Alexander David Lafont Chirinos tuvo que esperar hasta las 5 de la mañana del jueves 25 de junio para salir desde Catia La Mar hasta Tanaguarena. Ya a esa hora las vías se encontraban intransitables, a consecuencia del doble terremoto que el día anterior había destruido buena parte del estado La Guaira, declarado zona de desastre.
“Cuando llegué, todo estaba derrumbado”, recuerda este funcionario policial de 49 años que, sorteando toda clase de obstáculos se dirigió a Tanaguarena con la esperanza de encontrar con vida a su hijo Aaron Lafont Mohamed, de 12 años, y su ex pareja Aminta Mayelis Mohamed, quienes residían en el sexto piso de un edificio del programa gubernamental Misión Vivienda.
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En el sector, uno de los más golpeados por los sismos que ya dejaron 3.889 fallecidos y 16.740 heridos, Lafont Chirinos se topó con una amiga de su hijo que, llorando, le contó que todos sus hermanos habían muerto. Pero le dijo que Aaron no estaba con ellos porque su mamá lo había llamado media hora antes de la tragedia.
Toda la familia se unió al rastreo, incluida una hermana de Aminta que desde Chile contactó a una vecina tratando de conseguir datos sobre el paradero del niño. Nadie ofrecía información precisa sobre la ubicación de Aaron al momento del cataclismo.
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Podía estar junto con su madre en el apartamento, hoy reducido a escombros. “¿No hay una posibilidad de que se haya quedado jugando afuera del edificio?”, indagaba el padre.
Solos
Al cuarto día, Lafont Chirinos recibió un mensaje, una foto tomada de una computadora donde se leía el nombre completo de su hijo señalando que se encontraba en el refugio de Ipostel, en el oeste de la capital. “Cuando me mandan eso, me fui embalado para Caracas, llego al lugar, pregunto por el niño y me responden que no está”, relata.
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“Aquí no recibimos niños solos”, indicó la coordinadora del albergue. Al insistir y pedir una explicación, le contestaron que quizá se trató de una equivocación. “Desde allí empezamos la búsqueda por los refugios y nada, siempre me dicen que solo hay familias, no niños solos. Estoy buscando una aguja en un pajar”, expresa.
Lafont Chirinos amaneció este viernes 10 de julio frente a las ruinas de la torre H en Tanaguarena. “Se ha hecho difícil llegar hasta el piso 6”, comenta.
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La falta de apoyo de las autoridades dificulta las labores. “Aquí todo lo tiene que hacer uno. Los mismos familiares tienen que hacerlo todo, yo pedí prestada una planta eléctrica y un martillo eléctrico, y hoy supuestamente vienen efectivos de Protección Civil”, detalla el funcionario policial.
Aminta, la madre de Aaron, sigue desaparecida. Una señora que estaba en un campamento improvisado que se instaló en un campo de golf en La Guaira, aseguró haberla visto con vida. Sin embargo, han recorrido hospitales y refugios sin suerte.
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Lafont Chirinos presentó el caso de su hijo ante una unidad de víctimas especiales que ubicó la policía científica en Tanaguarena. “A ellos también todo les parece raro, yo no entiendo cómo llegó el nombre de mi hijo a esa lista”, comparte la duda que lo atormenta.
Preocupación
En medio de la desgracia, los peligros que enfrentan niños, niñas y adolescentes han encendido las alarmas. En las redes sociales corren mensajes que hablan de infantes abandonados sin ningún tipo de protección, e incluso se viralizó una denuncia que afirmaba que centenares se hallaban recluidos en el Parque del Oeste, en Caracas.
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“La información que circula en redes sociales y medios de comunicación, que señala la existencia de grandes cantidades de niños, niñas y adolescentes en situación de abandono en estos espacios carece de fundamento”, recoge un informe de Cecodap, ONG dedicada a la promoción y defensa de los derechos de niños, niñas y adolescentes.
Cecodap apunta que han podido constatar “que el número de niños, niñas y adolescentes en hospitales es reducido y que la mayoría se encuentran en compañía de familiares; los pocos casos identificados sin referentes familiares están siendo derivados de manera adecuada y con base a su interés superior”.
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En conclusión, aseveran que “no se evidencia la existencia de un número masivo de niños, niñas y adolescentes abandonados, solos o separados de sus familias en hospitales, refugios o espacios públicos. La mayoría de los niños, niñas y adolescentes identificados se encuentran acompañados por familiares o responsables”.
Sostienen que la desinformación se convirtió en un factor de riesgo, destacando que “la circulación de versiones no verificadas sobre niños, niñas y adolescentes abandonados o no acompañados generó alarma social y pudo distorsionar la respuesta institucional y humanitaria”. Por esa razón, estiman que “la gestión de información debe ser asumida como una medida de protección, mediante procesos oportunos de verificación, clasificación y comunicación pública”.
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Cecodap advierte en su informe que “aunque no se haya confirmado un escenario de separación masiva, persisten riesgos de protección integral en el mediano plazo, como explotación, trata, desaparición, maltrato, violencia, institucionalización innecesaria, afectaciones psicosociales y pérdida de vínculos familiares o comunitarios”.
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