El castigo por una travesura de niño lo hizo actor, superó la pobreza y el racismo, y recién en la vejez cumplió su gran sueño: la vida de Morgan Freeman

Solo en lo que va del siglo participó en 60 películas. Con su imagen de hombre bondadoso y sabio, consiguió papeles inolvidables. Rompió barreras al interpretar personajes que no eran pensados para actores negros. Hoy, con 83 años, se mantiene activo y feliz de seguir escuchando un elogio que se repite: “Me gustan todas sus películas”

“Le gusto mucho a la gente y eso me ayuda a tener perspectiva sobre mis pasos, es fantástico”. EPA/ETIENNE LAURENT/Archivo
“Le gusto mucho a la gente y eso me ayuda a tener perspectiva sobre mis pasos, es fantástico”. EPA/ETIENNE LAURENT/Archivo

A los nueve años, Morgan Freeman tenía dos certezas: no le gustaba la Navidad y le gustaba una compañera de escuela. Detestaba la Navidad porque no existían motivos para festejar. En su casa no sobraba amor ni plata. “Sí -pensaba Morgan-, la Nochebuena sin regalos y poco para comer es horrible”. Pero su compañera, no.

Entonces, no podía mejorar el espíritu navideño, pero sí atraer la atención de la niña. Lástima que el plan que ideó no fue el mejor: su compañera estaba por sentarse y le sacó la silla. Golpazo para la pequeña y castigo para el Romeo frustrado. Ni quedarse sin recreo ni escribir cien veces “no debo”: a alguien se le ocurrió hacerlo actuar delante de sus compañeros. Lo que parecía castigo devino en premio, en el escenario descubrió que su compañera le gustaba, pero jugar a ser otro le gustaba mucho más. Se apasionó por la actuación, tanto que en 1949, con 12 años, ganó un concurso como mejor actor de Mississippi.

Fue para esa época que la familia decidió mudarse a Chicago con la esperanza de pasarla mal y no peor como en Mississippi. La madre de Morgan era maestra y su padre, peluquero, padecía una seria adicción al alcohol: la violencia era cotidiana. Además eran una familia negra que vivía en una nación que no les permitía votar, compartir baños, escuelas, trabajos y mucho menos derechos civiles. En la ciudad sureña todo estaba exacerbado, los chicos crecían bajo el lema “los blancos son malos porque odian a los negros y los negros son malos porque son inútiles”. A diario con las noticias del clima, los vecinos escuchaban que el Ku Klux Klan había quemado una casa o había molido a golpes a alguien “por portación de color”.

En Chicago, si bien la situación era más tranquila, la segregación existía. Hasta que en 1955 Rosa Parks decidió que no cedería su asiento a otra persona por el solo hecho de que ella era negra y la otra blanca. Miles de personas negras, entre ellas Morgan, decidieron que se sentarían donde querían y no donde les decían. La presión fue tal que la Corte Suprema abolió la separación por razas. “Nuestro mundo se puso patas arriba. De un día para otros podíamos beber en las mismas fuentes que los blancos, ir a los mismos restaurantes y usar los mismos baños”.

Rosa Parks sentada en uno de los colectivos. Las leyes de segregación racial podían obligar a un afroamericano a tener que ceder su asiento a cualquier hombre blanco. (AP Photo/Daily Advertiser)
Rosa Parks sentada en uno de los colectivos. Las leyes de segregación racial podían obligar a un afroamericano a tener que ceder su asiento a cualquier hombre blanco. (AP Photo/Daily Advertiser)

Al terminar el secundario, Freeman anhelaba ser actor o piloto de aviones. El gran mundo cambiaba pero el pequeño no, sus dos problemas -en la mirada de los demás- persistían: color de piel y bolsillos vacíos. Las películas que veía casi todos los días -vendiendo botellas vacías para pagar la entrada- le confirmaban que en el Hollywood de los 50 las estrellas eran blancas excepto Sidney Poitier. Ser actor parecía imposible y ser piloto también. Hasta 1925 un informe de la Escuela de Guerra del Ejército aseguraba que los afroamericanos negros de los EEUU estaban cualificados físicamente, pero que mental y moralmente eran inferiores, por lo que solo eran aceptados como cocineros, albañiles o empleados de limpieza.

