Por Lucas Garabento

Es domingo. Son casi las diez de la noche. Todavía hace un calor insoportable -horas después vino la lluvia y se llevó puesta la humedad. Estamos en los estudios Ronda de Telefe, en Martínez. En pocos minutos va a empezar la final de La Voz Argentina, el programa más visto del año.

Afuera del estudio, los participantes que no llegaron a la final charlan entre ellos. Se los ve felices en su derrota. Es ciertamente inspirador, pero la distensión en nuestro país no resulta clima de final. Adentro, la realidad es otra cosa.

Las tribunas están llenas. El escenario también: decenas de técnicos corren de acá para allá armando y desarmando puestas, ensayando movimientos y presentaciones. Solo se escucha la voz de Marley, que desde el centro del estudio dialoga con el director. "No anda ese Teleprompter", advierte. "Les pedimos que si graban algo de esta parte no la publiquen hasta después del show", pide en un momento. Hasta entonces, es la única voz argentina.

Mientras, las fans gritan el nombre de Tini para conseguir un saludo. Un movimiento de manos de la joven cantante en dirección a la tribuna, y todo estalla. Otros pronuncian con insistencia el nombre de Ricardo Montaner. Todos parecen tener su favorito. Es que tal vez, ahí radique el sentido de este tipo de programas: en que cada televidente tenga un participante favorito.

En ese sentido, La Voz llegó anoche a su punto más alto. La final se dirimía entre Amorina Alday (General Conesa), Braulio Assanelli (San Ramón, Uruguay), Lucas Belbruno (Monte Cristo) y Juliana Gallipoliti. Y aunque hoy sabemos que el ganador es Braulio (e incluso cuando todos podían intuirlo), la posibilidad de la sorpresa mantiene con vida el show.

En vivo, la magnitud del certamen no se dimensiona solamente en la calidad de los finalistas, que sin duda fueron de primer nivel, sino también en los movimientos de producción. Uno suele pensar que por la pantalla se transmite la parte más impresionante, pero ahí sentado en las gradas viendo correr de un lado a otro a los productores la sensación es la opuesta.

El verdadero final

Después de que los cuatro finalistas interpreten Un poco loco, de Sergio Denis, comenzó la verdadera recta final. Lucas Belbruno (team Soledad) cantó Seré, de Luciano Pereyra. Axel cantó con Amorina su hit Te voy a amar, y Tini hizo lo propio con Quiero volver junto a su elegida Juliana. En las pausas, los productores cambiaban a toda velocidad la escenografía, quitaban un fondo de globos transparentes con luces de colores y, desde el techo, cinco o seis hombres bajaban con una soga paneles brillantes con mostacillas que servirían de fondo para el tramo final.

La instagramer Cande Molfese se movía por el estudio entrevistando al público. Entre ellos, Sebastián Wainraich y su esposa Dalia Gutmann, que llevaron a sus dos hijos, fans del programa.

— "¿Comparten favorito o hay peleas por ver quién gana?", preguntó Molfese.

—  "Con tantos conflictos que tenemos, para qué agregar uno más", respondió Wainraich.

Presenciar un episodio del reality en el estudio no se parece en nada a verlo por televisión. El tiempo pasa más lento, se registran detalles que las cámaras olvidan u omiten: qué hacen los jurados cuando no son el centro de atención, la osadía de algunos para acercarse a Tini o a Axel e intentar una selfie con ellos, cómo entran y salen participantes y bailarinas, cómo Marley lee lo que aparece en la pantalla delante de él.

Las pausas resultan más cortas que cuando se mira por televisión, quizás porque en lugar de publicidades se puede ver que el show sigue adelante, que hace de todo menos parar. Después de que Amorina interpretara Como la flor, de Selena, y Juliana cantara I Say a Little Prayer de Aretha Franklin, es decir, cuando la mitad de los participantes ya había mostrado lo que tenía para dar, no parecía que La voz estuviera próximo a terminar. Las cámaras se apagaban para dar paso a las publicidades, subían maquilladores y peinadores para corregir el aspecto de los finalistas, un grupo de músicos practicaba una melodía de trompetas en el fondo del estudio. Una vez que Braulio y Lucas hicieron lo suyo, y como si el momento hubiese llegado de sorpresa, Marley anunció que era hora de definir quién sería el ganador del certamen. Sin embargo, el suspenso de la musiquita tensa que se vive desde la casa es una especie de chiste sin efecto en vivo. Si de verdad es raro ver la pantalla en silencio, desde el estudio resulta completamente habitual.

El gran ganador

Nadie se sorprendió cuando Marley anunció que el ganador era Braulio Assanelli (team Montaner): con más de 140 mil seguidores en Instagram, el uruguayo tenía muchas posibilidades de ganar.

"Los cuatro tenían la misma oportunidad de ganar. Lo que pudo haber influido es que nosotros teníamos a Argentina y a Uruguay votando a favor", nos dice Ricardo una vez que todo terminó. "Uno entraba a las redes sociales y veía cómo era la inclinación de la gente. Yo vi desde un comienzo que había mucha empatía con Braulio. Al final, algún rechazo respecto a que no era argentino y que La Voz tenía que ser argentina, pero comprobamos que también puede ganar un extranjero", concluye.

Ahí cerca, Braulio es poco lo que festeja: su ocupación es responder notas y saludar gente acaso desconocida que le busca el abrazo o una selfie. Le preguntamos si está sorprendido, dice que "sí" pero uno nota que no. Le preguntamos por el apoyo de argentina a un uruguayo y dice que es "increíble, pero que no se siente extranjero". Le preguntamos qué va a hacer con el premio, si no será mejor guardar en Uruguay los 500 mil pesos que se ganó. Se ríe, dice que "ya va a ver dónde convendrá guardarlos", y que más allá de eso la prioridad es comprarle una silla especial que necesita el hermano de Mario Vilurón, el mendocino que quedó a las puertas de la fina justamente contra él.

Sonríe mucho, Braulio. Está feliz. A su alrededor, ahora es el bullicio. Las cámaras hace un rato ya que se apagaron. Todo está, por fin, desordenado. Afuera, la tormenta está a pocos minutos de caer. Adentro, solo se escuchan voces respondiendo entrevistas. Es lo que vinimos a buscar: la comprobación de que esas voces existen. El programa más visto del año no fue un invento del autotune.

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