Las luces de Calle Corrientes resplandecían con su brillo habitual en el corazón de Buenos Aires. En ese marco, Los Cuentos de Selva, la apuesta teatral de Selva Pérez, apareció y desapareció del cartel en el Teatro Premier como una estrella fugaz: intensa, imprevisible, voraz en el deseo de dejar huella.
El abrupto final de la obra, con la última función cancelada y rumores sobre bajas ventas, encendió la polémica y puso el foco en la comediante uruguaya. Era el desenlace menos esperado para ese proyecto que, apenas unos meses antes, había sido la materialización de un viejo anhelo. La escena parecía guiada por la ley caprichosa del espectáculo: el éxito y el escarnio, a veces, chocan puerta con puerta.
El sueño había nacido en las entrañas de la televisión. Selva Pérez, entre bromas ácidas y monólogos nocturnos, se abrió paso en Gran Hermano con la íntima fantasía de conquistar el humor porteño. Su salida de la casa fue premiada con una noticia luminosa: una oferta para debutar en la cartelera más emblemática de la ciudad, nada menos que de la mano de Gustavo Yankelevich.
“No lo podía creer”, reveló Selva a sus seguidores, todavía con la voz teñida de esa mezcla feroz entre dulce y nostalgia. “Era lo que soñé toda mi vida”, repetía.
El estreno se celebró en el Teatro Premier. Solo estaba previsto un pequeño ciclo, apenas dos funciones, pero la recepción —al menos en el arranque— permitió alguna repetición más. Para la actriz, el escenario de Corrientes no era solo una sala; era un territorio sagrado, una especie de Olimpo cotidiano donde las carcajadas rescataban los días malos y los aplausos desgarraban la rutina. La uruguaya, acostumbrada a remar a contracorriente, sintió por primera vez que el vértigo y el triunfo podían bailar juntos.
Pero la temporada no tardó en enredarse en rumores y silencios. Fue Nahuel Saa —popularmente conocido como La Criti— quien encendió el fuego de la especulación en sus redes. “Intentaron salvar la situación pidiéndole a sus excompañeros que vayan y que anuncien su visita al espectáculo, pero ninguno quiso”, publicó. De inmediato, las redes sociales se llenaron de versiones y reproches. Las preguntas se acumularon entre los seguidores, los portales y quienes alguna vez la vieron sobre ese tablado de luces azules: ¿Por qué se suspendió la última función? ¿Fue realmente un problema de entradas? ¿La comediante quedó sola, expuesta al cuchillo blando de la opinión pública?
La respuesta llegó en forma de video, directo desde la sala de su casa. Selva miraba a la cámara y acariciaba cada palabra como si fuera creando un escudo contra la tempestad mediática.
“¿Cómo están mis sagrados seguidores? Bueno, yo en mi casita, por suerte. Esta noche cenamos en familia”, comenzó, envolviendo el relato en una atmósfera doméstica que desarmaba cualquier especulación.
“Ay, ¡qué quilombito se armó en las redes, por favor, por la última función de teatro mía! ¿Y qué les puedo decir? Estoy feliz, feliz, feliz. Pude cumplir mi sueño de debutar en calle Corrientes”, aseguró, con esa cadencia de quien habita la alegría como un escudo.
Reconstruir la escena fue sencillo. Mientras los rumores crecían, ella ofrecía otra narrativa: había logrado más funciones de las previstas, y la cancelación fue por “distintos motivos que no vienen al caso”. Ante la marea de versiones maliciosas, optó por el gesto de la resistencia: “Siempre tiran cosas en las redes. Vamos a tener gente malintencionada esperando que nos equivoquemos. Pero yo me quedo con esto: en la vida uno tiene que sacar cosas buenas”.
No hubo espacio para el agravio; tampoco, para el ocultamiento de la herida. La comediante habló de amor por el teatro, de proyectos más allá del ciclo, de una felicidad que no dependía de la venta de entradas ni de la aprobación de extraños.
“He cumplido mi gran sueño y sigo por eso. Sigamos soñando. Los amo, los amo, los quiero. Cumplo 52 años en un ratito. Mis hijos, un amor, me compraron torta y todo para celebrar. Dicen que hay que festejar a la noche a las 12. Bueno, los amo con locura”, concluyó, virando su mensaje hacia la celebración.
Las palabras no pretendieron acallar el ruido, sino sobreponerse a él, al construir un relato donde el fracaso no era tal, sino apenas un cambio de decorado. El teatro, ese territorio donde todo se reinventa, le regaló lo suficiente: luces sobre Corrientes, una risa compartida, el eco breve de una ovación.
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