Kathy Bates, en los Oscar (REUTERS/Mike Blake)
Kathy Bates, en los Oscar (REUTERS/Mike Blake)

La muchacha ama actuar, pero no solo le gusta sabe que tiene un don especial para eso. Lo descubrió cuando representó sus primeras obras y era una alumna más de un secundario más en Memphis. Lo comprobó cuando se inscribió en Arte Dramático. Lo confirmó cuando sus profesores de la Universidad Metodista del Sur aplaudieron sus trabajos. Esa jovencita tímida hasta el extremo, que apenas participaba y que más que hablar susurraba, en el escenario se convertía en una actriz fascinante que obnubilaba. Se llamaba Kathy Bates.

Desde la adolescencia Kathy Bates supo que actuar era la razón de su vida como también supo que sería complejo que la convocaran para grandes papeles en el cine. Kathy no era ingenua y asumía que no cumplía con los cánones de belleza que reinaban en Hollywood. No poseía ese atractivo rutilante e innegable de actrices como Michelle Pfeiffer, Jessica Lange o Audrey Hepburn, tampoco era dueña de un rostro raramente hermoso como el de Meryl Streep. Para los mandatos de belleza imperantes ella no encajaba. Su altura que no superaba el metro sesenta, su contextura más bien gordita y un rostro armonioso pero de rasgos comunes no ayudaban para entrar en las grandes ligas. Alguno dirá que lo que le sobraba de talento le faltaba de autoestima pero ella –recordando esa época- suele decir que simplemente “no era ingenua”. Decidió ser una gran actriz de teatro antes en vez de una desconocida actriz de cine y en lugar de instalarse en Los Ángeles eligió Nueva York.

En 1970, con 22 años se mudó a la Gran Manzana. Como tantas figuras sin padrino, sus comienzos no fueron fáciles. Alternaba su trabajo en pequeños teatros con el de encargada de pedidos de comida de apurados oficinistas. No le faltaban proyectos, tampoco llegaba una gran oportunidad. A veces deseaba abandonar todo y dedicarse a la cerámica, su otra gran pasión. Sus primeros papeles fueron en Casserole y A Quality of Mercy; los reconocimientos aparecieron con Vanities. En 1971 la llamaron para un pequeño papel en la película Juventud sin esperanza. Su desilusión fue enorme, en los créditos figuró como Bobo Bates. Pasaron siete años y surgió otro papel en la película Libertad condicional con Dustin Hoffman. Fue tan breve que nadie la notó.

Pero en el teatro, Kathy comenzaba a ser prestigiosa que no es lo mismo que ser famosa. Las obras se sucedían y aunque ninguna provocaba un batacazo de taquilla, sí eran cada vez más reconocidas en el mundillo del teatro. Si estaba Bates seguro que la obra no defraudaría.

En 1990, cumplió 42 años, esa edad donde la vida más que dar nuevas oportunidades pasa facturas y llegó a sus manos pequeñas y regordetas el guión para ser Annie Wilkes en Misery. El director Rob Rainer buscaba una actriz para interpretar a una fanática de apariencia inofensiva que secuestra a su novelista preferido y lo tortura para que reescriba su próximo libro.

Kathy Bates en
Kathy Bates en "Misery"

Rainer tenía bien en claro que su protagonista no podía ser una actriz famosa porque ninguna se atrevería a encarnar el personaje de una desquiciada que las dejara identificadas. Tampoco podía ser de belleza impactante porque precisaba verse como una mujer común. Es cierto que sin una cara famosa quizá la película no sería un éxito. Pero el gancho no eran sus protagonistas sino su autor, pasión de lectores, Stephen King.

Rainer y su guionista William Goldman se concentraron en encontrar una actriz de cara desconocida pero con talento reconocido. Debía ser de mediana edad, con aspecto confiable y de buena persona, un rostro agradable pero no para dejar sin aliento. Alguien capaz de ser una inofensiva ama de casa, una apasionada admiradora y terrible psicópata.

Los que veían a Kathy Bates por primera vez dudaban que pudiera lograrlo. Apenas Rainer comenzó a grabar, Kathy enmudeció a todos. Si el lector vio la película puede dar fe. Fue increíble lo que hacía esa actriz de apariencia intrascendente. Una escena quedará para siempre grabada en la historia del cine y merece ser vista en todos los talleres de actuación. Con un martillo rompe los tobillos del escritor encarnado por James Caan. Descarga una fuerza desencajada, pero su rostro transmite una mezcla de amor y locura que lleva –luego del susto inicial- al aplauso de pie.

Bates logró darle a su personaje la dosis adecuada de patetismo, ternura y desquicio. Consiguió que su Annie figure como un de las malas más malas del cine y sin embargo, el espectador no puede menos que sentir pena por ella. Es cierto que James Caan no se queda atrás con su personaje pero la que gana por goleada es su compañera.