Pero durante la Segunda Guerra Mundial, el escuadrón Tuskgee -conformado por pilotos negros- demostró su valentía y aunque no abrió un camino, al menos logró un senderito. Como muchos jóvenes negros y pobres de su época, Morgan se inscribió en la Fuerza Aérea; si no podría ser piloto al menos podría estar cerca de los aviones. Le dieron un trabajo de mecánico: no era lo que quería pero al menos no era la cocina.

Estuvo cuatro años, ahorró algo de dinero y decidió volver a su primer amor: la actuación. Se mudó a Hollywood, la plata alcanzó para un departamento en las afueras. “No tenía coche, tampoco había colectivos, así que no conseguí trabajo. Me inscribí en el sindicato negro de actores, no me sirvió para nada. Al poco tiempo me quedé sin dinero. Pasé hambre”.

Dispuesto a no rendirse, encontró trabajo como cartero. Ese empleo le permitió comprar un auto y sobre todo conocer personas que lo contactaron con escuelas de actuación que -pequeño detalle- admitían personas negras.

La oportunidad no llegaba y decidió buscarla en Nueva York. Consiguió un empleo lavando autos, trabajo digno pero muy lejano a sus sueños: “Fue una pérdida de tiempo así que volví a San Francisco y me metí en el teatro amateur”. Como la autopista de la suerte seguía cerrada, avanzó por la cuesta del trabajo. En el teatro le dieron tareas de mantenimiento, limpieza, y a veces lo dejaban actuar. En una de esas raras ocasiones le pidieron que interpretara a un aborigen que salía ondeando la bandera. Se negó, lo echaron.

“Yo no soy de los que exigen una serie de cambios en sus personajes, a veces añado mis notas, pero otras está todo tan claro que no tienes que preocuparte de nada. Esa solemnidad me sale de forma natural, nunca he intentado desarrollarla o trabajar en ella”
“Yo no soy de los que exigen una serie de cambios en sus personajes, a veces añado mis notas, pero otras está todo tan claro que no tienes que preocuparte de nada. Esa solemnidad me sale de forma natural, nunca he intentado desarrollarla o trabajar en ella”

El gran mundo seguía cambiando. En un país en el que los blancos votaban desde 1789, en 1964 los ciudadanos negros votaron por primera vez. Faltarían 20 años más para que llegaran a estrellas de cine.

Dos años después, Morgan tenía un empleo temporal en una agencia de viajes. Harto de intentar un trabajo estable como actor, le pidió a su jefa ser empleado permanente, pero ella se negó. “Pensé que era por mi color de piel, pero en realidad temía que renunciara apenas consiguiera un buen papel. Si ella hubiese aceptado probablemente hoy seguiría siendo agente de viajes”.

A comienzos de los 70 el gran mundo seguía cambiando y el pequeño mundo de Morgan por fin se puso en sintonía. Con 35 años participó en una obra sobre el Movimiento de los Derechos Civiles que llamó la atención de público y productores. Lo convocaron a un programa de televisión y estuvo en 780 episodios. Por primera vez, supo lo que era vivir sin nadar en la abundancia pero ahogarse en deudas.

El trabajo dejó de ser un problema, pero lo que comenzó a serlo fue su consumo de alcohol. Con el antecedente de su papá, que murió de cirrosis a los 47 años, y luego de despertarse un par de veces en medio de la calle, Freeman decidió dejar de tomar. Lo logró.

