Durante la última noche de transmisión de las Audiciones a Ciegas en La Voz Argentina 2025, se pudo conocer una de las historias más singulares de la edición. Con una voz serena, Lucila Garombo interpretó “Entra a mi hogar”, la canción popularizada por Los Manseros Santiagueños, y logró conseguir el interés de Soledad Pastorutti, que giró su silla y la sumó a su equipo.
Después de su actuación, llegó la verdadera revelación: “Fui monja durante seis años”, dijo ante la sorpresa de todos. “Yo también fui monja. Falsa monja”, acotó Lali Espósito, divertida en alusión a su protagónico en la telenovela Esperanza Mía. Lucila tiene 31 años, nació en Alejandro Roca, una pequeña localidad del sur de Córdoba, y durante gran parte de su juventud llevó adelante una vida completamente distinta a la que hoy la expone en la televisión. Su historia conecta el arte, la espiritualidad y la música, con una biografía atravesada por decisiones, los cambios y una fe que persiste, incluso ahora, cuando vuelve a pisar escenarios.
Aunque su irrupción televisiva fue reciente, Lucila ya era conocida en su comunidad religiosa y en ciertos círculos musicales vinculados al catolicismo. Hace algunos años, grabó un disco titulado “Desde el alma”, compuesto por doce canciones propias, con el objetivo de reunir fondos para su congregación. Lo presentó en vivo en el Opus Teatro de Río Cuarto en diciembre de 2017, ante un público que pudo conocerla más allá de las paredes del convento.

Ingresó al Monasterio de la Visitación de Santa María, en la ciudad de Río Cuarto, cuando tenía apenas 23 años. Allí vivió durante seis años como monja de clausura, en un régimen contemplativo que incluía largos momentos de oración, silencio y tareas comunitarias. “No era de vida activa como Lali, que tenía un colegio”, dijo con humor cuando la actriz y coach de la competencia hizo referencia a la ficción de Eltrece. “Estabas más encerrada, más rezando”, comprendió La Sole.
Su camino vocacional comenzó mucho antes. Criada en una familia católica practicante, Lucila recibió desde pequeña una formación religiosa. Sin embargo, su adolescencia estuvo marcada por inquietudes más mundanas: practicaba hockey —era arquera—, le apasionaba el fútbol, y soñaba con ser actriz. Terminada la secundaria, se mudó a Buenos Aires para estudiar Licenciatura en Actuación en la Universidad de Buenos Aires. Pero su vida dio un giro inesperado tras participar de una Pascua Joven, donde una charla de una religiosa encendió en ella un llamado que sentía latente desde la infancia.
“Creo que la vocación la tuve siempre, faltaba descubrirla”, explicó en diálogo con el diario La Voz del Interior en 2017 antes de dejar los hábitos. “En medio de eso, me di cuenta que quería volver a Él. Preguntándome qué quería, no aguantaba la universidad, ni la gente ni nada. Solo quería estar con Dios”, relató después a Cadena 3. Poco después, decidió abandonar sus estudios y entrar en el convento.

Durante su permanencia en el monasterio, Lucila no dejó de lado su pasión por la música. Aprendió a tocar la guitarra a los cinco años y compuso más de 31 canciones, muchas de ellas inspiradas en su espiritualidad. Incluso versionó temas populares con letras religiosas. Una de las más llamativas fue su adaptación de “Felices los cuatro”, de Maluma, convertida en una canción sobre la redención y el cuidado del alma. “La música es la manera que tengo de misionar. Me gustaría que la gente escuche al Señor en mis canciones”, decía por entonces .
También utilizó el arte dramático dentro del convento. Las hermanas del monasterio realizaban obras teatrales para fechas litúrgicas y Lucila, con su experiencia actoral, se sumaba a los montajes. “La vocación de actriz tampoco la perdí”, contó. Pese a su carácter extrovertido, se adaptó a una vida de silencio y disciplina, aunque con el tiempo empezó a notar que algo no encajaba del todo. “No me estaba encontrando plena. No fue una decisión fácil de tomar. Salí con lo mejor, con mi fe intacta”, dijo en la televisión al hablar de su salida del convento.
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