
Muchos artistas, apasionados por su trabajo, suelen decir que quieren “morir en el escenario”. Esto, obviamente, no es literal. Y lo que en realidad pretenden trasmitir con esta frase es su deseo de seguir en actividad hasta el final de sus vidas. Sin embargo, en el caso de Domingo Cura, ocurrió lo que tantos otros habían pregonado. Y el 13 de noviembre de 2004, simplemente, se desplomó sobre las tablas.
El gran bombista santiagueño tenía 75 años de edad, pero no estaba retirado. En 2002 había participado del disco Siempre es hoy de Gustavo Cerati, tocando el bombo legüero en la canción Sulky, que en primera instancia había sido grabada con un sampler de un vinilo de los ‘60. Y la experiencia fue tan buena que, en 2003, había formado parte de la gira de presentación del álbum, interpretando ese mismo tema en el mítico estadio Luna Park junto al líder de Soda Stereo. Pero, el día de su fallecimiento, se había subido al escenario del teatro Lola Membrives invitado por Chico Novarro, quien estaba al frente del espectáculo Un autor en concierto.
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El estupor fue total. De un momento a otro, Domingo cayó al suelo inconsciente frente a todos los espectadores, que habían pagado su entrada para verlo tocar junto al autor de Carta de un león al otro. Hubo corridas de músicos, asistentes y productores. Pero ya era tarde. El hombre había sufrido un infarto masivo de manera repentina, que lo había sacado de este plano para siempre. Aunque su recuerdo se mantuvo vigente al día de hoy a través de su música.
Había sido un autodidacta. Nacido en Santiago del Estero el 7 de abril de 1929 en el seno de una familia de inmigrantes sirios, Domingo comenzó a hacer música a los 6 años, inspirado en su padre que cantaba en el coro de la iglesia y usando a modo de tambores algunas latas vacías y cajas de madera. “Venía de un hogar muy humilde, así que cortaba los palitos de un plumero y con eso tocaba”, recordó en una nota.
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La realidad es que Cura, quien siempre supo que lo suyo era la percusión y no el estudio, tardó bastante en poder tener acceso a su primer bombo legüero. Y aunque le hubiera encantado poder ir a un conservatorio de música que le permitiera plasmar sus ideas en un pentagrama, nunca tuvo esa posibilidad. Así que se hizo músico tocando “de oído”, algo que le permitía improvisar sonidos en cada presentación, y se resignó a que fueran otros los que anotaran los arreglos que él sugería en las grabaciones.
No obstante su limitación académica, el bombista logró convertirse en uno de los percusionistas más reconocidos de la Argentina, incluyendo entre sus instrumentos el bongó, las tumbadoras, el güiro, los redoblantes, las maracas y el pandero. E incursionó en distintos géneros como el jazz, el bolero, el candombe, las melodías caribeñas y el rock nacional, donde tuvo una destacada participación a raíz de su estrecha amistad con Litto Nebbia, además de, por supuesto, el folclore que lo vio nacer y al que en 1962, le dio un aire nuevo cuando grabó el disco Folclore Nueva Dimensión junto a Ariel Ramírez y Jaime Torres.
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Estuvo con todos los grandes y mostró una versatilidad pocas veces vista. En 1954, Domingo integró la Orquesta de Eduardo Armani. En 1964, participó en la grabación original de La Misa Criolla, pieza icónica que llevó a adelante junto a Ramíres, uno de sus mayores socios artísticos. Y, en 1972, grabó junto al cantante de Los Gatos el tema Si no son más de las tres (El Bohemio), que abría el álbum Despertemos en América.
Solo por mencionar a algunos de los referentes de la música con los que compartió escenario, se pueden destacar nombres como el de Mercedes Sosa, Astor Piazzolla, Víctor Hugo Díaz, Chabuca Granda, Palito Ortega, Los Panchos, el Gato Barbieri, Milton Nascimento, Nat King Cole y Vinicius de Moraes. Y todos guardaban anécdotas divertidas junto a Cura, a quien definían como un hombre de espíritu joven, más allá de su edad.
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¿Su secreto para lograr que el bombo sonara diferente a los demás? “Hay que saber sacarle sonido y matizarlo directamente. No se trata de tocar fuerte, sino de hacerlo hablar. Y, sobre todo, no sentirse más importante que el solista: ayudarlo, apoyarlo, darle el compás y estarse atrás sin molestarlo, sin pretender aparecer en primer plano”, decía Domingo, cuyas manos sorprendían a todos por estar libres de callos y lastimaduras.
Pero claro, para él, el instrumento debía también cumplir con determinadas características: “Debe ser de tronco de ceibo. Se puede hacer de quebracho blanco, pero a mí me gustan los bombos hechos a ceibo. El cuero puede ser de cabra o de vaca, pero el cuero de cabra se afina mejor. Los palos pueden ser de cualquier material: la maza la hago yo con algodón prensado. Con estos elementos ya se puede decir que el bombo es bueno”.
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Lo cierto es que, más allá de su extensa carrera y de la cantidad y calidad de artistas con los que compartió estudios de grabación, Cura será siempre recordado por su participación en La Misa Criolla. “Yo estuve ahí a cargo de la percusión. Al lado mío estaban el Chango Farías Gómez, Alberto Alcalá, Jorge Padín, José Correales y Alfredo Remus. Yo los dirigía y, realmente, sentí que ese era el momento más importante de mi vida artística”, reconoció en una oportunidad.
Los percusionistas de todas partes del mundo, con quienes solía protagonizar encuentros en distintas plazas internacionales, lo admiraban. “A todos ellos les llama la atención la vitalidad que tengo a mi edad. Y el despliegue que hago en el escenario. Pero yo me siento muy cómodo tocando”, remarcaba Domingo, quien nunca dejó de tener un proyecto bajo su brazo.
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