En los 80, el espectáculo hollywoodense ya no era un reino blanco. Figuras como Eddie Murphy y Michael Jackson eran adoradas y, sobre todo, garantía de éxito. En 1987, Morgan había cumplido 50 años cuando le ofrecieron filmar El reportero de la calle 42: el protagonista era Christopher Reeve, pero él tendría un importante rol secundario. Por fin y luego de años pagando peajes empezó a transitar por la autopista del éxito. Lo nominaron al Oscar como mejor actor secundario. No lo ganó, pero un amigo le construyó una vitrina con un cartel que decía “Parking reservado para Oscar”. La estatuilla llegó en 2005 por Millón Dollar Baby.

Morgan Freeman en "Conduciendo a Miss Daisy" (Foto: Sam Emerson / Warner Bros.)
Morgan Freeman en "Conduciendo a Miss Daisy" (Foto: Sam Emerson / Warner Bros.)

En 1989 estrenó cuatro películas. Hizo el drama bélico Tiempos de gloria, hasta hoy la considera la más importante, pero el gran público lo amó en Conduciendo a Miss Daisy, donde encarnaba a un chofer amable y de paciencia infinita. “Muchos sureños decían: ‘Ay, mi abuela tenía un chofer así’, y me dije: ‘Maldición, logré que la gente sienta nostalgia de esos tiempos”. Su rol le trajo una segunda nominación al Oscar y su definitiva consagración.

En los 90 ya era parte de las ligas mayores. Filmó La hoguera de las vanidades, dirigido por Brian de Palma y con Tom Hanks, y Robin Hood, con Kevin Costner.

Algunos filmes se convirtieron en clásicos, como Seven, Million dollar baby y esa joyita que es Escape a la libertad. En 28 años apareció en 70 películas. Por pasión, por vocación o porque sabe lo que son las épocas sin trabajo, a diferencia de otros actores más selectivos, Freeman acepta todo. Vale este dato publicado por Vanity Fair: Julia Roberts tiene 30 papeles rechazados, Tom Hanks 25 y Freeman, tres.

“No adiviné que Sueños de libertad fuese a ser tan especial para tanta gente, pero sí que le insistí a mi agente para que me consiguiera el papel"
“No adiviné que Sueños de libertad fuese a ser tan especial para tanta gente, pero sí que le insistí a mi agente para que me consiguiera el papel"

En la mayoría interpreta personajes buenazos, amables y sensatos. Para el actor, el secreto está en sus ojos: “Transmiten la sensación de que soy sabio y bondadoso. Me pasa desde los 20 años”. Otro de sus grandes atractivos es su voz. Su modo de hablar grave pero pausado resulta ideal para acompañar relatos. Steven Spielberg lo utilizó como narrador de La guerra de los mundos y logró un tráiler apabullante. También fue narrador en Conan, el Bárbaro, pero sobre todo fue la voz en varias publicidades de una tarjeta de crédito lo que acrecentó mucho su cuenta bancaria.

Con ganancias que rondan los 200 millones de dólares, a los 65 años Freeman decidió que era hora de saldar cuentas con ese joven que fue. Sacó su licencia de piloto y se dio un gustito: se compró tres jets privados.

En su vida privada esa imagen de hombre bondadoso que transmite desde la pantalla se desdibuja un poco. Estuvo casado con Jeanette Adair Bradshaw, desde el 22 de octubre de 1967 hasta el 18 de noviembre de 1979, y posteriormente se casó con Myrna Colley-Lee, el 16 de junio de 1984. La pareja se separó en diciembre de 2007 cuando el actor cumplía 70 años.

Nada muy sorprendente hasta que en medio de su segundo matrimonio se hizo público que mantenía una relación paralela con Mary Joyce Hay, un affaire aceptado por su mujer. El acuerdo era mutuo, pero saber que mantenía una relación abierta escandalizó a muchos. Es que para algunas mentes segregar por color de piel resulta más tolerable que un affaire. Para colmo. en el año 2008 y en pleno proceso de divorcio protagonizó un accidente de tránsito. Viajaba en su auto con una mujer llamada Demaris Meyer, a quien calificó como una “amiga”, cuando perdió el control y terminó chocando. Meyer lo demandó porque aseguró que conducía alcoholizado.

