
Cualquiera que tenga un niño o una niña en casa puede confirmar. Comenzar el día en el jardín con “Chacarera la bienvenida”, bailar sin parar con “El monstruo de la laguna”, agitar con “El Tiburón Kanishka”, repetir al infinito los sonidos de “Te cuento del camino lo que vi” durante kilómetros —y kilómetros y kilómetros— en el auto, reír a carcajadas —y sentir que no estás solo— con “Nene neoliberal”, “Hoy no vino la niñera” o “Por qué no te mandé al turno tarde”, es parte —una importante— de la vida con chicos.
Las canciones de los grupos pensados para las infancias que son un hit se transforman en la banda de sonido de cada día, y terminás cantando “si golpeo, golpeo y golpeteo” bajo la ducha a las once de la noche. O anotándote en el calendar cuándo van a estar disponibles las entradas del show de las vacaciones de invierno 2028 para no quedarte sin. Porque, claro, los padres se asoman a ese universo por los chicos. Se quedan por sí mismos.
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Bandas como Canticuénticos, Dúo Karma, Los Raviolis, Vuelta Canela y Koufequin —entre muchas, muchas otras— no buscan entretener: ofrecen algo más.
Las palabras, los juegos, los ritmos, el sabor de cada tierra que atraviesa las voces y melodías de los que cantan, que entra en las fibras sensibles de los que escuchan, las experiencias de crianza compartidas y los temas que proponen los músicos —más sensibles, más descontracturados, con más o menos desparpajo— no convocan solo a los chicos: es una fiesta para todos.
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Entre ellas son bien diferentes. Todas suman años de trayectoria. Y en el Día de los Niños y las Niñas reflexionan acerca de sus búsquedas, del trabajo con y para las infancias en un presente complejo y de cómo ponen a la virtualidad y los algoritmos de su lado para seguir creciendo y generando el espacio del encuentro. Donde la magia sucede.
Canticuénticos —Ruth Hillar, Laura Ibáñez, Cintia Bertolino, Gonzalo Carmelé, Daniel Bianchi y Nahuel Ramayo (e invitados y asistentes en escena)— es un grupo santafecino que no nació soñando en una banda que agotara cada función apenas sacara las entradas a la venta, si no cuando Ruth Hillar conoció a Daniela Ranallo (exintegrante) en un taller de composición del músico rosarino Jorge Fandermole.
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“Inicialmente, el proyecto tuvo como objetivo hacer un aporte al cancionero latinoamericano para las infancias. No pensábamos armar un grupo para salir a tocar las canciones. Empezamos solo componiendo y grabando, pensando en dar a conocer el material a través de un disco. Pero, a poquito de salir el primer álbum, y habiendo subido todas las canciones a YouTube, vimos que empezábamos a tener un público, inicialmente de docentes y enseguida de familias, que fue un respaldo enorme a la hora de delinear el camino. Es una motivación bellísima saber que hay tanta gente esperando canciones nuevas, conciertos, videos, libros…”, repasa Ruth Hillar. Las canciones empezaron a asomar hace casi veinte años, en el 2007, y pronto, desde el Litoral, llegarían a las casas de todo el país y más allá.
Con son cubano y sabor a Caribe, el Dúo Karma —Xóchitl Galán y Rodolfo “Fito” Hernández— comenzó haciendo música para adultos, en 1999, en La Habana. “Y poco a poco empezaron a aparecer algunas canciones que tenían un matiz más para las infancias”, recuerda Xóchitl Galán. “Nosotros venimos del mundo de la trova y de la trova cubana. Y en las peñas siempre hay un público muy heterogéneo, muy familiar. No es raro que los trovadores tengan en su repertorio un par de canciones más cercanas al mundo de las infancias. Empezó a aparecer una canción por aquí, otra por allá, que se iban combinando, hasta que empezaron a sumarse más y más y más canciones, y además de hacer conciertos para adultos comenzamos a hacer conciertos para chicos”.
