
De Amy Winehouse se ha escrito mucho. Se escribió de su vida, de su muerte, de la maldición de los 27 años. Se escribió de su increíble voz de mujer blanca que cantaba como mujer negra. Se escribió de sus oscuridades, de sus adicciones, de sus dramáticos últimos días y de su errático último concierto. Se escribió de su novio destructivo y del día que Prince trató de salvarla. Se escribió de su herencia y de su legado. Se escribió mucho, se escribirá más. De lo que no se escribió tanto fue de su relación con Dionne Bromfield, una adolescente que se convirtió en su consejera y sostén emocional.

Se sabe que el 18 de junio de 2011 Amy dio un concierto en Belgrado. Su presentación fue tan desastrosa que terminó abucheada por sus seguidores. Fue su último show, pero no su última actuación. Días después, la noche del 20 de julio, llegó hasta el Roundhouse de Londres, un antiguo depósito de trenes reconvertido en lugar de presentación de bandas y artistas emergentes. La diva indiscutida del soul, que en el 2008 ganó cinco Grammy pero que no asistió a la premiación porque la embajada estadunidense en Londres rechazó entregarle la visa, luego de la difusión de un video en el que aparecía fumando crack. La artista que dominaba el jazz, rhythm and blues, soul y ska, y que convertía sus sentimientos más desgarradores en canciones, ese día subió al escenario para cantar con Dionne Bromfield, una adolescente de 15 años.
La conocía desde que Bromfield tenía cinco años, era su ahijada y protegida musical. En esa actuación -que la cantante no sabe será la última- la acompaña como corista junto con el resto de la banda. Su performance todavía conmueve. Se las ve cómplices, divertidas, ¿felices? Amy, vestida con un jean, una remera negra, mascando chicle, entona con su protegida “Mamma Said”. Dionne parece mayor de lo que es; la cantante parece más débil de lo que es. Pero cantan, y cuando cantan, se callan los dioses.
Amy entró en la vida de Dionne gracias a su mamá, Julie Dinn, que trabajaba en la industria musical. “Mi madre era mayor que ella, pero creo que a Amy le gustaba el hecho de que era una mujer fuerte”, contaría la hija. Con genes británicos y jamaiquinos, la nena mostraba una voz única que el oído entrenado de la Winehouse pronto detectó.
Cuando Bromfield cumplió diez años Winehouse comenzó a decirle que debía empezar a cantar en público, pero la nena era muy tímida y se limitaba a sonreír. Solo cantaba en su cuarto o ante su madrina. Amy siguió insistiendo y recibiendo un no como respuesta. En 2009 logró convencerla con un argumento imbatible: creó Leoness Records, su propio sello discográfico con el único propósito de promover a su ahijada. Ese mismo año lanzaron Presentando a Dionne Bromfield. Amy lo editó, hizo coros en varias canciones y la ayudó en la promoción. “La primera vez que la oí cantar, no podía creer lo que estaba escuchando. Ella es mucho mejor de lo que yo era a su edad”, la alabó en The Sun.
La relación entre ellas era especial, única y atípica. Le gustaba hacerle bromas, como ese día que la llamó a su oficina y se escondió para asustarla, o esa otra vez que la trató como una destratadora empresaria de la industria y no una madrina copada. Cuando Dionne la miró más asombrada que asustada, Amy se largó a reír. Solían compartir anécdotas de la escuela de Sylvia Young especializada en artes escénicas y donde ambas habían estudiado. Uno de los momentos favoritos era cuando Amy preparaba albóndigas. “Le encantaba cocinar. Si podía lograr que terminara lo que estaba cocinando, porque mantenerla en un solo lugar era bastante difícil, entonces, Dios mío, todo tenía un sabor increíble. Agregaba dos condimentos de más y decías: ‘Oh, está bien, esto no es muy bueno…’”.
Si la madrina le enseñaba canciones elegía las de la vieja escuela, y le daba tareas: “‘Escucha esta canción. Y la próxima vez que te vea, quiero que me digas tres cosas que hayas aprendido al escucharla, ya sea la letra, la melodía o algo sobre los artistas’”. La animaba a tomar clases de guitarra y escritura y organizaban shows hogareños, donde luego de peinarse y maquillarse, entonaban “Tears dry on their own”, “Mr. Magic” y “Half time”, las canciones favoritas de la madrina.
Amy llamaba “hermana mayor” a quien en realidad era 12 años menor. “Eso era muy tonto, ya que ella casi me doblaba en edad. Pero ella decía que era porque yo le daba más consejos que los que ella me daba a mí. Entonces ella era la hermana menor y no yo”, recordaría Dionne. Su complicidad era única: la comprobaron esa noche mágica donde ambas pasearon por el centro de Londres charlando sin parar y sin que nadie las reconociese.
Acompañada por su madrina, Dionne fue venciendo su timidez. Comenzó a actuar en distintos lugares y a ser conocida cada vez más por su talento y no por ser “la ahijada de...”. Sorprendía con esa voz ajena a las similares y a veces empalagosas de fenómenos adolescentes como Selena Gómez o Miley Cyrus, y más cercana al registro de su madrina. En las entrevistas, no podía escapar a las consultas sobre Amy. Le preguntaban si además de imitarla en su carrera también la imitaría en su vida. Con una sabiduría innata o quizás solo con sentido común para responder a preguntas sin sentido común, Dionne replicaba: “¿De verdad creen que voy a emborracharme con 13 años? No soy estúpida, no haré ese tipo de cosas. Mis pies están sobre la tierra y sé que eso es algo que no se hace”.
Bromfield avanzaba en su carrera y Winehouse jamás dejó de apoyarla. No era el hada madrina de los cuentos pero sí una madrina mucho mejor: una comprometida y presente. La envió a clases de perfeccionamiento vocal en Los Ángeles, le pidió y pagó a los músicos de su banda para que la acompañaran en sus shows, y la aconsejó en el manejo de sus presentaciones. “Dionne es un gran talento. Su voz es tan madura que cuesta creer que es la pequeña niña que acompaña a ‘Tía Amy’”, respondía sobre las razones de su compromiso.
Si para algunos Winehouse era la cantante del talento inmenso y la vida rota, no era así como la percibía su ahijada: “La Amy que yo veía era una persona hermosa, adorable y cariñosa”. Jamás la encontró alcoholizada pero sabía de sus adicciones, se preocupaba por su salud y sus desbordes, y se lo decía tanto que cuando entró a rehabilitación, le aseguró: “Estoy haciendo esto por vos y tu carrera”.