A causa del violento accidente, Freeman padece un dolor crónico en su brazo izquierdo. La única salida que encontró para reducir su sufrimiento fue recurrir a la marihuana. "¿Cómo la consumo? ¡Cómo sea! ¡La como, tomo, fumo y aspiro!"
A causa del violento accidente, Freeman padece un dolor crónico en su brazo izquierdo. La única salida que encontró para reducir su sufrimiento fue recurrir a la marihuana. "¿Cómo la consumo? ¡Cómo sea! ¡La como, tomo, fumo y aspiro!"

Freeman tuvo que enfrentar las acusaciones sobre un posible romance con E’Dena Hines, nieta de su primera esposa y criada desde pequeña por ambos. Hines solía acompañarlo en las alfombras rojas y nunca hubo sospechas. Sin embargo, la revista sensacionalista National Enquirer publicó que la joven le confesó a su madrastra el interés sexual de Freeman cuando todavía era una adolescente.

En 2015, la joven tenía 33 años y fue apuñalada en una calle de Nueva York. El femicida era su pareja, Lamar Davenport. Fue condenado a 20 años de prisión. Su madre enfurecida le gritó a los jueces: “Freeman es el culpable de todo esto, él molestó a la chica. Lo que ocurrió con mi hijo fue todo un accidente, ¡él es inocente!”.

Freemancalificó de “trágica y absurda” la muerte de su nieta
Freemancalificó de “trágica y absurda” la muerte de su nieta

Las malas siguieron en 2018 cuando fue acusado por ocho mujeres de acoso sexual. La noticia se expandió pese a que no se abrió ningún proceso judicial en su contra. “Cualquiera que me conoce o ha trabajado conmigo sabe que no soy alguien que intencionadamente ofendería o haría sentir incómodo a nadie”, declaró más triste que enojado, y agregó que le parecía lamentable que le metieran en el mismo ­saco que a los agresores sexuales ­señalados por #MeToo. Meses después se descubrió que las denuncias eran falsas y habían sido manipuladas. Nadie pidió disculpas.

Con 83 años, y quizá porque por experiencia el actor sabe que “todo pasa”, sigue con su vida y proyectos. A los 81 años decidió incursionar en la apicultura y convirtió su rancho en un santuario para abejas. Activista ambiental, lucha por el uso de energías limpias.

Sabe que dio pelea contra el racismo lejos del lugar de las declamaciones. Aunque lo critican porque se niega a participar en eventos sobre el Mes de la Historia Afroamericana, él asegura que la “historia afroamericana” es “historia” a secas: se considera estadounidense y no afroestadounidense. Su mayor contribución contra el racismo no fue encarnar a esclavos luchando por su libertad, ni negros que solo aparecían en el rol de oprimidos, mayordomos o maleantes, sino interpretar a personajes cuya raza es circunstancial como su Alex Cross en El coleccionista de amantes, su Lucious Fox en Batman e, incluso, el mismísimo Dios en Todopoderoso. Estos días lo podemos disfrutar en un capítulo de la última temporada de El Método Kominsky.

Alguna vez le preguntaron por qué era actor y respondió que no era bueno para nada más. Ni falta que le hace.

El actor presenta una condición llamada ‘Dermatosis Papulosa Nigra’ pequeñas pápulas que cubren parte del rostro y otras partes del cuerpo. Afecta principalmente a las mujeres afroamericanas, por lo cual él es la excepción.
El actor presenta una condición llamada ‘Dermatosis Papulosa Nigra’ pequeñas pápulas que cubren parte del rostro y otras partes del cuerpo. Afecta principalmente a las mujeres afroamericanas, por lo cual él es la excepción.

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