
Fue unas de sus últimas oratorias, desprovistas de todo protocolo. La cita: el teatro Cervantes. Isabel Martínez de Perón proclama ante el congreso justicialista que la escucha en silencio, proclama al país, en transmisión televisiva, que nada hay más importante que la unidad nacional. Que la palabra clave es “compatriotas” y que, como lo dijera el general Perón, para un argentino no hay nada mejor que otro argentino. Después de señalar que se había recibido un país agotado por veinte años “de conflictos y postergaciones” y que había sombríos presagios, Isabel endureció el tono de la voz y levantó la mirada hacia sus cómplices, los pocos que la apoyaban públicamente. Allí estaba un grupo de simpatizantes congregado frente a la sede de las deliberaciones, aunque algunos congresales optaron por el ausentismo. El bombo de “El Tula” ponía a prueba la acústica de la sala de la comedia nacional. La sensación de orfandad, sin embargo, se respiraba en el ambiente.
El congreso consagraba a los candidatos para integrar el consejo nacional partidario, cuyos principales cargos quedaron cubiertos por Deolindo Bittel, gobernador del Chaco, el gremialista Néstor Carrasco y el diputado bonaerense Lázaro Rocca. El peronismo intentaba demostrar un signo de fuerza en su vertiente verticalista, pero la postal era de una indisimulable fragmentación en medio de una fuerte crisis política. Las rencillas internas del movimiento salían a la luz. En realidad, lo fuerte de la jornada estuvo en la alocución improvisada de Isabelita que, antes que proceder a leer un discurso, sentada frente a una larga mesa, dio uno de los alegatos más paradigmáticos de sus últimas semanas en el poder. Frente a un par de micrófonos, lo primero que dijo fue algo tan desconcertante como fruto de la decadencia: dijo que no creía en su “entorno”. Consciente de interpelar a su propia tropa, la que hace tiempo le había soltado la mano, dijo que ni el general Perón lo había podido crear alrededor de ella.
“No me diga excelencia, sino Isabelita”, indicó a uno de sus ocasionales interlocutores. La jefa del justicialismo buscó conversar “como en familia”, con frases algo coloquiales pero proyectando su reflexión sin eufemismos. Un verdadero pensamiento en voz alta. “Sé que algunos creen que no aprendí nada –dijo, en el primer tramo de la conversación– pero se equivocan. Los veinte años que estuve en Europa junto al conductor no los pasé mirando desfiles de modas”. Enjuició luego las ambiciones personales de propios y extraños y criticó a quienes “a veces se equivocan porque se creen candidatos a presidente”. Al mismo tiempo manifestó estar desprovista de ambiciones y advirtió que “quienes atacan a Isabel, en realidad lo que quieren es el caos del país”. Recordó entonces aquella estrofa del Martín Fierro, refiriéndose por elevación al peronismo: “Si entre hermanos se pelean, los devoran los de afuera”.
Hubo un momento de tensión. Cuando se refirió a que “algunos que no son peronistas merecerían serlo por lo bien que trabajan, mientras que otros que se titulan peronistas no tienen de peronistas más que la camiseta”, alguien del público gritó “¡A la horca!”. A lo cual la Presidenta respondió, de inmediato: “Yo no mando a nadie a la horca. Se ahorcan solos”. Al aludir a los pleitos internos del peronismo, exhortó a “no dar pasto a las fieras” y proclamó su “odio a la obsecuencia”. Y en otro tramo de la alocución, la jefa de Estado criticó a quienes le decían “señora o Isabelita la queremos mucho, pero por detrás me clavan el puñal”.

Con un estilo directo y despojado de formalismos, fue directo al grano. Dijo que “si le cortaban la cabeza” a ella, después se la cortarían “a los demás” y aseguró que “le iba a dar con un hacha” a los especuladores convirtiéndose, si fuera necesario, “en la mujer del látigo”. Advirtió, entonces: “Los tan conocidos y aprovechados profetas de desastres se apresuran a proclamar que todo ello no es sino el resultado de nuestra obra y que solo su retorno podrá salvar a la República. Confunden sus intereses con la suerte de la Nación. Pero ya ha pasado también para ellos el tiempo y la oportunidad. Al país no lo salvaron, ni lo salvarán, los golpes de Estado ni las dictaduras de minorías. Al país lo reconstruiremos todos o dejará de contar entre aquellos que hacen historia”.
Isabel, en efecto, estaba acorralada. A la ofensiva militar acontecía la ofensiva económica sobre el gobierno. Los sindicatos estudiaban la posibilidad de ceder en sus reclamos de aumentos para no debilitar más al gobierno, pero a esta altura ya no importaba.
A fines de febrero, Videla, Massera y Agosti habían avanzado lo suficiente en el plan de destitución: ya discutían los nombres de los ministros de la dictadura. “Funcionaban de facto como un gobierno paralelo que tenía su sede en el edificio Libertador”, se lee en la biografía de Videla escrita por María Seoane y Vicente Muleiro. En esas reuniones, y desde el Ejército, Videla impuso el nombre de José Martínez de Hoz como ministro de Economía, aunque el candidato de Roberto Viola era Lorenzo Sigaut. El jefe de los terratenientes y grandes empresarios nacionales se encontraba a muchos kilómetros de los cónclaves militares. Ese verano, amante de la caza mayor, estaba buscando presas extraordinarias en África.