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Una vez afincados en ese camino —lo que terminaron de concretar de la mano de la trovadora cubana, fundadora del Movimiento por la Canción infantil Latinoamericana y del Caribe, Rita del Prado—, el resto fue llegar a la Argentina, enamorarse de la gente y que ese amor fuera correspondido.
“Llegamos por primera vez en el 2010, en un viaje de tres meses donde hicimos repertorio para adultos, una gira muy hermosa que nos dejó muchas sensaciones y una necesidad imperiosa de volver. Así que, en el 2012, volvimos”. “Nos encontramos con ese universo de argentinas y argentinos que recibían la música cubana con tanto amor, que empezaban a escribirnos y a decirnos cómo bailaban en sus casas, que empezaban a repetir de concierto en concierto, y esa audiencia fue creciendo. Ya llevamos catorce años viviendo acá y nos sentimos tan bien recibidos, sentimos que esta es nuestra segunda casa y nos hace mucho bien el encuentro con el público. Estamos totalmente agradecidos por ese recibimiento sostenido a través de varias generaciones”.
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El rock y el pop de Koufequin —Mauro Conde, Leandro Gajate, Ernesto Algranati y Federico Castro (más prestigiosos músicos que completan el sonido en los conciertos)—, su espíritu rebelde, no estaba tan definido cuando arrancaron, hace dos décadas, en un mundo en el que la escena infantil era otra. Los músicos venían de la docencia y, en esos días, “lo único que teníamos eran pequeños objetivos a corto plazo: tocar para nuestros alumnos, para nuestros amigos con hijos… hasta que, poco a poco, eso fue creciendo y nos fuimos consolidando”, dicen.
“Nosotros queríamos plantear un grupo que en ese momento no era tan común, que era una banda para niños con una estética de banda tradicional. No apuntábamos tanto al rock sino que era una banda más pop en la escena, por las presentaciones en vivo, por nuestros diseños de vestuario, que muchas veces eran referencias a bandas como Devo, Kraftwerk, Los Brujos con ‘El Tiburón Kanishka’. Había un link con una música un poco más psicodélica y de nicho. Desde ahí fuimos construyendo una identidad y una manera de hablarle a la infancia con un lenguaje que es especialmente pensado para ellos, pero interpelando a todas las personas que tenemos a esas infancias cerca, y a la propia”.
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Laura Asensio, Santiago Reyes, Mariano Gora (Mariano Przygora) y Nina Lenze, más conocidos como “Lua”, “Tisán”, “Gora” y “Filomena”, son Vuelta Canela y se definen como
“cuatro elementos, cuatro puntos cardinales” que se complementan: “La voz de Lua, la magia de Tisán con la guitarra y todas sus armonías, Gora que es multiinstrumentista, y Filomena con todo su mundo del clown y del movimiento, se entremezclan y de ahí nace la magia Canela”. Esa es la esencia, el sello de la banda autora de “Una nube”, “Golpeteo”, “Chacarera la bienvenida” y tantas otras que ya forman parte del cancionero infantil nacional.
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“Tanto en la composición de las canciones como en la producción de los espectáculos, en los contenidos: desde el diseño de la tapa de un disco, de un libro, hasta una canción, hasta el orden de las canciones en un show, todo lo bueno, lo hacemos con esta impronta que cada uno aporta desde su lugar. Todo atravesado desde el lugar donde ponemos el foco, que es el del disfrute, lo que a nosotros nos gusta, nos mueve y nos conmueve; con la responsabilidad y la experiencia de trabajar con infancias desde la educación, porque todos tenemos recorridos por distintos lugares, pero todos tenemos un recorrido fuertemente anclado en la formación y la docencia”, cuentan.
Así se conocieron: trabajando como docentes. Y, en 2007, decidieron unirse para crear un repertorio propio.