La recuperación de Winehouse no se logró. “Lo que Amy hace con su vida es lo que Amy hace con su vida, no me puedo sentar y decirle: ‘Hacé esto y no hagas lo otro’. Ella se está poniendo mejor”, le respondió a un periodista que le preguntó por el estado de la cantante. Después de los abucheos en Belgrado, otra vez la buscaron para opinar como si fuera un especialista, una hermana mayor y no solo una adolescente agobiada al ver cómo esa persona que amaba se autodestruía. “Me siento triste al ver esto, ¿y cómo se siente ella? Amy es Amy y nadie le dice qué hacer. Solo ella puede decidir”.
La noche del 20 de julio, después de la presentación, ahijada y madrina conversaron en un camarín. La ahijada le dijo a su madrina o hermana mayor que la quería y le agradecía todo lo que la había ayudado y acompañado. La madrina o hermana menor le respondió a su ahijada: “Estoy orgullosa de ti”.
Tres días después, Dionne se presentó con su banda en Gales. Al terminar de tocar nadie la miraba a los ojos. Alguien se acercó y le dijo: “Murió Amy”. El dolor se transformó en silencio. Desde ese momento y por casi una década no cantó, no lloró, no recordó, no sintió; simplemente existió. Presentó dos álbumes, condujo una temporada del programa Friday Download, no volvió a escuchar una canción de Amy, se alejó de la música que para ella era alejarse de todo.
En 2021 logró transformar su dolor en recuerdo: presentó un documental de ese vínculo único que vivió, Amy Winehouse & Me: Dionne´s Story. Lo calificó como “un viaje terapeútico”, pero elegimos pensar que, como alguna vez dijo Amy, “algunas personas llegan a nuestras vidas, dejan huellas en nuestros corazones y cuando se van ya no somos los mismos”.

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