En 1997, David Villasante tenía 22 años y era un desempleado más. Las cosas -dice- no eran fáciles en esa época. Un amigo le preguntó si quería acompañarlo a su trabajo. Él era fumigador. “Me comentó si quería acompañarlo a fumigar. Así arranqué, primero yendo a mirar, después a trabajar de manera independiente”, relata. Dos años después, su amigo cambió de rubro y él quedó en su lugar en una empresa de fumigación. Lo terminó de formar su ex-jefe y gran amigo Víctor Polanco, con quien está muy agradecido. Así empezó. Lleva 27 años en el rubro de control de plagas. Es su vida, su oficio.
No tiene horarios ni una estructura rígida. “Trabajo toda la semana si es necesario. No tengo un rango horario. Puede variar y siempre estoy alerta por cualquier emergencia: si alguien me llama, atiendo la consulta. Trabajo generalmente todo el día, todos los días”, acredita. Su trabajo es volátil, tiene altos y bajos, y un fuerte impacto estacional. Lo necesitan más en verano que en invierno. La temporada alta va de diciembre a marzo. “Ahí puedo llegar a sacar un millón, un millón doscientos mil pesos. Aunque suene mucho no lo es por cómo están las cosas. En temporada baja, puede llegar a ganar en promedio 400 ó 500 mil pesos. Todo depende de la calidad del trabajo que pidan: si es un tratamiento o un servicio fijo”, narra.
Recuerda como anécdota singular haber ido a un domicilio en Carapachay, provincia de Buenos Aires. Una familia tenía un roedor en la cocina. “La mujer, una señora mayor, había movido todos los muebles de la cocina incluida la heladera y el marido, que medía dos metros y era camionero, estaba escondido en la habitación porque le tenía miedo. Cuando llegué, lo único que tuve que hacer era rematarlo porque el bicho había comido un veneno casero. Solo lo fui a despedir”, rememora. Los roedores ocupan el segundo lugar de las cinco plagas más comunes con las que combate. El primero son las cucarachas: “Un clásico”. “Tercero lo que sería todo rastrero: pulgas o alacranes, que ahora están de moda. Después tenemos ahuyentamiento de palomas y ahuyentamiento de murciélagos. Ese sería el top cinco de las plagas urbanas”.
“Somos una parte fundamental del ecosistema -presume David-. En 1985, se hizo un estudio a nivel global sobre qué efecto tendría no haber controlado las plagas, los insectos. El resultado era que hubiese un tamaño de siete metros de altura de un colchón de insectos en todo el planeta, no solamente en las ciudades”. Repite, para que se entienda mejor, que sin la labor de los fumigadores habría una acumulación de mosquitos en todas partes.
Hoy los que más lo llaman son los consorcios. También trabaja en el rubro gastronómico, que para su habilitación deben realizar una inspección de bromatología periódica. Hace panaderías, rotiserías, restaurantes como también tintorerías o cualquier otro tipo de negocio. Lo que más le gustan son los desafíos. “Me refiero a un lugar que esté plagado de lo que sea. Me encanta. Le pongo mucho énfasis, soy muy detallista. Me gusta quedarme conforme con lo que hago. Prefiero que haya una plaga importante para pelear, que sea un tratamiento”, dice. Lo que menos le gusta, aunque suene paradójico, es matar roedores. “Yo trato de hacer que el roedor salga, que se escape por alguna vía de acceso. Cuando es un edificio eso es más complicado. Pero tengo que hacer lo que tengo que hacer y cuando me llaman, no me queda otra. Es la realidad”, comenta.
Dice que de los químicos hay que cuidarse mucho. Sus cuidados se distinguen en su indumentaria y equipamiento: “Los filtros de la máscara siempre tienen que estar en buen estado y se deben cambiar cada dos o tres meses, los guantes industriales son impermeables e impiden el paso de cualquier producto, el gorro lo uso por la precipitación cuando se está fumigando en altura, las antiparras sirven para cuando se trabaja en el exterior, donde el producto es más volátil. En invierno uso mangas largas, en verano chomba y siempre pantalón de trabajo porque ahí se guardan los implementos como gel o aerosoles”. Y aclara que “no es peligroso fumigar para las mascotas, siempre y cuando no sean recién nacidas y con una alergia en particular”. “El producto está preparado para insectos. Una mascota es una escala muchísimo mayor y no la debería afectar en nada”, afirma.
Últimamente, la epidemia de dengue atravesó su trabajo. “Está haciendo muchos estragos. La gente no me llama tanto porque prefiere hacerlo de manera casera, para no gastar dinero. Pero lo mejor sería hacer un tratamiento”, sugiere. Acepta que los métodos caseros, como pastillas, espirales, insecticidas y citronela, se usan hace mucho y son efectivos, y son bien transmitidos por los medios y los investigadores. “Lo mejor sería consultar a un experto para sacarse las dudas. No mordemos. Les aconsejamos y les decimos lo que es mejor para la familia en cuanto a seguridad e higiene”, concede.
Mi vida, mi oficio es un programa de entrevistas sobre la importancia, el valor, las exigencias y experiencias de cada trabajo, contadas por sus propios protagonistas. Escribinos y contanos sobre tu oficio y tu historia a mividamioficio@infobae.com
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