“Cuando arrancamos como grupo todo se fue dando muy naturalmente, muy genuinamente, desde el disfrute, del compartir. En ese momento jamás imaginamos que íbamos a llegar a tantos lugares, a tanta gente, a tantos niños y niñas. Siempre hay una parte que tiene que ver con el sueño respecto a lo que queremos lograr y fue muy lindo ir descubriendo y sorprendiéndonos con la llegada a las personas, con el ida y vuelta con las familias. Una de las cosas que más nos alegra es la llegada que tiene nuestra música a las escuelas, a los jardines; cómo hasta en una escuela rural de un pueblito se escucha la ‘Chacarera’, la cantan para darse la bienvenida; o saber que alguna familia, en otro país, canta ‘Una nube’ o ‘El golpeteo’. Eso es lo que más nos maravilla”.
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Como Vuelta Canela y Koufequin, Los Raviolis también nacieron alrededor de la comunidad educativa, pero ellos no eran los docentes: eran los padres. Padres músicos del Jardín Margarita Ravioli convocados por la escuela para preparar una sorpresa para los chicos y las maestras por el Día de los Jardines.
Lo que pasó en ese primer encuentro fue una combustión espontánea. O una “serendipia”, como lo describe Gabriel “Gabichu” Wisznia, líder de la banda formada además por Valeria Donati, Juan Pablo Esmok Lew, Esteban Ruiz Barrea, Bruno Delucchi, Brian Ayliffe y Martìn Cicala, que ya suma casi quince años.
“No hubo una búsqueda deliberada. Fue más bien una serendipia. El día anterior a ese primer acto, cuando nos juntamos a ensayar, me di cuenta de que estaba tocando con músicos buenísimos. Y para mí eso era muy fuerte porque siempre había querido tener una banda o formar parte de una, pero hasta ese momento no se me había dado. Encontrarme con gente que entendía de armonías, melodías, arreglos, y que además venía de mundos musicales tan ricos y distintos, fue como encontrar algo que yo venía deseando sin haberlo podido concretar. Ahí se dio una combinación muy especial. Por un lado estaban ellos, con toda su formación y su recorrido. “Tibi” y “JP”, por ejemplo, con un bagaje de música clásica, fados portugueses, tango de guitarra; Bruno, viniendo de un universo más ligado al jazz experimental, la comedia musical y lo teatral. Y por otro lado estaba yo, que ya venía trabajando con chicos y chicas en Laberinto Masticable, así que tenía bastante armado un discurso, una sensibilidad y una manera de vincularme con las infancias. Cuando fuimos a tocar, todo fluyó con mucha naturalidad. Nos potenciamos. Cuando terminó esa presentación, nos miramos y vimos que ahí había una posibilidad real”.

La banda como está constituida no estuvo lista al día siguiente. Fue un proceso de búsqueda, de pruebas, que llevó tiempo. Hasta que sumaron a Valeria Donati, a Martín Cicala y pusieron la primera fecha. “Y la verdad es que tuvimos mucha suerte desde el comienzo. Siempre decimos que Raviolis nació con buena estrella, porque esas primeras fechas se agotaron. Éramos parte de una comunidad que ya nos conocía, sabían que éramos ‘los papás del Ravioli’, les gustaba la onda que teníamos y vinieron a apoyarnos. Que dos teatros de más de cien personas se llenaran tan rápido, para un proyecto que recién arrancaba, fue algo muy poco habitual y muy alentador. Entonces, más que una búsqueda programada, lo que hubo fue el reconocimiento de que ahí estaba pasando algo verdadero, algo con identidad, que valía la pena hacer crecer”.
Los Raviolis se volvieron tendencia: había algo diferente en su propuesta. Desde el juego, desde una apuesta musical distinta, con letras desopilantes, le cantaban a los padres. Y a los chicos, pero principalmente a los padres. Ponían en escena situaciones cotidianas que ocurrían en las familias y no estaban tan expuestas: con humor mordaz cantaban el lado B de la crianza, diciéndole a las madres y a los padres “estamos juntos en esta”.
