
Muchos porteños la vieron cerca de la costa en la zona de costanera norte a la altura del Parque de la Memoria. Justo antes de ingresar a la Ciudad Universitaria de la UBA. Es una pequeña casa en el medio del Río de la Plata que parece flotar como un pequeño castillo fantasma.
Las leyendas urbanas se alimentaron todos estos años desde su construcción a fines del siglo XIX. Algunos decían que era una obra de arte abandonada. Otros alimentaron la teoría de que es la casa de un millonario con un proyecto de vivir en medio del río. Nada de eso es cierto.
La casita no tiene ningún conde que sale de noche por las calles porteñas, ni tampoco fue el resultado de una instalación artística. Se trata de la primera toma de agua que del Río de la Plata llegaba hasta la primera planta potabilizadora de agua en el barrio de Recoleta, donde actualmente se encuentra en Museo de Bellas Artes.

El primer sistema de agua
“En ese momento, el río estaba mucho más cerca. Eran pocos metros - asegura Celina Noya, responsable del Museo del Agua de Aysa-. De ahí sacaban el agua que después de las decantaciones se empezaba a distribuir por las casas de los porteños a finales del siglo XIX”.
Todo comenzó con las epidemias de fiebre amarilla. En 1871, se produjo la más devastadora para la Ciudad. Fue el momento que la clase alta se mudo del sur al norte de Buenos Aires. Ese año, la enfermedad mató a 14.000 personas, lo que equivale al 8% de la población.
Hasta ese momento, el agua no era de buena calidad en la Ciudad. “Los más ricos tenían aljibes que juntaba el agua de lluvia o pasaban los aguateros que acarreaban el agua desde el Río de la Plata hasta las casas -explica Noya-. También hubo una bajante muy importante del río que causó desabastecimiento. Eso había generado mucho malestar en los porteños de la época”.
Entonces, se contrató a ingenieros ingleses que realizaron las primeras obras. El objetivo era tomar el agua del río, limpiarla y almacenarla en tanques que luego la iban a distribuir por las casas de Buenos Aires. Es el mismo momento en que empieza a pensarse un sistema cloacal para separar las aguas.

La captación de agua desde el río que formaba parte del primer sistema de aguas corrientes de la ciudad proyectado por el ingeniero John Coghlan, no contó, entonces, con una torre de toma.
Sólo eran caños de hierro que partían de la Planta de Recoleta (hoy Museo de Bellas Artes) internándose en el estuario. Con la ampliación de esta Planta planteada por el estudio Bateman, Parsons &Bateman en su proyecto del Radio Antiguo (1872), nació la primera torre de toma, que se ubicó frente al pueblo de Belgrano.
La construcción de la casita
Su construcción se inició en 1876 y se habilitó en 1895. “Se usó un sistema de diques para mantener seca la zona y poder hacer la instalación”, explica Noya.
Por fuera, la torre presentaba en sus cuatro caras formas neoclásicas, con almohadillados y cornisamento perimetral superior, y una planta cuadrada. Por dentro, se trataba de un cilindro, con tres metros de diámetro, ubicado por sobre 2.60 metros del nivel máximo de crecidas. Por eso, durante las sudestadas, aún las más complicadas, siempre se mantiene sobre el nivel del río. Eso da la sensación de que esta flotando. En el interior del cilindro se cavó un pozo a más de 10 metros bajo el lecho del río.
La casita del Río de la Plata tiene el mismo estilo que las construcciones de la época de la empresa de agua porteña. Es como una “hija menor” del clásico Palacio de Aguas Corrientes, ubicado en la Avenida Córdoba y Riobamba.

La captación de agua desde el río que formaba parte del primer sistema de aguas corrientes de la ciudad fue proyectado por el ingeniero inglés John Coghlan. Al principio eran caños de hierro que partían de la Planta de Recoleta (hoy Museo de Bellas Artes) internándose en el estuario. Con la ampliación de esta Planta planteada por el estudio Bateman, Parsons &Bateman en su proyecto del Radio Antiguo (1872), nació la primera torre de toma, que se ubicó frente al pueblo de Belgrano. “Cuenta con un sistema de rejas para evitar que pasen objetos grandes y basura”, cuenta la Responsable del Museo del Agua.
“Con muy pocos cambios, ese primer sistema se parece a los que se usan actualmente para llevar el agua a las casas de la Ciudad - revela Noya-. Obvio que hay otros volúmenes y se mejoró el nivel de potabilización, pero el concepto de extracción es el mismo”.
La renovación del agua
Al construirse la Planta Potabilizadora en Palermo (actual Planta Gral. San Martín), frente a la pista del aeroparque, se construyó una nueva torre, de forma hexagonal, de mampostería hidráulica, con una capacidad de 1.600.000 m3 diarios, de la que partía un túnel de toma de tres metros de diámetro y 1.245 metros de largo, 1.000 de ellos bajo el río. Durante 1972 y 1973, se ejecutó una nueva torre de toma a 1.500 metros de la Planta, la que hoy se encuentra en funcionamiento. De esta extensión, 1.000 metros son fluviales -el resto del trayecto pasa por debajo del Aeroparque, la Avenida Lugones y el acceso a la Planta- con un conducto de 5,4 metros de diámetro, de hormigón pretensado. En cada una de sus caras (ocho en total) la torre tiene dos acometidas, contando cada entrada con una reja semicircular de dos metros de ancho por tres de alto.

Nada es para siempre
Muchas veces los porteños creen que es natural que de las canillas de sus casas salga líquido. Es más que esa agua sirva para tomar en forma segura. Creen (o creemos), quizás, que ese recurso es eterno. “Siempre va a estar el Río de la Plata ahí para abastecer a la Ciudad. Esto no es así - replica Noya, entre sonrisas-. El recurso natural no es infinito. Hay que hacer un uso responsable para evitar problemas futuros. Ya hace poco Uruguay tuvo una crisis por falta de agua”.
Y la Responsable del Museo del Agua asegura que en otros países hay otra conciencia. “Entienden que no es ´natural´ que salga de la canilla todo el tiempo agua. Lo ves en las duchas más cortas, en la forma de lavar los platos o hasta la manera que ven nuestra costumbre de baldear las veredas de los edificios", sostiene.
La casita del Río de la Plata sigue ahí en la costanera norte como parte del paisaje. La estructura flota mientras un padre le cuenta a un nene una historia sobre vampiros y un conde misterioso que habita el pequeño castillo flotante. Y así la leyenda continúa.
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