Recién comenzada la década del setenta, el país se vio conmovido por un caso policial sin precedentes, un adolescente con cara de "ángel", un chico de zona norte de una familia de clase media era el autor de más de una decena de sanguinarios asesinatos. El psicokiller en cuestión se llamaba Carlos Robledo Puch, un nombre que rápidamente se transformó en sinónimo de sadismo y crimen.
Cuarenta y seis años después de ser detenido, llega a la pantalla grande un filme que recrea su raid de sangre, una película de impecable factura que lleva el sello inconfundible de Luis Ortega, un cineasta/autor capaz de dotar una historia tan siniestra como esta de imágenes y secuencias inolvidables.
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Lorenzo Ferro (joven actor debutante) es quien da vida a Carlos, en una performance conmovedora e inquietante. Su rostro de niño "angelado" seduce y aterroriza, trasmite todo tipo de sensaciones a través de sus posturas, silencios y una constante pose desafiante.
Acompañado por Ramón, un correcto Chino Darín (como su cómplice) la dupla de jóvenes delincuentes se moverá en distintas secuencias que nunca caen en la solemnidad del cine testimonial y el acartonamiento del thriller clásico. Por el contrario, cierto tono lisérgico (ahí es donde más se nota la firma de Ortega) apoya una puesta en escena que por momentos genera algunos pasos de comedia.
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La relación entre los dos delincuentes está cargada de tensión sexual, un vínculo pasional destinado a la tragedia. Los atracos, asesinatos, traiciones y obsesiones son retratados en una línea argumental que nos presenta la historia contada desde los ojos de Carlos, una mirada oscuramente naif en donde no existe lo malo, solo la concreción de los deseos, aunque esto implique robar, asesinar o violar.


Y si los jóvenes protagonistas funcionan, el elenco adulto jamás desentona. Cecilia Roth, como la madre incondicional y Luis Gnecco como el padre negador, lucen abatidos ante el mazazo que significa descubrir que tienen por hijo un monstruo. La pareja que componen Mercedes Morán (en un rol que destila erotismo) y sobre todo el enorme Daniel Fanego (un ladrón de la vieja escuela que lucha con sus adicciones) como los padres de Ramón, se roban algunas de las escenas más logradas a nivel interpretativo.
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En los apartados técnicos, no hay puntos bajos, la fotografía de tonos estridentes, la reconstrucción de época impecable (con una dirección de arte que recrea vestuarios y mobiliario correctos) y una banda de sonido autóctona, pop, reconocible, ayudan a redondear una película que nunca decae.
Sin subir a un pedestal al asesino, la película tampoco juzga ni toma posición, simplemente nos sumerge en la mente de un psicópata, tan peligroso como atractivo. La seducción del mal en su máxima expresión.
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