“En Laberinto Masticable ya venía explorando mucho esta diferencia entre la expectativa y la realidad en la crianza, los vínculos familiares, las tensiones amorosas y también disfuncionales que aparecen entre adultos y chicos. Era un universo que me interesaba y con el que ya tenía mucho contacto. Además, era un material que generaba mucha empatía con la gente. Yo veía que había mucha identificación con cosas muy concretas: el pibe que quiere el celular todo el tiempo, el desorden que generan los chicos, el cansancio que a veces produce la crianza. Me interesaba mucho correrme de una mirada más naive, más edulcorada, y meterme en algo que tuviera más verdad, más contradicción, más humor también. Empezar a ponerle melodía, ritmo y forma a la cotidianidad familiar. Eso fue muy consensuado dentro de la banda, porque a todos nos parecía que ahí había algo divertido, distinto y con identidad propia”.
Al momento de componer, cuenta Gabichu (y ya con hijos más grandes y nuevas experiencias), la conversación entre ellos les hace de insumo: preguntarse cómo viven determinadas situaciones y qué quisieran decir sobre eso. “Hay un ida y vuelta bastante colectivo. Y también escuchamos mucho lo que otras personas nos cuentan. A veces alguien te dice ‘che, me pasa esto’, y eso ya dispara una idea. Ahora, por ejemplo, estamos trabajando una canción sobre los fines de semana y los deportes de los chicos, esta cosa de tener que levantarse tempranísimo, en invierno, para llevarlos a jugar, y pensar ‘me quiero matar, ¿por qué lo anoté en fútbol?’. Ese tipo de escena, que es muy concreta, muy reconocible y tiene humor, nos interesa mucho”.
Canticuénticos se destaca por poner en letras de canciones, acompañadas por el arte de sus videos e ilustraciones, temas que son relevantes y a veces resultan un desafío a la hora de hablar con las infancias —la importancia de la alimentación real, cultivar una mirada que tenga en cuenta al otro— y cuestiones muchas veces complejísimas de encarar, como su canción “Secretos” para prevenir situaciones de abuso o “Para saber que te quiero”, que está dedicada a las familias que adoptan. También cantan sobre la importancia del juego, componen con rimas y cuentan historias con melodías pegadizas y personajes entrañables, pero la mirada social, sensible, es un sello indiscutido.
“Al componer, busco establecer un diálogo con el mundo. Entonces, las temáticas son las que nos interpelan como sociedades y afectan tanto a las niñeces como a los adultos. Creo que el arte siempre puede encontrar nuevos sentidos, proponer puntos de vista esperanzadores, convocar a la acción, sensibilizar y renovar la mirada, que a veces está anestesiada por la desesperanza”, dice Hillar.
Otro rasgo identitario de la banda es la búsqueda de acercar a las infancias “ritmos y géneros de Argentina, en particular, y de Latinoamérica, en general, porque nos sentimos parte de estas culturas, nos sentimos representados por ellas y queremos sostenerlas vivas, en permanente evolución y crecimiento”.
Vuelta Canela también destaca la importancia de que sus contenidos despierten cierto aprendizaje en el público, “y que se maravillen con los sonidos, los movimientos”. Tiene puntos en común con Canticuénticos al traer diferentes ritmos, melodías y géneros a sus canciones —de estas y otras latitudes—. Con el proceso pedagógico tienen otra búsqueda, más implícita, quizá: “Que vean cómo desde lo simple se puede jugar. Pero con esta idea de un ida y vuelta, de que uno no les viene a enseñar, sino que la música sea también una manera de activar esto que ya traen las infancias y que con el arte, con el movimiento, con las palabras, con la poesía, con la risa, con la conexión, con la mirada, se enciende. Se genera un intercambio humano, educativo, maravilloso, que nosotros fomentamos y queremos implementar en todo lo que hacemos”.

