“Nadie, amigo. Nadie. Si un día normal vienen 10, hoy hay 2 ó 3″. Juan, empleado de una librería comercial de Callao y Corrientes, 24 años, mira desde la caja hacia la vereda y lo que observa se parece mucho más a un sábado a la mañana, un feriado o alguno de aquellos horrendos días de pandemia. Del ritmo natural que la avenida más vibrante del país suele tener un jueves al mediodía sólo se intuye el tránsito vehicular; muchos autos, varios taxis y un colectivo que pasa -semivacío- cada tanto.
La huelga nacional dejó su marca en Corrientes, una arteria de la ciudad por la que circula gran parte de la sangre trabajadora del AMBA, desde la estación Lacroze en Chacarita hasta el Bajo, a través de los barrios de Almagro, Abasto, el Once, la esquina de Callao y más allá también. La avenida tuvo un pulso bajo, con muchos locales comerciales abiertos pero prácticamente vacíos como consecuencia de la decisión de la CGT de llevar adelante el segundo paro contra las medidas del gobierno del presidente Javier Milei, un día después de que el Indec difundió que la caída de la actividad industrial fue de más del 20% respecto del año pasado y, en el caso de la construcción, por encima del 40%.
Entre el Once, por ejemplo, entre Pasteur y Azcuénaga, Infobae contabilizó ocho negocios cerrados de un total de 21 y, en la vereda de enfrente, 10 de 22. Así, a lo largo de toda la mítica avenida en el área de influencia de la industria textil, donde la normalmente alta densidad de manteros era apenas mínima y, raro para esas cuadras, se podía caminar sin chocarse a nadie.
“Mañana volvemos a la normalidad. Hoy no hay nadie, poca gente. Hoy por ahí entra algún turista, alguien que salió a pasear, pero el laburante que pasa por acá hoy no está, te voy a explicar por qué: esta zona específica depende mucho de los trenes y no hay, eso nos mató”, comenta Alberto, dueño desde 1976 de un negocio que vende ropa casi en la esquina de Pueyrredón y Corrientes.
Para el comerciante, de 68 años, vecino de Puerto Madero, el paro es “un paro político, para los políticos”, pero reconoce que la situación de los trabajadores se complicó en el último tiempo. “A mí, por ejemplo, de 200 lucas de obra social pasé a 600. De expensas pago una fortuna incalculable, pero esto no va a ser siempre así, yo creo que se va a acomodar, hay que dejar que se acomoden los melones”, sostiene su fe.
Unas cuadras más hacia el Centro, Alejandra y Liliana miran la poca gente pasar por la vereda desde el umbral de la zapatería donde trabajan. Las dos viven cerca del local, por lo que pudieron llegar al trabajo sin dificultades. Tampoco, aseguran, tuvieron opción de elegir si sumarse a la huelga o trabajar. “Mucha menos gente que un día cualquiera, nada que ver. Creo que entraron tres personas en lo que va del día, pero la verdad es que se nota que los trabajadores tienen menos para gastar, acá se vende menos”, comenta Liliana.
La famosa librería y disquería (si es que aún se venden discos) Zival’s en la esquina de Callao y Corrientes está cerrada. Sus persianas bajas son una escena poco común para una de las esquinas más transitadas del país. Unos metros más arriba, otra célebre librería, De La Mancha, tampoco abrió.
“Nosotros nunca nos adherimos a los paros generales. Casi siempre abrimos un rato pero esta vez había que tomar posición. Pensá que todas las medidas que tomó el gobierno son en contra de los comercios en general y de la cultura en particular. Veo cómo se están empobreciendo mis clientes, las editoriales, las distribuidoras, los costos delirantes, nos están matando”, explica Andrés Rodríguez, dueño del negocio, quien afirma que la luz, en su local, le subió “20 veces”.
Por eso, el librero, cree que esta vez había que parar: “La gente no va a tener para cubrir sus cosas básicas, te hablo de la clase media o media alta y la clase baja que votó a Milei. Estamos en un momento donde se consumirá lo básico, comer y no tratar de morirse de hambre. Y afuera el cine, afuera los libros, afuera la música. Por eso decidimos cerrar y mañana retomaremos las actividades”.
A diferencia de la decisión de Rodríguez, todos los locales del Abasto Shopping permanecieron abiertos. Lili es venezolana, llegó al país en 2019 y trabaja como vendedora en un stand de cremas faciales de lujo. “Seguramente a la tarde se vean más personas con niños pero durante la mañana no entró nadie al shopping”, cuenta y admite que para ella “no es el momento para que el país pare”.
Sin embargo, considera que la situación de los trabajadores empeoró en el último tiempo. “Yo no gano mal acá, la empresa me paga antigüedad y todo, pero para una persona que tiene que mantener un hogar no debe ser nada fácil. Yo porque estoy sola. La cosa está difícil, a mí se me va el 40% de mi ingreso en alquiler, no quiero pensar en alguien con niños”, comentó.
De todos modos, Lili dice que confía en que el gobierno pueda mejorar la situación de los trabajadores. “Todo está pasando de una manera muy drástica y obviamente afecta al que menos tiene. O sea que en algún punto puedes entender la necesidad de un paro, por lo menos de llamar la atención para que eso mejore, voy al supermercado todos los días”.

Beatriz es chilena. También llegó a Buenos Aires hace seis años desde la ciudad de Los Ángeles, capital de la provincia Biobío, en el sur del país trasandino. Sentada en el banquito desde donde atiende el kiosco, ubicado en la esquina de Bulnes y Corrientes, en Almagro, ve pasar la vida de la avenida Corrientes cada día. “Parece un feriado, pasa un colectivo cada 20 minutos”, describe.
Si hay un lugar donde se puede sentir la realidad del trabajador es el que ocupa Beatriz todos los días. “Acá puedo ver cómo empeoró el ánimo, aunque los argentinos siempre se quejan, ahora y antes. Pero si antes compraban dos ahora se llevan uno. Y no es para menos, las cosas aumentan cada 15 días”, resume.
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