El bajo retumba, las luces estallan en destellos de colores y un mar de gente levanta los brazos al compás de la música. En la cabina, Martín Cotos ajusta los controles con la precisión de un cirujano. Sabe exactamente cuándo subir la intensidad y cuándo dejar que el beat respire. En ese instante, el mundo se reduce a una sola cosa: la música. Lo que pocos saben es que, unas horas antes, vestía traje y corbata, organizando eventos para el Banco Nación.
A sus 33 años, este oriundo de Roque Pérez, un pueblo de 14.000 habitantes en la provincia de Buenos Aires, ha tejido una historia de pasión y determinación. Su infancia transcurrió entre las calles tranquilas del pueblo y el kiosco de sus padres, que se convirtió en mucho más que un comercio. “No venían solo por las pastillas, sino para preguntar por qué la tarjeta de crédito no les había llegado”, recuerda Martín con una sonrisa.
A los 18 años, su vida tomó un giro inesperado. Se mudó a La Plata para estudiar seguridad informática, pero cuando surgió la posibilidad de ingresar al Banco Nación, apostó por la estabilidad y el progreso. En 2016, decidió asumir el desafío de trasladarse a la casa central del banco en Buenos Aires, dejando atrás su vida en el pueblo, su gente y todo lo que le era familiar. “Cuando caminaba por Bartolomé Mitre en mi primer día de trabajo, vi al fondo de la calle un hotel internacional y pensé: ‘Qué bueno sería tocar ahí’. Poco tiempo después, estaba allí”, rememora.
Así como en una canción, en su vida hubo drops inesperados, momentos de silencio y un beat que nunca dejó de sonar. En el banco, organiza eventos con precisión suiza. En la cabina, improvisa y fluye con el ritmo del momento. Dos universos que parecen opuestos, pero que para Martín tienen un mismo hilo conductor: la pasión por hacer que cada momento cuente.
“Creo que cada momento de la vida es una canción diferente y por eso también considero que no hay género que me disguste, sino que cada uno tiene un momento clave en el día a día de las personas”, reflexiona Martín.
Durante las fiestas de 15 en su adolescencia, notaba cómo la interrupción de la música afectaba la energía del evento. Esa inquietud lo llevó a involucrarse en el mundo del DJ y, con el tiempo, a transformar eventos en experiencias inolvidables. “Soy un convencido de que cuando tomás la vida de manera lúdica y, de alguna manera, ‘le faltás el respeto a tus sueños’, las cosas suceden”, afirma.
En 2022, la vida le regaló un momento soñado y, al mismo tiempo, le puso una prueba devastadora. Viajó a Europa por primera vez con la ilusión de vivir nuevas experiencias, pero en plena aventura recibió una llamada que lo sacudió por completo: su madre estaba muriendo. Sin dudarlo, dejó todo y tomó el primer vuelo de regreso a Argentina. En medio del dolor, su padre le dio un mensaje que lo marcaría: la vida continúa. Con esas palabras resonando en su mente, decidió volver a Europa y cumplir el sueño que había quedado en pausa: asistir a Tomorrowland, el festival de música electrónica más importante del mundo. Estar allí, en medio de la multitud, con la música envolviéndolo, fue más que un deseo cumplido: fue una catarsis, un reencuentro con su pasión y una manera de transformar la pérdida en un nuevo impulso para seguir adelante.

Buenos Aires, con su inagotable energía nocturna y su diversidad de sonidos, le ha brindado a Martín un espacio para crecer como DJ. La ciudad vibra con una oferta musical que abarca desde clubes icónicos hasta festivales de renombre. En este universo, la figura del DJ se vuelve clave para crear experiencias memorables.
Cuando le preguntan: “¿Qué te genera más adrenalina: cerrar un gran evento en el banco o ver a la gente perderse en tu música?”, su respuesta es clara y sin titubeos: “Perderse en la música, totalmente. La energía, la vibra, la sonrisa que las personas podemos transmitir con un mínimo gesto hace que lo elija mil veces”, afirma con convicción.

Entre sus recuerdos más preciados, destaca un set que quedó grabado en su memoria. “El set más inolvidable que toqué fue en un conocido hotel en Puerto Madero ante 800 personas. La puesta en escena era impresionante, la energía del lugar era única y la cantidad de gente lo hacía aún más especial. Fue un momento en el que sentí que todo lo que había soñado se estaba haciendo realidad”, recuerda.
La música, como la vida, no se detiene. Siempre hay un nuevo tema por mezclar, una nueva pista que explorar. Martín lo sabe mejor que nadie: de día, con traje y corbata; de noche, con auriculares y consola. Entre eventos y pistas, sigue escribiendo su propia historia, una en la que los sueños no tienen pausa y cada beat cuenta.
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