
En el escenario de la década de los 1990, bajo los focos indiscretos y la bruma de las fiestas interminables, Carlos Saúl Menem mantuvo intacta la habilidad de transformar la política en un espectáculo de pasarela. El estruendo del estreno de la serie Menem en Prime Video reavivó un fenómeno adormecido: la curiosidad por el círculo femenino que gravitó en torno al mandatario, ese selecto universo que acompañó los días y noches del líder riojano y que se confundió una y otra vez con los personajes del relato nacional.
Los secretos, las cenas legendarias en la Quinta de Olivos, y las mujeres que desafiarían el lugar reservado por el protocolo presidencial, regresaron al centro de la conversación pública.
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“¿Por qué no puedo ser amigo de los actores, de las actrices? No tiene nada de malo", dice el Carlos Menem interpretado por Leo Sbaraglia en la ficción. Todavía es gobernador, y justifica su encuentro con la vedette ficticia Sandra Silvestre, luego de que ella, en plena obra, se sentara en su falda y los flashes retrataran la escena. Las coincidencias entre lo que realmente pasó y las licencias poéticas de la obra se vuelven difusas en el relato, mientras que los nombres de actrices y vedette de la época sobrevuelan la memoria colectiva.

Un episodio similar sirvió de origen a muchos de los rumores y mitos subsiguientes. La delgada línea entre la realidad y el artificio se vuelve casi imperceptible, y es entonces cuando los relatos cobran vida propia.
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Zulema Yoma fue la primera dama de los inicios. Casados en 1966, la historia conjunta había comenzado dos años antes y, tras pasar por el rito musulmán y el católico, nacieron Carlitos y Zulemita. Pero al arribar Menem a la presidencia, en 1989, su vida privada ya exhibía fisuras notorias. Para entonces, también era padre de Carlitos Nair, nacido en 1981, fruto de una relación extramatrimonial con Martha Meza. El secreto fue, durante años una verdad a medias, cuidadosamente ocultada bajo el pálido manto de la familia tradicional en las revistas.
Por aquellos años, el divorcio era un tabú para cualquier político con aspiración presidencial. De hecho, Carlitos Nair no llevó el apellido Menem hasta 2006, cuando la Justicia lo concedió. La fotografía oficial, omnipresente en los magazines de la época, era la de la familia nuclear: Carlos Saúl, Zulema, Carlitos y Zulemita, miradas ensayadas y manual de gestos irreprochables. Todo eso terminó abruptamente por decreto: Menem despidió a su esposa de la residencia de Olivos y, en 1991, oficializó el divorcio ante la ley.
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Fue entonces cuando el filón mediático se trasladó al universo de las celebrities. Moria Casán, imperturbable anfitriona, organizaba cenas en las que Menem alternaba con la farándula; allí conocía a artistas, modelos, y vedettes. Los rumores circulaban como corrientes subterráneas y la serie se encarga de reflejar estos amoríos ocasionales en la quinta de Olivos. Muy pocas reconocieron tener algún vínculo sentimental con el presidente, y quienes hablaron, lo hicieron bajo el escudo de la ambigüedad y la alabanza velada.
Una rareza en ese mundo de secretismos fue Graciela Alfano. Su relato no esquiva la anécdota: “Nos conocimos cuando él todavía era gobernador, en un evento en Las Acacias, el campo de Enrique Capozzolo”, recordó, mencionando a su entonces marido. La relación, asegura, solo duró siete meses, pero estuvo marcada por el deseo de autonomía.
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“Presidente sos hace dos minutos; Graciela Alfano soy hace veinte años. Vamos a ir donde yo quiera”, le soltó cuando el riojano le pidió que lo acompañara a Olivos, cortando de raíz cualquier intento de encierro dorado.
En una entrevista con Luis Novaresio, destacó sus propios motivos para evadirlo: “Yo estaba casada con un funcionario de él, uno de los hombres más ricos de la Argentina. Tenía una familia, ¿por qué iba a dejar todo eso?“, se preguntó con argumentos de sobra.
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De Menem, sin embargo, Alfano rescató la imagen romántica: “Lo que me divertía de él era su patilla, esa cosa de caudillo. Me enamoré de una fantasía y, después, como todo, se pincha. Él dice que se enamoró de mí, pero todos los hombres dicen que se enamoran, no podemos creer todo, aunque soy enamorable”, sentenció de manera enigmática. Y prefirió no alimentar la leyenda cuando le preguntaron por otras mujeres. “Con el tiempo queda solo el relato. Si ellas dicen que no estuvieron, hay que creerles”.

