
En el día de los Enamorados no solo se festeja la importancia del amor, es la oportunidad para que las parejas recuerden que mantener la “llama encendida” es una grata tarea a tener en cuenta.
En ese sentido, el feminismo trajo cambios a este día, recordando por sobre todo que el amor de pareja es una unión simétrica, de igualdad y no como nos han hecho creer por siglos que está basado en la complementariedad, esa antigua creencia de dos piezas que se ajustan pero cuyo mecanismo lo manipula el hombre.
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Si bien en estos tiempos la mujer agradece los gestos de caballerosidad, las sorpresas, las invitaciones y los regalos, prefieren que las decisiones se tomen en conjunto. No quieren ser las invitadas a un evento que el hombre digita a su gusto o supone que con la salida la va a sorprender.

La mayor sorpresa será entonces que juntos puedan programar qué se hace para festejar, dónde, si estarán solos o con otras parejas. Y estoy hablando de aquellos que están bien dispuestos al festejo, porque hay cada vez más personas que se resisten a una festividad importada con un toque de cursilería y artificio.
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En los tiempos que vivimos hacerse un espacio para estar juntos y disfrutar del encuentro suele ser complicado. La vida es urgente y los actos románticos también lo son.
El día de los enamorados reflota la idea romántica del amor y la incondicionalidad de los vínculos afectivos (comprende también la amistad). Sin embargo, el amor romántico de pareja está sujeto a los cambios de las estructuras de género. Ya no se sostiene que el amor de pareja es complementario (la media naranja), hoy en día la autonomía personal es regla, por lo tanto “nos amamos en la medida que se respetan los espacios y las decisiones personales”.
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En amor no hay falta que el otro debe completar, por el contrario, los amantes son personas completas, cada una con su historia, intereses y niveles diferentes de compromiso. Y aunque todavía perdure la idea machista que señala la diferencia en desmedro de la mujer, hoy en día hay resistencia y cuestionamiento de estas posturas rígidas.

En este nuevo contexto amoroso son ellas las que toman la iniciativa para que la decisión sea consensuada. Es frecuente que el hombre, condicionado por las pautas de masculinidad, sea quien se adelante a la invitación o a gestionar la cita, sin embargo, será ella quien defienda su deseo de expresar sus deseos y realizar las acciones necesarias para el encuentro.
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Esto puede significar alguna decepción para los caballeros deseosos de brindar una atención a su dama, sin embargo, la acción de compartir, teniéndose en cuenta mutuamente, libera de presiones, volviendo más libre la unión. Aun así, hay hombres que se resisten a estos cambios, no entienden cómo la mujer no acepta sentirse agasajada por ellos; se enojan, lo viven como un desprecio, o se juran no volver a intentarlo para no quedar como anticuados.
Las parejas de las nuevas generaciones no tienen tantas complicaciones a la hora del festeja el día de los enamorados, la equidad es la regla y está “todo bien” con solo reunirse y hacer las cosa más simple.
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Tampoco las parejas homosexuales dan tanta vuelta alrededor de este día de San Valentín. Es el modelo Heteronormativo quien define los roles femeninos y masculinos condicionando las acciones según el género. Y dicho modelo asienta en un sistema cultural que en cada evento de este tipo refuerza con multiplicidad de imágenes el amor como producto de consumo.
La figura del amor romántico ya no es un valor social ni cultural dado que estanca al sujeto en una trascendencia emocional que no es real, sino que está sujeta a las reglas de lo ideal.
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La fantasía romántica nutre a los amantes y los encierra la fantasía que se resiste a lo racional y concreto de lo cotidiano. Es posible entonces que la lucha de las mujeres por la igualdad y el reconocimiento de sus potencialidades como mujeres libres (empoderamiento), rompa con la idea ilusoria del amor, teñida de rosa, con corazones explotando de pasión, volviéndola más real.
*Walter Ghedin, (MN 74.794), es médico psiquiatra y sexólogo
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