
Serkan Kurtulus, mafioso y sicario turco, “armado y peligroso” según su circular roja de Interpol, fue capturado el 11 de junio pasado luego de pasar cinco meses en el país junto a un histórico cómplice y compatriota, Lider Camgoz. La Justicia de su país los buscaba para verlos tras las rejas. Habían entrado a la Argentina en diciembre pasado con pasaportes falsos, vivieron una vida de lujo discreto en medio de una pandemia global en un edificio de la calle Petrona Eyle en Puerto Madero, la vida paradójicamente callada y cómoda de dos prófugos internacional de alto vuelo.
La división Interpol de la Policía Federal los capturó mientras caminaban por la calle a plena luz del día, luego de que la oficina de la fuerza internacional en Ankara les señalara su posible ubicación. Kurtulus y Camgoz tenían vínculos locales, se supo después, habían pasado por otro hotel en Recoleta antes de su nueva ubicación. Se habían movido en Buenos Aires con cierta comodidad.
Durante al menos cuatro años, Kurtulus y Camgoz, oriundos de Esmirna, integraron una organización criminal temible dedicada al asesinato, al secuestro y al sicariato, con un estilo de vida delirante que incluía posts en Twitter e Instagram de boletas de apuestas a partidos de fútbol en la Premier League, citas al Corán y la exhibición grosera de armas de fuego como ametralladoras AK-47 entre presuntos bandidos en las colinas. El mes pasado, sin saber de su captura, un periódico turco detallaba la nueva imputación en su contra: en noviembre de 2019, un mes antes de su llegada al país, habrían sido contratados para acribillar en Esmirna a un jefe zonal del partido ultranacionalista MHP y luego huir. Antes habían amenazado a otro político.
Si hay tal cosa como la mafia turca, Kurtulus y Camgoz la encarnaron en los expedientes en su contra.

En total, hasta 2018, Interpol le había atribuido 26 hechos armados, con la ametralladora AK-47 como herramienta principal, acusados por un tribunal de Esmirna, o Izmir en lengua turca, de los delitos de homicidio con premeditación, infracción a la Ley Sobre Armas de Fuego, asociación ilícita para delinquir, robo a mano armada, privación ilegal de la libertad, tenencia de materiales peligrosos sin la debida licencia, homicidio doloso, amenazas.
Kurtulus y Camgoz fueron enviados a una celda de la Policía Federal en la sede de la calle Cavia, a la espera de que se resuelva su extradición, algo que podría tardar meses en el actual contexto geopolítico, con un expediente a cargo del Juzgado Federal N°8 de Marcelo Martínez De Giorgi.
Mientras tanto, todavía sin un abogado, Kurtulus, jugó su suerte. Pidió ser excarcelado, con un planteo que llegó a la Sala II de la Cámara de Casación Federal con los jueces Martín Irurzun y Leopoldo Bruglia, que hoy por la mañana denegó su pedido por segunda vez en sintonía con la negativa del Ministerio Público Fiscal, en un breve fallo al que accedió Infobae. Le reprocharon, por ejemplo, que haya intentado extender su permiso de residencia con un hombre falso.
Kurtulus, por su parte, se niega volver a Turquía. Sin embargo, el mafioso jugó otra carta. Por lo pronto, no será entregado a las autoridades turcas: hay otro trámite en juego, un pedido que también hizo Lider Camgoz. Kurtulus pidió quedarse en Argentina, precisamente, como un refugiado.

La resolución del trámite corre por otro carril que no depende de los jueces federales. En su escrito, la Sala II reveló que Kurtulus dio su verdadero nombre a la Justicia argentina recién cuando aplicó para su condición de refugiado. ¿A qué le teme Kurtulus? Ciertamente le teme a algo más feroz que él mismo. Alguien cercano a su estrategia para quedarse en el país asegura: “Sabe muchas cosas. En Turquía lo esperan con un vuelto”.
Es decir, una presunta venganza. No es la primera vez que plantea un pedido de este tipo ante un Estado: habría pedido ser considerado un refugiado al caer arrestado en la república de Georgia. Por lo pronto, Argentina espera que Turquía envíe no un pedido de extradición, sino de colaboración.
Mientras tanto, Kurtulus ya no está encerrado en una celda de la Federal. Fue trasladado, apuntan fuentes en diversos sectores. Lo llevaron a una alcaldía común, sobrepoblada, con delincuentes comunes, rateros de celulares. Su historia en la Argentina no termina, bajo ningún concepto. La historia de cómo llegó al país y de quiénes lo ayudaron también queda por verse.
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