Alejandra Pradón también se reflejó en ese espejo. Eludió etiquetas y prefirió el resplandor del instante: “Yo era muy jovencita y me divertía”, admitió. “Lo pasaba re bien, él era muy atento. Tenía una biblioteca divina y un baño con hidromasaje”, agregó, como quien protagoniza un cuento de hadas.
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El conductor Lucho Avilés, amigo personal del entonces presidente y testigo de la época, operaba desde la complicidad: “Cuidame a la nena”, bromeaba cada vez que intuía un encuentro entre ambos. Consultada sobre el trasfondo de la relación, Pradón la resumió en una palabra: “Diversión”, respondió sin rodeos, enterrando toda pretensión de melodrama político.

En el archivo de los rumores, una fotografía de 1987 marcaría el inicio de otro capítulo. En La Rioja, durante una gira, Yuyito González bajó del escenario y se sentó en las rodillas del entonces gobernador. El clic de la cámara bastó para propagar el escándalo y agitar la ira de Zulema Yoma. Una escena recreada fielmente en la serie con el detalle previsor del cambio de nombre. No es Yuyito González sino Sandra Silvestre.
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Décadas más tarde, la propia Amalia minimizó el episodio: “El productor me dijo que me sentara con el gobernador. Le pedí permiso y me contestó: ‘Podés quedarte todo el día’. Eso murió ahí”. El éxito de la serie reactivó los rumores, y motivó una nueva revisión del pasado. “Fue hace tantos años esa etapa... a mí me cuesta ir para atrás. Nos presentan gente en común, yo recién estaba separándome de Coppola con mi nena chiquita, pero nunca empezó ninguna relación”, expresó la conductora.

En los últimos acordes del siglo XX, Menem no solo intentaba prolongar su influencia política, también se aventuraba hacia un nuevo capítulo sentimental que cruzaría fronteras y cámaras de televisión. Corría el año 1999 cuando conoció a Cecilia Bolocco, la ex Miss Universo chilena, quien viajó a Buenos Aires para entrevistarlo para su programa, La Noche de Cecilia. Fue en ese encuentro televisivo —mitad protocolo, mitad conversación íntima— donde ambos descubrieron una sintonía inesperada. Menem había concluido su segundo mandato presidencial, soñando aún con un regreso, y ella llegaba deslumbrada por la seducción de ese hombre.
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El idilio no tardó en formalizarse. En 2001, Carlos y Cecilia sellaron su unión en el registro civil, mientras el país seguía con el asombro propio de las historias mediáticas de la época. Pero la luna de miel planeada para Río de Janeiro quedó suspendida antes de empezar. Pocos días después de la boda, Menem debió cumplir cinco meses de arresto domiciliario, en una causa por la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia. El poder y el glamour quedaron relegados por la sombra de los expedientes judiciales, y la emblemática banda presidencial desapareció de sus hombros para no regresar jamás.
El matrimonio Menem-Bolocco trascendió la coyuntura y sobrevivió durante una década. En ese tiempo, la pareja fue noticia constante mientras se transformaban en padres de Máximo, consolidando un lazo mediático que saltaba de las portadas de la Argentina a las revistas del espectáculo chileno. Sin embargo, el destino escrito para ambos tenía fecha de caducidad: en 2011, la separación se hizo oficial y la discreción cubrió —esta vez— la intimidad del expresidente.

A partir de entonces, la vida sentimental de Menem dejó de alimentar los rumores y el escándalo. Con los años, restableció una relación cordial con Zulema Yoma, quien permaneció cerca en los episodios de hospitalizaciones y fragilidad. La prensa especuló, de nuevo, sobre una posible boda tardía, pero el rumor nunca alcanzó la realidad. Lo cierto es que el Turco, el seductor inagotable según las memorias de todas las mujeres de su trayectoria, se aferró a la soledad en los últimos años.
Como en un epílogo sin luces, Menem no regresó jamás a los altares del poder ni al brillo de un romance público. Solo quedaron las anécdotas, la persistencia de su leyenda, y la imagen de aquel hombre que supo fascinar —y desestabilizar— a mujeres tan distintas y tiempos tan distantes.
“Con el tiempo, lo que queda es el relato”, recalcó Alfano. Y en los relatos, la verdad y la invención bailan entre los mármoles de la Quinta, bajo la mirada insomne de periodistas, actrices y enemigos. La serie puede sugerir finales y romances, pero el enigma central se mantiene intacto: ¿cuánto del mito desea la memoria, y cuánto deja escapar la historia de lo realmente vivido?
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