
En 1992, Ricardo Barreda estuvo cerca de cometer su quinto asesinato. El 15 de noviembre de ese año mató a escopetazos a su esposa Gladys McDonald, su suegra Elena Arreche y sus dos hijas Cecilia y Adriana, en su casa de La Plata. Pero días después, según contó él y fue confirmado por dos presos que compartieron pabellón, le clavó en el cuello una bombilla a un preso con el que tomaba mate en una celda.
La revelación la hizo ante el autor de esta nota en 2012, en el departamento de Belgrano donde vivía con Berta “Pochi” André, su novia. En realidad ella comenzó a contar el episodio, mientras él comía una torta con desgano.
Esa noche, Berta tomó un sorbo de champán y su cara parecía decirlo todo. Estaba por confesar algo. Lo dijo sin anestesia:
–El primer día se lo quisieron violar. En la cárcel de La Plata. Pero Ricardo no se dejó.
Barreda no dijo nada.
–Un tipo lo quiso violar. Entonces Ricardo agarró una bombilla y se la clavó acá –contó Berta y se señaló el cuello. Lo dijo con orgullo– Se defendió como un hombre.
–Y si no me iba a romper lo que ya sabés –acota Barreda con la mirada al piso.

Hasta ese momento, ninguno de ellos dijo qué había sido de la vida del presunto violador. Si había sobrevivido al ataque de Barreda o no.
–Era un negro grandote. El degenerado lo había invitado a tomar mate a su celda. Ricardo pensó: “Acá soy boleta”.
–El asunto es que el tipo fue a sanidad con la bombilla clavada en el cogote. Le salía un chorro de sangre. A mí me llevaron al fondo.
–¿Qué es el fondo?- preguntó Berta.
–Los buzones de castigo. A la noche me fueron a buscar. “Uy”, dije, “cagué”. Pensé que el tipo había muerto. Qué mala suerte. Mi primer día en cana con este despelote. Este murió con la bombilla puesta y ahora me vienen a buscar, pensé. Pero no, había zafado. Nos cambiaron de pabellón. No volvimos a cruzarnos, aunque a veces lo veía de lejos.
–Un día, en una visita, Ricardo me lo marcó de lejos. Era un pedazo de tipo. Daba miedo.
–El tipo se me abalanzó con la bombilla en la mano. Se la saqué y lo ataqué. Por unos días, no dormí. Estaba parado. Estuve poco en los buzones, que después pasaron a llamarse celdas de aislamiento y de castigo. Cuando aparecieron los de Derechos Humanos eligieron un nombre que era el rey de los eufemismos: pabellón de separación del área de convivencia. Da risa.

Luego Barreda mientras levantó con la mano derecha un tenedor para hacer el movimiento con el que le clavó la bombilla a su oponente: “Le hice así al tipo”. Era una confesión que nunca había hecho. Dos revelaciones: que quisieron violarlo y que estuvo a punto de matar a otra persona.
El mito decía que Barreda era admirado en la cárcel, pero al menos cinco presos que compartieron penal le dijeron a Infobae que era blanco de bromas.
“La broma típica que le hacían era verlo lavar ropa o comer solo y decirle: ‘Barreda, ¿cómo anda la familia?’. Y el viejo se ponía como loco”, recuerda Martín Lanatta, detenido en Ezeiza y condenado por el triple crimen de la efedrina y por la triple fuga de la cárcel de General Alvear.
Martín Espiasse Pugh, condenado por un doble crimen y detenido el año pasado después de ser el prófugo más buscado del país, contó algo similar: “'¿Cuándo vienen su esposa y sus hijas? ¿Se lleva bien con su suegra?'. Le decían esas cosas y él, lejos de quedarse callado, insultaba y amenazaba con irse a las manos. Lo del ataque de la bombilla es cierto, no lo podíamos creer, pero fue así. Está claro que al ser dentista manejaba bien las manos y los elementos cortopunzantes. En una época dejaron de molestarlo porque arreglaba los dientes de los demás detenidos”.
La oscura fama del odontólogo le jugó en contra en prisión, pero fuera de ella pasó lo contrario: la gente llegó a sacarse selfies con él y a pedirle autógrafos. “Es más, me llama gente para que le arregle los dientes”, llegó a decir el femicida.
Nunca abandonó el deseo de volver a vivir en la casa de la masacre, a atender en su consultorio y andar en su Ford Falcon. Después de matar a las mujeres de la casa, se fue al zoológico a ver jirafas y elefantes, porque lo “relajaban”, fue al cementerio a visitar las tumbas de sus padres (una vez contó que su padre militar lo maltrataba y lo humillaba cuando era niño) y luego se encontró en un hotel alojamiento con su amante. “Comimos pizza y luego estuvimos en un hotel. No noté nada raro en él”, declaró la mujer.
Barreda cerró el día volviendo a su casa. Llamó a la Policía y dijo que había vuelto de pescar y encontrado “cuatro bultos”. Terminó por confesar los femicidios.
El maltrato o bromas de los presos hacia Barreda tenía un motivo. En la cárcel, los femicidas y los violadores no suelen ser bien recibidos. “Y más alguien que fue capaz de matar a sus hijas”, dice Lanatta.
Ahora, Barreda vive el peor momento de su vida. Aun peor que sus días de cárcel, según le confesó a uno de los pocos amigos que le quedan. A los 84 años tiene problemas de salud, está internado en el Hospital Eva Perón de San Martín y días antes había sido echado de la pensión donde vivía. En ese contexto dijo que se arrepentía de haber matado a su familia, aunque a veces asegura no recordar quién es y qué hizo y pregunta dónde están sus hijas. Nadie le responde.
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