
Hoy por la tarde, Ricardo Russo, el ex jefe de inmunología y reumatología del hospital Garrahan fue condenado a diez años de cárcel por el delito de producir y distribuír pornografía infantil, fotografió los genitales de sus propias pacientes, nenas de 6 años. Tras la audiencia celebrada en la sala del Juzgado Nº6, quedó detenido: irá a un penal federal.
Eventualmente, Russo cumplirá su pena y su delito quedará saldado. En términos reales del sistema, aunque el suyo sea un delito aberrante no existe un seguimiento luego de que cumpla su pena, como un patronato de liberados que lo controle, no debe reportarse a nada o a nadie.
¿Y entonces qué? ¿La cárcel hará que deje de consumir pornografía infantil? ¿Reincidirá? ¿Saldrá y se convertirá en un imputado por el delito de abuso? Infobae consultó a tres profesionales sobre las facultades que dispone una prisión para rehabilitar a un consumidor y productor de pornografía infantil.
“En verdad, tiene más sentido para proteger a la sociedad y a los niños de este tipo de personalidades que para el sujeto mismo”, respondió Juan Eduardo Tesone, médico psicoanalista egresado de la UBA y miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).
Tesone fue explícito: “La cárcel por sí misma no lo va a cambiar: algunas personas que aceptan por decisión propia hacer algún tipo de terapia tal vez sí puedan experimentar algún cambio, pero es poco frecuente que eso suceda”.
Según su análisis, ninguna sociedad en ningún tiempo histórico halló una solución eficaz para la rehabilitación social de un pedófilo. Reparó en dos situaciones que intentaron controlar la reinserción de condenados, como un ensayo de laboratorio de los Estados Unidos: “Allí se utiliza la hormonoterapia: se le dan estrógenos, hormonas femeninas, previo acuerdo de la persona, con el propósito de disminuir su libido. A mi juicio es un desconocimiento total de la sexualidad humana porque lo que está en juego es la fantasía más que la pulsión”.
Luego, mencionó un programa social de Inglaterra: “Cuando un pedófilo sale de la cárcel, tiene que vivir en algún lugar. En ese caso, las autoridades le informan a todo el vecindario que esa persona va a vivir allí, una medida que puede ser discutible desde el punto de vista de los derechos de las personas”.
Elsa Wolfberg, psicoanalista y psiquiatra de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), presidente honoraria del capítulo de psiquiatría preventiva de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), coincide con la visión de Tesone. “La función de la cárcel en los pedófilos es tener a salvo a los chicos de los que pudiera abusar. En general, no se curan de esta perversión y menos si no se cuestionan a sí mismos, que parece que es el caso de este hombre, que niega los hechos”, asegura.
“Solo si el siente que debe modificar su conducta y hace una psicoterapia de manera muy comprometida, puede llegar a eliminar sus tendencias. Pero, habitualmente, los pedófilos que salen de la cárcel son reincidentes”, explicó la profesional.
Tesone asegura, en la misma línea, que el detenido “merecería un tratamiento voluntario desde dentro del sistema carcelario porque la experiencia indica que la tasa de recidiva (reincidencia) es muy alta”.
Un tercer testimonio respalda la teoría que cuestiona la función del encierro en condenados por pedofilia. Elda Irungaray, psicoanalista especialista en maltrato infantil intrafamiliar, repite el concepto: “La cárcel por sí misma no cura ésto, salvo que se le pueda brindar un trabajo psicoterapéutico que le permita revisar sus tendencias. La cárcel puede proveer un ambiente estable, contenedor, donde no haya maltrato ni repeticiones de violencia que probablemente lo hayan atravesado en algún momento. Pero, lamentablemente, es un encuadre que difícilmente encontremos en nuestra cárceles”.

Según su experiencia, Irungaray afirma que lleva mucho tiempo, trabajo, asistencia, supervisión e inversión pensar en una posibilidad de cambio de tendencias en un abusador de niños. “Llegar al núcleo de la reversión de esa fantasía inconsciente no es fácil y la cárcel no va conceder esa modificación mágicamente”, apuntó. La especialista definió a las tendencias pedófilas como una perversión producto de una disfunción en el desarrollo evolutivo normal de la sexualidad que obedece a experiencias de la infancia, traumas tempranos, carencias y distorsiones.
“Dentro del psicoanálisis solemos hablar de fantasías inconscientes. Hay dos grandes cuadros de pedofilia con mayor o menor grado de rehabilitación. Está el pedófilo que reconoce los hechos, que reconoce el daño cometido a un niño, el daño que ha generado dentro de la estructura de la familia, aquel capaz de pedir disculpas. Hay otros casos donde no existe un reconocimiento de culpa o de daño. Esos son los abusadores más peligrosos, los de riesgo social, que son los que andan por la calle y no intervienen solo en el círculo intrafamiliar. El punto más importante es cuando se hace presente la fantasía inconsciente pedófila, aquellas fantasías que motivan conductas que la persona no asume”, continuó.
El caso de Ricardo Russo recuerda el de Jorge Corsi, el psicólogo especialista en violencia familiar encarcelado en 2012 por integrar una red de pedófilos. En febrero de ese año reconoció su culpa y fue condenado a pasar tres años de prisión de cumplimiento efectivo. Tras ser liberado en 2014, Corsi suscitó el mismo debate.
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