Los “Canelos” aseguran que no fue un objetivo ser distintos, “tampoco pensamos qué podíamos hacer para distinguirnos de otros grupos. Simplemente fuimos haciendo lo que sentíamos, aquello que nos convocaba y que tenía sentido para nosotros. Y eso, con el paso del tiempo, fue construyendo un sello. Una identidad sonora, visual y también una determinada manera de encontrarnos con las infancias y con las familias. Nada apareció de un día para otro. Todo es trabajo, construcción y proceso”.
Como Los Raviolis —pero desde una propuesta completamente disímil—, aseguran que sus canciones nacen de experiencias que les despiertan una idea, un juego, una emoción. “De algo que, en algún momento de la vida, nos conmovió o nos convocó a alguno de los cuatro. Puede ser el recuerdo de unas vacaciones, un momento puntual con un hijo, una experiencia dando clases, el trabajo cotidiano con niños, adolescentes o adultos. No somos un grupo que primero busca un tema o una problemática para después hacer una canción. El recorrido suele ser al revés: primero hay una sensación, una huella, un recuerdo, una emoción, y desde ahí, aparece”.
El dúo cubano al que es casi imposible escuchar sin que el cuerpo empiece a mover los hombros también dice que las canciones nacen de la experiencia: “Casi siempre partimos de una imagen que es la que nos da pie a todo lo que sale después en ese universo que es la canción. Cuando digo una imagen puede ser un paisaje, algún pasaje de algo que leímos o algo que vimos, alguna conversación que escuchamos. Simplemente estamos todo el tiempo con los ojos muy abiertos para descifrar ese otro mundo poético que está en lo cotidiano. Y después, jugando un poquito con las músicas, con los ritmos, salen cosas que naturalmente fluyen porque están en nosotros”.
Sobre el vínculo entre sus canciones y un mensaje pedagógico, se paran al otro lado del océano. Xóchitl sostiene que uno de sus “puntos neurálgicos a la hora de componer es no tener ningún objetivo didáctico o ningún objetivo de enseñar algo con la canción más allá de lo que es en sí misma, de la obra poética o de la obra lúdica o de la obra musicalmente interesante por alguna razón rítmica o armónica. Se tiende mucho a pensar que las obras artísticas para infancias tienen que enseñar algo y a veces en esa búsqueda se pierde el valor estético. Nosotros evitamos eso por todos los medios. Tratamos de hacer canciones que tengan temáticas muy abiertas y ahí posiblemente cada interlocutor recibirá alguna enseñanza porque simplemente mirando un árbol se aprende muchísimo. No creemos que haya que explicar tantas cosas en este mundo donde todo hay que darlo masticado; ahí tratamos de ponernos muy firmes. Me parece que cuando uno hace una obra que tiene esa libertad poética y lúdica y tiene ese rigor musical y de montaje, después por supuesto que será útil para muchísimas cosas. Ya si es útil para conmover y para emocionarse y para bailar, nosotros estamos felices”.
Para Koufequin, el foco está tanto en las palabras como en el sonido. La banda trabaja con ingenieros y “con procesos de masterización y de mezcla muy profesionales” que buscan ofrecer la mejor experiencia, sea que los escuchen en el auto, en una plataforma o desde un auricular en cualquier lugar.
En lo que coinciden todos es en que siempre, a la hora de componer, de crear una canción, tiene que haber disfrute. Pasión, rigor técnico, nunca subestimar a los niños y las niñas. Y disfrute.
“Cada detallito, cada armonía, cada juego de voces. Explotar al máximo las posibilidades del dúo y las de las canciones que tienen elementos que nos dan una punta lúdica para compartir con el público, sin perder de vista nunca, nunca, nunca el gesto poético. Ese es uno de nuestros principales pilares: que lo poético y el rigor musical sean el eje. Y con eso podemos bailar, podemos jugar, sin perder de vista esa otra profundidad”, detalla la cubana con acento de sol y de mar.
