
Un equipo de psicólogos sociales encabezado por Eddie Brummelman en la Universidad de Ámsterdam puso a prueba una idea sencilla, pero poderosa: ¿podrían unas preguntas especialmente diseñadas ayudar a que los hijos se sintieran más queridos por sus padres?
Esta investigación, realizada en 2024, publicada en la revista Developmental Science y reseñada por la BBC, partió de la premisa de que sentirse querido es crucial para el bienestar infantil. Fortalecer este lazo podría traer beneficios concretos para las familias, y la forma de lograrlo resultó tan accesible como intercambiar preguntas y respuestas sinceras.
El experimento se inspiró en una serie de trabajos previos con adultos, donde un “procedimiento de amistad rápida” ya había demostrado su efectividad para propiciar la cercanía entre personas.

El método, desarrollado originalmente por el psicólogo Arthur Aron a finales de los años noventa, consistía en que dos adultos se plantearan preguntas profundas y personales, como por ejemplo: “Si una bola de cristal pudiera decirte la verdad sobre ti mismo, tu vida, el futuro o cualquier otra cosa, ¿qué querrías saber?”.
Estas preguntas, lejos de invitar a una charla superficial, motivaban a abrirse emocionalmente, con resultados sorprendentes: incluso desconocidos podían alcanzar niveles de intimidad comparables a amistades de muchos años después de apenas cuarenta y cinco minutos de conversación estructurada.
El concepto fue mundialmente reconocido tras una publicación en The New York Times, donde un periodista puso en práctica las famosas 36 preguntas en el contexto de una cita romántica.
Sin embargo, el origen del procedimiento nunca estuvo restringido al ámbito amoroso: la hipótesis original de Aron y su equipo era que el grado de cercanía derivaba directamente del nivel de autorrevelación personal que alcanzaban los participantes, fuera cual fuera el entorno.

Dentro del procedimiento, se diferenciaban claramente dos tipos de preguntas: unas centradas en temas triviales (“¿cómo celebraste el último Halloween?”) y otras enfocadas en cuestiones fundamentales y experiencias personales (“¿cómo sería un día perfecto para ti?”). Los datos recabados mostraron que solo el segundo grupo generaba auténtica conexión.
Este marco sirvió de base para el experimento de la Universidad de Ámsterdam, que lo adaptó para el contexto familiar. En lugar de plantear exclusivamente preguntas a adultos, los investigadores propusieron una lista con 14 cuestiones ajustadas a niños de entre ocho y trece años y sus padres.
Las preguntas, elaboradas y validadas por el equipo investigador con rigor científico, se presentan como herramientas para promover el diálogo profundo y el vínculo emocional entre padres e hijos:

- ¿Recuerdas la última vez que te sentiste solo/a? ¿Qué te hizo sentir así?
- ¿Cuál es el recuerdo más divertido que tienes juntos?
- Si pudieras visitar cualquier lugar del mundo, ¿a dónde te gustaría ir?
- ¿Qué es algo en lo que sientes que eres realmente bueno/a?
- ¿Qué es lo más extraño que has experimentado?
- ¿De qué logro te sientes más orgulloso/a?
- ¿Cuál fue la última vez que sentiste miedo y por qué?
- ¿Qué es lo que más valoras en una amistad?
- ¿Has sentido alguna vez celos de alguien? ¿Cuándo?
- ¿Puedes contarme una vez que hayas sentido vergüenza?
- ¿Qué consejo le darías a alguien que está teniendo un mal día?
- ¿Hay algo que te preocupe para el futuro?
- ¿Qué es lo que más quisieras aprender y por qué?
- ¿Cuál es el recuerdo más significativo que tienes con un ser querido que ya no está?

Los resultados fueron contundentes. Tras apenas nueve minutos de este tipo de conversación, las mediciones demostraron que los niños se sentían significativamente más queridos y apoyados. Brummelman y su equipo también observaron que la simple charla cotidiana —preguntar gustos sobre helados o películas favoritas— producía mucho menos impacto emocional.
Lo relevante, en cambio, fue la exploración de temas habitualmente evitados, incluidas experiencias negativas o dolorosas, que animaban a padres e hijos a compartir vulnerabilidades y temores. De acuerdo con los hallazgos, muchas familias nunca antes habían abordado algunos de esos temas, lo que añadía profundidad a la experiencia.
Esta técnica se apoya en el principio de autorrevelación, ampliamente documentado en la literatura psicológica como un factor esencial para la creación de lazos sociales. Décadas de estudios han demostrado que compartir información personal —con amigos, compañeros de clase, o incluso desconocidos— aumenta la percepción de cercanía.
La fisiología también respalda este efecto: las conversaciones profundas activan el sistema opioide del cerebro, que libera endorfinas responsables de la sensación de bienestar, conexión social y vínculo afectivo.

Experimentos recientes, en los que se bloqueó deliberadamente la acción de estos neurotransmisores, comprobaron que sin ellos, compartir aspectos íntimos perdía su efecto gratificante y los participantes sentían menos satisfacción durante el intercambio.
El alcance del procedimiento va más allá de las relaciones familiares o amistosas tradicionales. Investigaciones adicionales demostraron que su aplicación puede disminuir la desconexión entre miembros de distintos grupos sociales o culturales, mejorar la integración de estudiantes a distancia y reducir prejuicios entre personas de diferente orientación sexual. El efecto no depende del contexto físico: los mismos beneficios aparecen en conversaciones digitales o presenciales.
A partir de estos estudios, los expertos sugieren que la clave está menos en una lista concreta de preguntas que en adoptar una actitud de curiosidad auténtica, apertura y valentía para abordar temas significativos. Recomiendan permitir a ambos interlocutores compartir e indagar, sin miedo a suscitar emociones negativas.
Para quien dude cómo comenzar, las preguntas validadas en estos experimentos representan un excelente punto de partida. Así, cada conversación puede convertirse en la base de una relación más profunda y satisfactoria.
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