
Desde el lugar del consumidor, cuantas más etiquetas haya para elegir, mejor, independientemente del conocimiento de cada uno. Para guiar están los sommeliers en los restaurantes y los vinotequeros. Pero, si se lo mira desde el lado de la industria, a priori suena alarmante. ¿Se trata realmente de una amenaza que llega en el momento más inoportuno? ¿Es un golpe de knock out para el sector? ¿O abre las puertas a nuevas oportunidades?
Analizando la situación, se puede decir que, en los ‘90, durante la convertibilidad, lo importado era mejor que lo nacional. Eso, en vinos, se tradujo en la presencia de algunas marcas, sobre todo de Champagne, en vinotecas exclusivas y los mejores restaurantes del país. Hasta ahí, algo normal que sucede en cualquier país desarrollado y productor de vinos. Como, por ejemplo, Estados Unidos, que hoy es el principal consumidor de vinos del mundo (3.190 millones de litros), quinto productor con 415.000 hectáreas de viñedos plantados y el principal importador de vinos a nivel global.
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Pero luego llegó la salida de la convertibilidad y la posterior crisis. Así comenzó el país a transitar el nuevo milenio. En estos 25 años, el vino argentino fue una verdadera revolución, no solo a nivel cualitativo sino también en su diversidad. El sentido de pertenencia comenzó a tener mucho más valor. Por eso, hoy, lo argentino en general y los vinos nacionales en particular son especialmente valorados por el consumidor local, más allá de cómo se exportan.

Ahora bien, la paradoja en cuestión es que, en el mejor momento del vino argentino, es cuando menos se está vendiendo. Pero esto no es culpa del vino, sino mayormente de la situación económica del país.
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Es en este contexto que regresaron los vinos importados. Primero fue tímidamente, de la mano de las bodegas del país que pertenecen a grupos internacionales. Más allá de las ventajas internas de la empresa de “auto importarse”, vieron una oportunidad en el mercado. ¿Cuál? La de poder ofrecer una alternativa original y atractiva a los consumidores interesados en conocer vinos nuevos.
Luego llegaron la estabilidad del dólar y de la coyuntura económica, y con ellas cierta apertura del mercado, fomentada desde el gobierno. Esto impulsó a varios emprendedores a importar vinos. Algunos revivieron viejas épocas; otros se lanzaron a una nueva aventura, motivados por un cambio favorable que permitió acceder a muchos vinos de afuera a precios atractivos.
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Eso explica que hoy, en las vinotecas, haya estanterías dedicadas a vinos importados, además de otras bebidas espirituosas que siempre estuvieron presentes. O que, en los restaurantes, apareciera en las cartas de vino una categoría de vinos del mundo.

Esto, que para muchos puede parecer una “ofensa” desde el punto de vista ético, no es más que una reacción comercial natural a las reglas de mercado. Es algo que sucede en los países productores más desarrollados. Por ejemplo, en los mejores restaurantes de Francia no solo están los mejores vinos de ese país en la carta, con una amplia oferta, sino que también incluyen los mejores exponentes de España, Italia, Estados Unidos, Australia, Portugal, Alemania, Chile y la Argentina, entre otros. Esto ocurre porque buscan ofrecer el mejor servicio, lo que implica tener la oferta más amplia posible, incluyendo vinos del mundo.
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Lo mismo sucede en las vinotecas. Y también en todos los demás países productores, en mayor o menor medida. Esto no significa que no puedan existir sitios especializados en vinos de Francia en un restaurante de ese país, o de vinos argentinos en uno de acá.
¿Por qué es una oportunidad y no una amenaza?
Así como para ser campeón de un Mundial de fútbol hay que ganar todos los partidos, para posicionar realmente un vino el consumidor debe poder degustar la mayor cantidad posible. Y eso, en la Argentina, significa que no solo se ofrezcan las etiquetas producidas localmente. Esa es la única manera de tomar real dimensión de la calidad lograda por los hacedores en la Argentina.
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Uno de los atributos que más me atrae del vino argentino es su gran diversidad inabarcable. No porque no se puedan cuantificar las etiquetas que se producen, sino porque simplemente es imposible degustarlas todas. En el país se elaboran más de 6000 etiquetas. Esto significa que para conocerlas a todas habría que degustar unos 16 vinos por día, sin descansar los domingos. Esto es algo que un profesional puede hacer, ya que en un concurso se degustan hasta 80 muestras diarias, pero ahí no está la gracia ni el disfrute del vino.

