
Aunque extrañamos a las divas, el Bailando necesitaba una renovación y -hay que decirlo- un jurado más económico. No queremos que Marce se quede corto de plata y si haber puesto a Laurita Fernández, Florencia Peña, Marcelo Polino y Ángel De Brito lo ayudó a ahorrar unos mangos, estamos de su lado.
Porque Laurita es fresca, joven, linda, talentosa, y tiene una hermosa particularidad: todas las participantes, las coachs, las amigas de participantes, los familiares de participantes, las amigas de los iluminadores, la maestranza femenina, las maquilladoras y las peinadoras, la odian. No se consiguió un caso similar de una persona que genere unánimemente ese sentimiento tan propicio para el certamen.
Porque Florencia, versátil como pocas en este país, sumó al jurado su experiencia y también polémicas. El caso del poliamor fue una de las revelaciones del año y la actriz sabe capear como pocas las tormentas mediáticas, sin mancharse siquiera. Y además, para Flor fue un remanso estar ahí: por primera vez no tuvo que aprenderse la letra de un personaje para estar en televisión; con solo copiarse de todo lo que dijo Laurita y repetirlo, zafó perfecto.

Porque Polino sabe ser el malvado ideal y, a la vez, querible. Pone el dedo en la llaga justa, revuelve la herida, hace que la sangre chorree con despliegue de show y luego se limpia las manos con un papel tissue que huele a perfume francés. Su colección de sacos y de moñitos son un espectáculo en sí mismo, y darán buenos dividendos a La Casa del Teatro cuando se rematen en el futuro.
Porque De Brito sabe ser el malvado ideal. Y punto. Cumple el rol que mejor ejerce: sacar a relucir las polémicas de cada personaje e introducirlas en la pista para que allí exploten. De baile no sabe, pero Ricardo Fort tampoco entendía, y encima traía sus novias. Las devoluciones arrancan con Ángel como pasaba con Graciela Alfano tiempo atrás, pero lo bueno es que él no se desmaya.
Porque ellos, como siempre se dice y se disfruta en el programa, son funcionales al show. Virtud fundamental y necesaria para que se expongan sin mosquearse a bancarse la que venga, incluso acusarse entre ellos con que no sirven para estar ahí, que ojalá vuelvan las que se fueron, hacerlas volver, que lo hagan mejor, y después sentarse nuevamente ahí, humillados, y agradecer por la oportunidad. Hermoso.
Porque cumplen su rol, generan rebote, hacen devoluciones que mezclan las críticas al baile y el barro, mix ideal de un reality. Y lo mejor de todo, se las ingenian cada noche con singular fruición para sacar lo peor de los participantes hasta hacerlos desangrar con estilo. No cualquiera, señores, tiene semejante talento. ¡Bravo!
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