“Creemos que los chicos merecen una propuesta cuidada, inteligente y musicalmente seria. Entonces, los arreglos que hacemos pueden estar tranquilamente al nivel de cualquier otro proyecto musical”, dice Gabichu de Los Raviolis. “No renunciamos a la complejidad ni a la calidad por tratarse de música para chicos. Como no renunciamos a decir lo que pensamos. Nosotros tenemos una posición y es una posición política, no partidaria, pero sí política. Eso significa que hay cosas frente a las que no somos neutrales. Cuando se desfinancia la salud, la educación, el Garrahan; cuando se ataca a las minorías; cuando se promueve la crueldad; cuando se baja una línea donde el bullying parece estar permitido, ahí nosotros tenemos una posición tomada. Y la vamos a seguir teniendo. En ese sentido, Raviolis es bastante intransigente. Hay cosas que no vamos a negociar. No pensamos la propuesta como un entretenimiento vacío o desentendido de lo que pasa en el mundo. Para nosotros también forma parte de hacer canciones decidir desde qué lugar hablamos, qué defendemos y frente a qué cosas marcamos un límite”.

Ante un presente que muta con vertiginosidad y la exposición en ascenso de chicos y chicas a pantallas y opciones mediadas por la tecnología, las bandas dicen que, aunque les supone un desafío, intentan capitalizar lo que ofrecen las nuevas herramientas y encontrar, a travé de ellas, otra manera de conectar con su público.
“Creemos que la enorme exposición de grandes y chiques a las pantallas son cambios con los que nos toca convivir. Por supuesto, estamos muy a favor del contacto humano real, de todo lo presencial y en vivo, pero si se consumen contenidos culturales mediados por las pantallas, proponemos que no sea en solitario sino compartido en familia. Por eso nuestra propuesta va dirigida no solo a las infancias, sino a los adultos de referencia de esas nenas y nenes, para que puedan vivir momentos significativos alrededor de nuestras canciones y videos”, dice Ruth Hillar, de Canticuénticos.
“Por más que los cambios sean tan acelerados y sea difícil entender una realidad en permanente mutación, hay algo que nos atraviesa como humanidad de manera atemporal y es que somos seres sociales. Y tanto en nuestros primeros años como de grandes, esa sociabilidad nos hace buscar el contacto. Las canciones y los cuentos tienen ese poder de comunicar a través de la voz, de decir: acá hay un ser humano que te está cantando, o contando. Hay un relato que continúa una historia narrada y cantada, que se remonta a nuestros orígenes, algo que ya es parte de nuestro ADN. Ese camino queremos seguir recorriendo con Canticuénticos, rescatar el contacto humano de todas las maneras posibles”.
“Siento que hoy competimos con una oferta muy fuerte de contenido para chicos. Mucho de ese contenido es bastante adictivo, bastante repetitivo, pensado desde una lógica mercantilista, sin una búsqueda más profunda detrás”, dice el líder de Los Raviolis. “No es que eso antes no existiera. Siempre hubo productos infantiles pensados de esa manera, pero me parece que ahora es muchísimo más fuerte porque las plataformas se multiplicaron. Es un bombardeo constante. Y eso hace que el contexto sea mucho más exigente para cualquier propuesta que quiera construir otra relación con el público. Lo que yo siento, igual, es que cuando una familia se encuentra con la experiencia de Raviolis, no la suelta. Porque ahí pasa algo de mucha calidad en términos de experiencia compartida. Hay algo que se vive en el cuerpo, afectivo, vincular, que tanto los chicos como los grandes perciben. Entonces, aunque después consuman mil cosas más, me parece que Raviolis queda reservado como un espacio especial, como una experiencia familiar que tiene otro espesor”.
