
Una niña de apenas nueve años, con el fulgor de los sueños inocentes, debutaba en la novela La selva es mujer, al lado de figuras como Leonor Manso y Víctor Hugo Vieyra. Esa niña era Alejandra Darín, quien ya conocía las bambalinas y los ecos de los aplausos desde los cuatro años, cuando acompañaba a su madre, la célebre actriz Reneé Roxana, al teatro.
En las últimas horas, el mundo del espectáculo argentino se vistió de luto. La muerte de Alejandra, a los 62 años, dejó un vacío inmenso en el teatro, el cine y la televisión, pero también en el corazón de una comunidad artística que la reconoció como una de sus figuras más queridas y comprometidas. Presidenta de la Asociación Argentina de Actores y Actrices desde 2011, se destacó por su defensa apasionada de los derechos del colectivo artístico y por una trayectoria profesional que abarcó más de medio siglo.
La noticia de su fallecimiento fue anunciada por la asociación que presidía: “Despedimos con profundo pesar a nuestra querida Alejandra Darín, una mujer con una profunda sensibilidad social y una incansable defensora de los derechos de los actores y actrices. Acompañamos a sus hijos, Antonia y Fausto, a su hermano Ricardo, familiares y seres queridos en este momento tan doloroso”.

La vida de Alejandra Darín estuvo marcada por el arte desde su nacimiento. Su madre, la actriz Reneé Roxana, y su abuelo, Andrés Darín, empresario teatral, sembraron las primeras semillas de una vocación que ella describiría como inevitable. “A los cuatro años ya estaba en el teatro, acompañando a mi mamá cuando hacía Hello, Dolly! con Libertad Lamarque. Me fascinaban las luces, los ensayos, los aplausos. Todo empezó como un juego, pero ese juego nunca terminó”, reveló en su última entrevista, en Página 12.
De su debut profesional a los nueve años, en la telenovela La selva es mujer, destacó: “Tuve la suerte de crecer en un ambiente donde el arte no era un trabajo, sino una forma de vida. Trabajar de niña en televisión me hizo entender lo que significa el esfuerzo, pero también el placer de contar historias”.
Con los años, Alejandra construyó una carrera versátil, dejando su huella en los principales escenarios y pantallas del país. En televisión, fue parte de producciones memorables como La extraña dama, Amo y señor, Una voz en el teléfono y Rincón de luz. En el cine, protagonizó películas como Ni Dios, ni patrón, ni marido y Un minuto de silencio.

Sin embargo, las tablas, con ese entrañable cara a cara con el público, fueron su verdadera pasión. “El teatro me enseña cosas que ningún otro medio puede. Allí no hay segundas tomas ni atajos. Es el lugar donde los personajes llegan para marcarte y transformarte”, afirmaba con convicción. Entre las obras que más impactaron su vida destacaba Esquirlas, escrita por Mario Diament, a quien reconocía como uno de los responsables de la “bisagra” en su desarrollo artístico.
“Siempre digo que los personajes llegan para enseñarte algo. En el teatro, sentí que mi alma se expandía. Obras como Un informe sobre la banalidad del amor, Tierra del Fuego y Condolencias me transformaron no solo como actriz, sino como persona”, señaló para demostrarlo.
Ser parte de la familia Darín fue tanto un privilegio como un desafío. Alejandra siempre habló con orgullo de su hermano Ricardo, uno de los más importantes del espectáculo argentino, pero dejó en claro que cada uno había forjado su propio camino. En 2002, los hermanos compartieron pantalla en Samy y yo, una experiencia que reforzó su vínculo artístico y personal.

“¿Qué puedo decir de mi hermana Alejandra?”, expresó Ricardo en un mensaje sorpresa al recordar su carrera en el ciclo Vivo para vos (Canal 9). “Todo sería redundante. Que la adoro, que la respeto, que la admiro. Es una de las personas más sensibles e inteligentes que conocí. Nos criamos juntos, nos protegimos juntos”, detalló.
Además de actriz, Alejandra fue madre de dos hijos, Antonia y Fausto Bengoechea, fruto de su relación con el también actor, Alex Benn. Y como no podía ser de otra manera, siguieron los pasos familiares en el arte. “Mi mamá es una fuente de inspiración. Hablar con ella siempre me deja algo nuevo, algo que me agranda el alma y el pensamiento”, expresó la joven en una reciente entrevista con Teleshow.
Fausto, por su parte, destacó cómo su madre los educó con valores sólidos: “Ella nos enseñó a ser nosotros mismos. Siempre nos apoyó para que persiguiéramos nuestros sueños, sin importar de dónde veníamos o el apellido que lleváramos”.

Como presidenta de la Asociación Argentina de Actores y Actrices, Alejandra lideró luchas gremiales que mejoraron las condiciones de trabajo de miles de artistas. “El gremio perdió a una líder, pero también a una amiga”, dijeron desde la institución al despedirla.
La partida de Alejandra Darín deja una ausencia que será difícil de llenar. Su sensibilidad, su compromiso y su talento dejaron una marca indeleble en el espectáculo argentino. Pero su legado, tanto en el arte como en la lucha gremial, perdurará en el recuerdo de quienes tuvieron la suerte de conocerla y en el corazón de todos los que aplaudieron su obra.
Alejandra Darín vivió el arte como una misión y el escenario como su hogar. Hoy, aunque las luces se apaguen, su voz y la historia de esa niña que comenzó su largo recorrido a los 9 años, seguirán resonando.
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