Bates, mi villana favorita
Bates, mi villana favorita

Para Bates la película representó su primera nominación al Oscar como mejor actriz. Obviamente lo ganó y eso que competía con Julia Roberts que sacaba “sobresaliente” en cánones de belleza. Otro dato es digno de pasar a los manuales de historia del espectáculo. Lo obtuvo siendo casi una desconocida y a una edad donde a las mujeres se las considera “viejas”. Hasta ese momento de los 88 Oscars entregados a Mejor Actriz, 64 lo habían ganado mujeres menores de 40 años y 29 premiadas eran menores de 30.

El Oscar cambió su carrera. El premio le trajo “Mejor salario, trabajar con mejores personas, mejores proyectos, más exposición, menos privacidad”. Pero vivir un momento de gloria no significa que el mundo sea una gloria.

Entre los que sabían que Bates era una actriz de descomunal talento se encontraba el dramaturgo Terrence Mc Nally. Tres años antes de que Bates recibiera el reconocimiento de la Academia escribió un personaje pensado para ella. Así nació Frankie and Johnny, un drama romántico donde un ex presidiario metido a cocinero se enamora de una camarera escéptica y desconfiada de los hombres. Una historia simple y conmovedora protagonizada por dos personas simples y conmovedoras. En la piel de Frankie, Bates arrasaba con los aplausos cada noche. La historia llegó a los oídos de los productores de Hollywood y se decidió hacer la película. Johnny sería interpretado por Al Pacino. Todos pensaron que la protagonista femenina sería Bates.

Eran las seis de la mañana y estaba desayunando cuando recibió un llamado de su agente. La elegida para el papel escrito para ella y hecho por ella era… Michelle Pfeiffer. Bates tenía dos elecciones: o llorar o reír y eligió reír. Para Hollywood solo las bonitas merecen historias de amor.

Kathy Bates ganó un Oscar como mejor actriz principal por su papel en
Kathy Bates ganó un Oscar como mejor actriz principal por su papel en "Misery"

Amigos y gente que la admiraba le sugirieron que se hiciera algunos retoques estéticos para poder “encajar” más. Pero ella se negó sistemáticamente. "No me gustaría ser una rubia, alta y de pechos grandes porque no podría acceder a personajes tan interesantes como los que hago”, argumentaba "Todo el mundo está limitado por su físico. Es una pena la falta de imaginación que hay a la hora de hacer un casting. Es algo que tiene que cambiar".

Pero Hollywood no cambió como tampoco Bates cambió su pasión por actuar y por hacer papeles impresionantes. Es cierto, nunca encabezó grandes superproducciones y siempre ocupa roles secundarios. Los productores apuestan a lo seguro y ella no es garantía de ganancias millonarias, pero los que aman el séptimo arte saben que Bates es garantía de calidad.

Así James Cameron no dudó en convocarla para Titanic. Solo ella podía ser Margaret ‘Molly’ Brown, la única mujer de corazón noble que en medio de tantos ricachones supo entender el amor de Jack por Rose.

Bates como Molly Brown, en
Bates como Molly Brown, en "Titanic" (1997)

Por eso también ese enorme director que es Clint Eastwood siempre la tuvo en la mira. La convocó para Richard Jewell, su última película. Y si el lector no la vio, le pido que deje esta crónica y vaya corriendo a verla. Quizá la película no sea lo mejor de Eastwood pero hay un momento crucial (y no es spoiler) donde el personaje de Bates defiende a su hijo. La escena no dura más de cinco minutos, pero son cinco minutos de actuación pura. Solo por ese instante vale la pena pagar la entrada. Bates no “hace de” sino que es Barbara “Bobi” Jewell . Todas las emociones y el dolor que puede experimentar una madre están en esa escena. El papel le valió la candidatura como mejor actriz de reparto. No ganó la estatuilla fue porque se la llevó Laura Dern, otra actriz que desborda talento.

Bates no es súper famosa pero es una mujer queridísima en esa fábrica de sueños pero también nido de víboras que puede ser Hollywood. Adam Sandler, Jack Nicholson, Elizabeth Perkins, John Travolta, Meryl Streep, Kate Winslet, Oprah Winfrey y Susan Sarandon son algunos de sus amigos. En los últimos años la vida le puso obstáculos complejos. Un cáncer de ovarios en 2003 que sumó a la incertidumbre del diagnóstico, el espanto. La obligaron a mantenerlo en secreto “para que no pierdas trabajos porque nadie querrá afrontar tu seguro médico”. En septiembre de 2012 anunció que padecía cáncer de seno y fue sometida a una mastectomía doble.

Algunas de las últimas películas donde participó no son gran cosa, pero cuando ella aparece es imposible no dejar el pochoclo y prestar atención. Hace poco recordó lo que experimentó al ver a Jessica Tandy en el rodaje de Tomates verdes fritos: “Llegó vestida con vaqueros y una chaqueta, parecía que tenía 16 años y en realidad tenía 84. En aquel momento pensé: ‘Quiero estar siempre enamorada de mi profesión y no permitiré que nadie destruya ese sentimiento’. Y eso intento”. Viendo lo que hizo con 72 años en Richard Jewell, lo suyo más que una expresión de deseos es una innegable realidad. Buena y larga vida para vos Kathy.

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