
De un momento a otro alguien ordenó suprimir del sitio de la Oficina Federal de Investigación (FBI, por sus siglas en inglés) el nombre de Mohamed Ahmed el Sayed Ahmed Ibrahim. Estaba caracterizado como uno de los terroristas más buscados en Brasil, donde había llegado desde Turquía -de acuerdo con investigaciones federales- enviado por su empleador: Al Qaeda. Fue hallado en una operación conjunta entre la Policía Federal de ese país y los Estados Unidos. Horas después del interrogatorio, el egipcio de 45 años -que continúa viviendo con su esposa en San Pablo- ya no era un sujeto “buscado”. ¿Qué había sucedido? ¿Había empezado a colaborar?
Ibrahim no fue el primer ejemplo de cooperación. Otros casos islamistas descubiertos ya han transitado por diferentes oficinas en la región, dispuestos a hablar y a someterse a una nueva vida, aunque vigilada. Los jerarcas de la red más temida y autora de los más brutales atentados en la historia reciente -como el ataque a las Torres Gemelas en 2001-, de Hezbollah y hasta de Hamas, estarían reevaluando su “estrategia latinoamericana”. No están abandonando sus posiciones, pero sí se encuentran analizando los costos y beneficios que pudieran obtener al sur del continente americano.
“América Latina ya no es permeable al terrorismo”, asegura un general brasileño que trabaja en coordinación con otros pares vecinos. Y añade: “No son bienvenidos en la región”. Pero las luces de alerta en las organizaciones fundamentalistas no comenzaron a sonar en las semanas recientes como el caso de Ibrahim salió a la luz. Sino mucho antes. Sobre todo por la combinación de diferentes cambios de paradigmas en este rincón del mundo.
La decadencia del Socialismo del Siglo XXI es evidente. Solo los jirones de la dictadura chavista en Venezuela, la crisis social y política en Nicaragua, Bolivia -con Evo Morales con grandes posibilidades de continuar en el poder aunque muy cuestionado por su responsabilidad en el desastre natural de la Amazonía- y Cuba, son los únicos destinos -en permanente declive- que podrían ser atractivas para los extremistas islámicos. Sin embargo, cada vez son menores las comodidades que estos anfitriones están en condiciones de brindar a sus invitados.
En el país regido por Nicolás Maduro la situación es bastante irregular. Más allá del apoyo que Caracas recibe por parte de la teocracia iraní -principal sostén financiero y político de Hezbollah en el Líbano y Siria-, quienes allí se acercaron en busca de refugio y base ya no perciben la libertad para operar que supieron ganarse tiempo atrás. Saben que la dictadura podría caer de un momento a otro y que las condiciones -documentación, negociados y narcotráfico- con las que convivieron durante años de beneficios ya no serán las mismas. La retirada podría convertirse en una necesidad imperiosa. El principal alfil de ese desembarco fue alguien que está en la mira de los Estados Unidos desde hace años: Tareck el Aissami. El ministro está acusado de estar involucrado en la mayoría de las fechorías del régimen. Se le imputan actividades de narcotráfico, lavado de dinero y venta ilegal del oro venezolano en Medio Oriente, entre otros delitos. No solo él, sino también su amigo y “socio”, el indescifrable y multimillonario Samark López.
Más: las resoluciones de los Gobiernos de Asunción y de Buenos Aires de declarar como terrorista al grupo libanés fue un duro golpe a los milicianos que habitan en la región. Solo falta que el Planalto se pronuncie en tal sentido para darle cuerpo a una definitiva política que podría contagiar a otros países. Pero la realidad marca que las actividades de los libaneses de aquella agrupación se ven cada vez más cercados. Sobre todo en una zona que los tenía como amos y señores: la Triple Frontera.
El área constituida por Paraguay, Brasil y Argentina es una de las capitales del grupo armado chiita. Allí se establecieron mediante mezquitas, comercios y centros culturales para reclutar voluntades. Algunos, sin saberlo, contribuyeron durante años a las finanzas de estas asociaciones que actuaban de fachada para otros fines. Más específicamente: lavado de dinero y tráfico. Las tres naciones han dispuesto diversos miembros de sus fuerzas para controlar sus movimientos y operaciones. Ciudad del Este, donde más cómodos se sentían sus miembros, ya no es lo que solía ser.
Pero hay otro factor clave. Más cultural, de acuerdo con el mismo general brasileño que atendió en anonimato a Infobae: “No se pueden integrar a la cultura de América Latina pese a la histórica apertura de la región para los inmigrantes sirios y libaneses y de todas partes del mundo. No se sienten cómodos”. Esta comodidad es de la que disfrutaron durante décadas miembros extremistas de milicias armadas que atentaron contra objetivos latinoamericanos. El escuálido presente del chavismo sumado a las políticas combinadas de varios de los principales Gobiernos regionales han desanimado a los líderes ultras a continuar observando América Latina como un paraíso. Ya no es lo que era. O al menos así parece.
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