Gabichu también señala que las redes tienen su punto a favor porque hacen que las canciones circulen, permiten llegar a más personas, a más lugares, y que su trabajo se amplifique. “Forman parte del problema y también de la posibilidad. El desafío, para mí, no es competir haciendo lo mismo que esa lógica de consumo rápido, sino sostener una propuesta que tenga identidad, calidad y una experiencia real que valga la pena vivir en familia”.
Dúo Karma coincide en que nada reemplaza la potencia de la presencialidad. “Creo que lo fundamental y donde nos sentimos bien es compartiéndole al público, en nuestras presentaciones, la experiencia de vivir la música en vivo, sin pantallas, dos seres humanos con una guitarra, dos voces y algún que otro elemento de percusión menor. Proponerles escuchar las canciones, proponer también que sea algo familiar y, en ese encuentro, en esa ceremonia tribal de compartir la música, hay algo de pies a tierra, de mundo real que nos está faltando cada vez más”.
Como Canticuénticos y Los Raviolis, el Dúo Karma intenta rescatar las bondades de las herramientas tecnológicas, reconocen que sirven para llegar a otras latitudes, acortar distancias y ofrecen videos con ilustraciones que enriquecen sus canciones y abren nuevos universos “para esos momentos permitidos de pantalla”.

“Creemos que cada vez toman más valor las presentaciones en vivo”, dice Koufequin, “por eso es que más que nunca estamos apostando por una serie de shows que tienen que ver con la divulgación científica. Los chicos vienen a escuchar los hits de la banda, lo que ya saben que vienen a ver, pero además se llevan una info. Por ejemplo, los shows del Labofest que estuvimos haciendo en el Centro Cultural de las Ciencia [N. de la R.: un ciclo que reúne a músicos, científicos y especialistas], en los que trabajamos temáticas como la robótica, los hongos, las plantas, el océano, el espacio. Y también estuvimos haciendo un show en el Planetario, donde creemos que hay una intención de divulgación científica.Eso nos coloca en un lugar que nos da mucho orgullo”.
Vuelta Canela se suma: “Es un desafío y a la vez una posibilidad, desde nuestro lugar de artistas y educadores, mostrar una manera de disfrutar de este momento maravilloso que es la infancia partiendo del encuentro cara a cara, a través de la música tocada en vivo con instrumentos artesanales y de “canciones - juego”, usando nuestra voz, las manos y el cuerpo. El baile y el clown, como lenguajes que forman parte de nuestro cotidiano, también son una invitación a la acción. Las letras de nuestras canciones juegan con las palabras, los sentidos, los sinsentidos, con la imaginación y con la búsqueda de la belleza en las pequeñas cosas tan maravillosas que nos rodean”.
En este día, los artistas les desean a las infancias “que las personas adultas entendamos que el mundo no nos pertenece. Que el mejor regalo que podemos hacerles es gestionar de manera responsable y amorosa el lugar en el que tendrán que vivir nuestros descendientes” (Canticuénticos); “que puedan crecer lo más libres que sea posible, que tengamos la capacidad de protegerlos, de proteger sus derechos y tener mayor empatía (Koufequin); “que siempre cuenten con un abrazo que cobije, que cuide, que alimente y puedan mirar el mundo con ojos poéticos y asombrarse y soñar elevadamente” (Dúo Karma). “Que no les dejemos un mundo tan injusto como el que les estamos dejando. Que en algún momento esto pegue la vuelta y podamos hacer algo para darles un mundo mejor. Un mundo menos mercantilizado, donde haya más espacio para la vocación, para el arte, para el ocio, para aburrirse, para hacer cosas que no estén todo el tiempo medidas por la productividad. Y también que los adultos podamos estar más presentes. Porque vivimos corriendo demasiado, trabajando hasta cualquier hora, con el celular en la mano. Que podamos darles no solamente más tiempo sino mejor tiempo” (Los Raviolis).
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