El gobierno peronista hizo intentos desesperados para evitar lo inevitable. Hubo otro cambio de gabinete, que sería el último. Los viejos aliados de Luder –Cafiero y Carlos Ruckauf, ex ministro de Trabajo– ya habían abandonado el barco isabelino. Sólo permanecieron al lado de Isabel unos pocos fieles. José Alberto Deheza sería nombrado en Defensa. Su tarea era enviar cada día mensajes de tregua a Videla, quien solía prometerle acatamiento a la Constitución. Desde fines de febrero hasta la noche del 23 de marzo, Videla le negó a Deheza que estuviera en marcha un golpe de Estado. “Parecía un gran pelotudo, pero era un gran simulador”, dijo Deheza años después.
Todo iba en franco deterioro. En el teatro Cervantes, el 7 de marzo, la Presidenta habló de un tiempo de “tempestuosas expectativas”. Siguió su discurso, de modo enfático: “Los días comunes han quedado atrás y los que nos aguardan contienen, a manera de semilla, los frutos de nuestra grandeza o el secreto de nuestra decadencia. No hay ya tiempo para malgastar y queda muy poco para no quedar al margen de una historia que, por nuestro pasado y nuestras inmensas posibilidades, debe registrarnos como protagonistas”.
“Decía que no vivimos tiempos comunes –continúo, con urgencia–, que estamos en la vía de opciones sin retorno. Por ello proclamo a este Congreso y al país que confiemos en la unidad nacional”. Dijo luego que los pueblos hacen historia o la padecen y recordó la frase de Perón de que “el año 2000 nos verá unidos o sometidos”. Y afirmó: “Los que trabajan contra la unidad nacional están trabajando contra el destino de Argentina como Nación y como potencia. Los que propugnan el enfrentamiento y la lucha entre hermanos son aliados de nuestros enemigos y abanderados de nuestros desastres”.
Poco después, sin dejar de lado el centro del escenario, subrayó lo que había significado para el país la pérdida de Perón aunque expresó: “Pero si no tenemos a Perón tenemos las metas que él fijara al movimiento para mejor servir al destino de la Patria. Destino que hemos de alcanzar ahora o nunca”. Eufórica, tal vez consciente del ocaso de su figura, exhortó luego a todos los militantes a luchar junto a ella en estos momentos difíciles y aseveró: “el peronismo debe demostrar al país, a América y al mundo que no ha fracasado en la responsabilidad que asumió por decisión mayoritaria del pueblo. Más aún debe demostrar su capacidad de victoria superando las pequeñas divisiones que en algunos casos pueden haberlo afectado”.
En atmósfera de despedida, incapaz de despegarse del que fuera su marido y mentor político, fallecido el 1 de julio de 1974, terminó diciendo: “Al lado del general Perón aprendí que solo la humildad vence al mundo y acalla la soberbia que desata la guerra y las pasiones. Perón fue humilde en su grandeza y por eso fue grande en su humildad. Enseñó que gobernar es persuadir, no dominar. Haré honor a las enseñanzas del hombre que con grandeza y desprendimiento sacrificó su existencia en holocausto del pueblo y de la Patria”.

Los diarios informaban que el Vaticano había aprobado el Método Billings, un nuevo sistema para el control natal que aparentemente permitía determinar los periodos de fecundidad de la mujer mediante el análisis de determinadas secreciones. Que la violencia política no cedía en España, con obreros asesinados por la policía y anuncios de huelgas generales. Que River avanzó en su grupo de clasificación en la Copa Libertadores, al tiempo que había empezado a regir un aumento del 150 por ciento en los ferrocarriles. Y que tras el duro mensaje del ministro de Economía, Emilio Mondelli, que habló de un plan de emergencia luego de trazar un cuadro de desabastecimiento, los porteños hicieron cola frente a los mostradores de los clásicos almacenes de barrio y en los supermercados para acopiar productos básicos como azúcar, huevos, harina, yerba y aceite.
La Unión Comercial Argentina, por su parte, señaló que “este nuevo intento de cargar sobre las espaldas de la comunidad nacional el peso de la crisis que tiene responsables concretos y que no son precisamente los empresarios descapitalizados ni los obreros empobrecidos ya no tiene margen de aplicabilidad: la paciencia de los argentinos está agotada”. Mientras, la C.G.T. mantenía un cerrado hermetismo ante la conducción económica y aunque el dirigente metalúrgico Ricardo Centurión declaró: “estamos ante otro Rodrigazo”, la jerarquía sindical seguía con la tregua política de no llamar a medidas de fuerza ni a movilizaciones callejeras.
En las últimas palabras de aquel tumultuoso discurso en el Cervantes, Isabelita hizo un llamado que rebotó sin eco en las paredes del teatro: “Nos tenemos que jugar todos”. Y el estrépito de su aislamiento se diluyó en un tono suspicaz, consciente del abandono de sus propios compañeros. “Pido a cada peronista que ayude. Y una de las mejores formas de ayudar es no ir a los diarios. ¿Desean que me marche? Yo no estoy atada al sillón. Lo importante es que el que venga después de mí, aunque se equivoque, que lo haga con buenas intenciones”. Días después el entonces Secretario Legal y Técnico, Julio González, notaría el miedo en sus ojos vidriados. Su gesto inevitable de desolación. “Las huellas de una soledad insoportable”, como escribió Facundo Pastor en Isabel.
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