo una reunión muy amigable con Ebrahim Raisi, presidente de Irán, a las pocas horas de la muerte, en Teherán, de la joven Mahsa Amini, asesinada por la “policía de la moralidad” debido a que no se había cubierto totalmente el cabello en la calle.
Daba portazos a la OTAN y a los países democráticos del mundo porque quizá olvidó que había recibido, antes de partir a Nueva York, las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) para reducir el gasto y, sobre todo, hacer todo lo posible por atraer inversiones extranjeras.
Es que en este momento la economía boliviana está “deteriorada”, según la reciente definición de la calificadora Fitch Ratings que, como el FMI, observa el alto déficit fiscal y las subvenciones a los combustibles.
El mal humor del presidente se explica por las peleas que tiene con el ex presidente Evo Morales, en que ambos se acusan de narcotraficantes y corruptos mientras se define quién de ellos será candidato en las elecciones de 2025.
Explicó que su enfado con los europeos se debe a que, según el relato del partido de gobierno, el embajador de la UE habría participado en el derrocamiento de Morales en noviembre de 2019, aunque la verdad es que ese embajador sólo se propuso evitar en esos días que la revuelta popular cerrara el parlamento.
De inmediato recibió ahora una dura respuesta de Josep Borrell Fontelles, alto comisionado de la UE para relaciones exteriores, en que le recuerda que el embajador europeo sólo se ocupó de evitar la violencia y promover el diálogo en aquellos días de 2019.

Respecto de Estados Unidos, Arce dijo que ese país había conspirado para ese “golpe”, como el gobierno ha decidido llamar a la renuncia voluntaria de Morales y a su apresurada fuga del país el 11 de noviembre de ese año, aterrorizado por la firmeza de la revuelta popular.
Lo curioso del caso es que Arce es ahora presidente como consecuencia y gracias a ese “golpe”, pues fue elegido en elecciones convocadas cuando el cocalero estaba fugado y recibía atenciones de los gobiernos de México y Argentina.
Las relaciones con la dictadura de Irán fueron consecuencia de la estrecha amistad de Morales con el ex primer ministro Mahmoud Ahmadinejad. Éste obsequió al gobierno del cocalero los equipos para un canal de televisión que sigue existiendo y difunde mensajes musulmanes.
Arce tuvo problemas de mal entendimiento con europeos y norteamericanos en Nueva York, pero también tuvo una discrepancia con el presidente Gustavo Petro de Colombia, cuando hablaba de la destrucción de las selvas del Amazonas.
Petro sostuvo que esas selvas son bombardeadas por los países hegemónicos, por el capital, pero Arce sabe que, por lo menos en Bolivia, las selvas son incendiadas, como ocurre ahora mismo, por los ejércitos de cocaleros a las órdenes de Morales.
La florida retórica caribeña del colombiano contra el capital y todo lo demás fue aplaudida por Arce pero el boliviano no podía estar más en desacuerdo sobre los autores de la destrucción de los bosques.
Tampoco quiso apoyar la propuesta de Petro de suspender la prohibición de la producción, venta y consumo de cocaína y, a cambio, propuso que la campaña contra las drogas en América latina sea “regionalizada”, de tal modo que los golpes no les lleguen sólo a los que producen en las selvas, sino también a los que venden droga en los países ricos.
El frente de los gobiernos llamados de izquierda se debilitó también en otros flancos. Después de que el chileno Gabriel Boric mantuvo su condena a la invasión rusa sobre Ucrania, Arce sacó del bolsillo un reclamo histórico: en 1879 Chile también invadió territorio boliviano de manera sorpresiva y sin declaratoria de guerra.
De todos modos, Boric y el peruano Pedro Castillo parecieron los más moderados del ramillete de gobernantes izquierdistas de América latina en las Naciones Unidas.
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