Como la Argentina es uno de los máximos productores mundiales, ofrece una amplia gama de alternativas que se renuevan cada año con la cosecha. Además, un mismo vino va cambiando a lo largo del tiempo. Muchas veces, la misma etiqueta y de la misma añada, pero en diferente ocasión, sabe muy distinta.
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Pero es justamente esa cuestión de inabarcable la que atrae, la que lleva a degustar, a descubrir, a conocer y, sobre todo, a disfrutar. Todo eso, con el tiempo, va generando admiración.
Por diversas razones, en la Argentina lo importado siempre fue admirado. Sin embargo, en el tema vinos, fue difícil encontrar una oferta cualitativa y sostenida en el tiempo. Durante ese lapso, el vino nacional evolucionó mucho. Por eso, lejos de significar una competencia para las etiquetas nacionales, un vino importado abre la cabeza, desafiando los horizontes de cada consumidor.
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Si el vino permite viajar con las sensaciones, con las etiquetas importadas se puede recorrer el mundo a través de las copas y conocer otras culturas. Hay de todo allá, igual que acá, aunque eso no signifique que sean todas figuritas repetidas. Por ejemplo, el Torrontés no se elabora fuera del país, como tampoco el vino blanco de Retsina fuera de Grecia. Pero dejando las excepciones de lado, incluso un mismo tipo de vino y elaborado con el mismo varietal ofrece universos distintos. Basta con degustar un buen Malbec nacional frente a uno de Cahors.
Por lo tanto, la oferta de vinos importados está para quien la quiera aprovechar. Si esto significa con el tiempo un gran golpe al vino argentino, no habrá sido por mérito de los importadores, sino porque los vinos locales no eran tan buenos como se creía.
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Por otra parte, es un derecho de todo amante del vino poder tener una oferta diversa a disposición. Seguro que a través de ella la pasión por la bebida nacional solo se incrementará. Porque la calidad ya no es un valor diferencial, como tampoco la diversidad, los estilos o incluso los vinos con carácter de lugar. Esto brinda un escenario competitivo muy parejo. No obstante, hay dos ventajas claves que inclinan mucho la cancha para el lado del vino argentino. Por un lado, muchos de los precios de los vinos importados son muy atractivos y tentadores para probar. Pero, por el otro, difícilmente puedan igualar la relación calidad-precio que ofrece la mayoría de las etiquetas nacionales.
Pero hay algo más, y más importante aún: el orgullo de lo propio. Ese valor del significado que va mucho más allá del juicio cualitativo. Ser coterráneos de vinos que se hicieron bajo los mismos parámetros culturales, que reflejan algo de lo propio y que representan al país donde quieran que vayan, es un plus. Y es algo, quizás inexplicable, que termina consolidando la preferencia por lo propio. Si además, quienes viven en la Argentina pueden viajar hasta los viñedos donde nacen los vinos, visitar las bodegas y conocer a sus hacedores, con los cuales se pueden compartir muchas cosas, incluso sin conocerse, eso suma aún más. Porque todos conviven en esa misma tierra donde nacen los vinos.
Por todo esto y mucho más, el vino argentino es insuperable para un argentino, más allá de que puedan existir excepciones en las preferencias. Pero esto no implica no poder o no querer degustar lo que se elabora en otros países, porque eso también alimenta la pasión por los vinos nacionales.
¿Qué vinos importados conocer?
Para comprobar la calidad y el estilo propio logrado por los mejores espumosos nacionales, se pueden elegir aquellas etiquetas que figuran entre las más famosas del mundo, en clara referencia al Champagne, por ser el vino más afamado a nivel global. Así, Dom Perignon, Veuve Clicquot, Moët & Chandon o Bollinger, además de los de Domaine Bauchet, por ejemplo. También están a disposición las mejores burbujas de España y de Italia. En materia de Cava destacan los de Codorníu, Freixenet o Vilarnau, y si se trata de burbujas italianas, el Ferrari Trento DOC, el Cavalleri Franciacorta o el Prosecco DOC Ponte 1948.

Para imaginar el potencial del Malbec en el mundo, hace falta compararlo con los vinos más famosos de los demás países productores, ya que se trata del vino emblemático nacional. Así, si se piensa en Italia, habría que probar un Chianti —más allá de que la uva sea Sangiovese y se trate de un tinto más liviano—. Hay varias etiquetas disponibles en distintos segmentos y de productores reconocidos como Capraia, Rocca di Castagnoli, Cecchi o Felsina.
Si se quiere comparar con España, habría que optar por un Rioja o un Ribera del Duero. En el primer caso, pueden ser los de Montaña, Macán o Marqués de Tomares; en el segundo, los de Díaz Bayo, Protos o Condado de Haza. Lo mismo ocurre con Francia, donde conviene elegir más por el lado de Burdeos que de Borgoña, no solo por el origen del Malbec, sino por similitud de cuerpo y estructura vínica. La oferta es amplia gracias al legado de Michel Rolland, que posibilitó que muchos productores franceses se afincaran en la Argentina y crearan sus propias bodegas. Eso explica la presencia de vinos como Chateau Fontenil, Montviel, Le Gay, Malartic Lagraviere, Léoville Poyferré, entre otros. También puede hacerse la prueba con tintos de otras regiones, como los de Bonpas de Côtes du Rhône.
Lo mismo, aunque con menor cantidad disponible, se puede hacer con Australia, Estados Unidos, Alemania y Nueva Zelanda.

Un caso aparte son los vinos chilenos, ya que en la Argentina se encuentran presentes los seis grupos vitivinícolas más grandes del país trasandino. Por eso, ver los vinos de Concha y Toro, Santa Rita, San Pedro, Calyptra o Viu Manent, entre otros, es habitual. Lo mismo sucede con los mejores vinos de Uruguay, incluyendo los de Familia Deicas o Bodega Garzón, del empresario argentino Alejandro Bulgheroni. Algo similar ocurre con Eduardo Eurnekian y sus vinos armenios de Bodega Karas, que se consiguen en las principales vinotecas y también en el restaurante Bravado, en el subsuelo de Corporación América. Parecido es el caso de los dueños del restaurante palermitano Kefi, que importan varias etiquetas de vinos griegos.
Además, hay muchos enólogos argentinos elaborando vinos en otros países y, obviamente, los tienen a la venta en la Argentina. El caso más resonante es el de Alejandro Vigil (Catena Zapata y El Enemigo), que elabora vinos en la zona de Gredos, cerca de Madrid, en España: dos Garnacha de la Bodega El Reventón. También están los vinos de Mauricio Lorca en Ribeira Sacra (Camino Empedrado) y los de los hermanos Durigutti, también en Galicia (Raíces del Miño), por solo nombrar algunos.
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