“Las microagresiones urbanas tienen un impacto real en la convivencia y requieren respuestas desde la sociedad y el Estado”, afirmó Emmanuel Ferrario, legislador porteño y columnista habitual de Infobae en vivo, al iniciar su columna sobre el tema. En diálogo con el equipo matutino integrado por Gonzalo Sánchez, Caro Amoroso, Cecilia Boufflet y Ramón Indart, expuso cómo una suma de gestos o actitudes cotidianas afecta el ánimo y los vínculos en la vida en la ciudad.
Durante la emisión, Ferrario explicó el concepto de “microagresión urbana” con situaciones del día a día: “Subís al bondi, saludás al chofer y no te devuelve el saludo. El portero no te responde. El que escucha música fuerte en el transporte público y no usa auriculares; o quien se ubica bajo el techito en días de lluvia y no deja lugar al que está sin paraguas”. Para el legislador, estos gestos no suelen comentarse pero “definitivamente te generan un impacto y te predisponen de una manera”.
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Según Ferrario, el problema va más allá de la simple incomodidad momentánea: “Es una especie de capa de agresiones menores que muchas veces ni mencionás, pero que se terminan contagiando. Si saludaste a tres personas y no respondieron, a la cuarta quizá ni la saludás”. Advirtió que esta acumulación afecta no solo al bienestar personal sino también a la confianza social: “Es muy difícil reconstruir vínculos a nivel macro si se rompe la confianza entre vecinos a nivel micro”.
El columnista señaló que las microagresiones pueden ser también síntoma de fallas más estructurales, desde la ausencia de rampas para personas discapacitadas hasta servicios digitales caídos para trámites básicos. “Eso demuestra desconsideración y desdén desde el Estado, la sensación de que nadie piensa en el vecino”, remarcó.

En la columna se mencionó un indicador internacional, el “índice de irascibilidad”, elaborado por Gallup, que mide el porcentaje del día en que las personas reconocen haber estado enojadas. De acuerdo a ese relevamiento, Argentina figura con un 16%, lejos de los países más irascibles como Irak, Líbano y Armenia. No obstante, Ferrario reconoció que “esa data puede estar sesgada por cuestiones de autopercepción: reconocer el enojo implica un ejercicio de autocrítica que no siempre se da”.
El análisis se extendió sobre cómo estas microagresiones “dan excusas para desconectarse y encerrarse en un mundo propio”, con consecuencias que pueden llegar al trabajo y afectar el rendimiento laboral y la salud mental. “Te quedan rumiando en el cuerpo, es una toxina que dura un rato”, describió Ferrario. Mencionó estudios que muestran el impacto en “ansiedad, estrés, fatiga y hasta en renuncias laborales”, y destacó la publicación de más de mil trabajos científicos recientes sobre el tema en revistas de psicología comunitaria.

Para ofrecer soluciones, Ferrario repasó los enfoques que distintos gobiernos implementan: “Hay incentivos positivos, incentivos negativos como multas, políticas de educación y concientización, y el ‘nudge’, pequeños empujoncitos a la racionalidad para modificar conductas”. Como ejemplos, citó campañas en el subte de Nueva York que fomentan la cortesía –“No seas la mala historia del subte de otra persona”–, y la regulación contra el “manes spreading” en el Metro de Madrid. Mencionó además que en Tokio, multan con hasta 70 pesos argentinos a quienes salpican peatones al conducir, mientras que en Suiza existe la prohibición de utilizar instalaciones ruidosas después de las 22.
Finalmente, subrayó la necesidad de incorporar empatía en el diseño urbano y en los servicios públicos: “Es fundamental que la formación y el trato contemplen situaciones de personas mayores, de quienes tienen discapacidades, o presentan condiciones como el espectro autista”. Para Ferrario, el punto de partida sigue siendo personal: “Arrancar por uno, no frenar la cadena, saludar, respetar, cumplir las normas… pero también exigir que el entorno ayude a que eso sea posible”.
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