
“Estábamos yendo a la casa del Tobi después de básquet y pasamos por el frente de un bar del centro, y el Gaspi, que es él, nos dice ‘ey, miren: plata, hay plata’”. La historia comienza así, con el relato de Genaro. Es la tarde del viernes primero de junio de 2023. Van en bicicleta a la casa de Tobías. Tienen que hacer un trabajo práctico para la clase de Ciencias Sociales sobre la provincia de Misiones. Son cuatro amigos de diez años, cuatro alumnos de quinto grado del colegio Sagrado Corazón de Jesús, de la ciudad de Dean Funes, cien kilómetros al norte de la capital cordobesa. Algo repartido entre las baldosas de la intersección de las calles 25 de mayo e Independencia les despierta la atención.
Gaspar lo descubre rápido: es un sobre que contiene plata, mucha plata. “Al principio pensé que era poca cantidad de plata y después, cuando la fuimos a ver, nos dimos cuenta de que era mucha”, dice. Lo primero que saben es que no es dinero propio. Es un bien que le pertenece a otra persona. Están en una esquina céntrica de la ciudad, a pocos metros de la entrada de un bar que se llama Ohana. No saben bien qué hacer. Pero lo dirimen fácil: hay que devolvérsla al dueño. No saben cuánto es 50 mil pesos pero saben que es mucha plata. “El Gaspi la vio, el Gen tiró la bici, la agarró y fue a preguntar si era de alguien. Le preguntamos a esos dos esposos que estaban en el bar tomando un café. Encontramos la plata, les preguntamos, nos dijeron que no”, retrata Salvador.
Los envuelve un rapto de aventura. Se les había presentado un problema que debían solucionar. Son niños jugando a resolver cuestiones de adultos. Idean una campaña de búsqueda. Se dividen: unos entran al bar con el dinero a preguntar en el mostrador. Otros siguen el rastro de potenciales dueños del dinero que aún circulan por las inmediaciones de la escena. “Un señor nos dijo que esa plata era de la dueña del lugar, y que recién se había ido. Que seguramente se le había caído al irse a su casa. Entonces agarré la bici y por suerte la encontré, estaba a la vuelta de donde había perdido la plata”, cuenta Salvador en diálogo con El Doce TV.
La dueña del bar es Eugenia Solari. En diálogo con Infobae, repasa los hechos de ese viernes por la tarde: “Una de mis empleadas se tomaba vacaciones. Yo había contado el dinero que era para ella, lo envuelvo con el recibo y lo pongo en un bolsillo con cierre vertical de mi mochila”. Cuando sale del bar en dirección a su casa, a donde se dirigía para buscar otras cosas, cuatro nenes de diez años en bicicleta están llegando a esa intersección.

A la cuadra y media, Eugenia siente que se le cae algo de la mochila. Advierte, en el piso, que son los números de una rifa que había vendido junto con una pequeña cantidad de dinero. Cuando los devuelve a la mochila, descubre que el cierre estaba abierto y que los 50 mil pesos no están. “Hice lo que hace todo el mundo, me vine rápido por el camino que había hecho”, relata. No cayó en la desesperación: era casi de noche, no había demasiado movimiento en la calle y había hecho solo una cuadra y media. “Cuando llego, los niños estaban entrando al local”.
En el bar encuentra a cuatro nenes, a un señor desconocido y al sobre con el dinero. Los cuatro nenes son Salvador Moyano, Genaro D’Amico, Gaspar Ruiz Bercovich y Tobías López. Al hombre desconocido le dice “señor Acuña” y es un peatón que cruzaba la calle cuando los chicos le preguntaron si se le había caído plata. El hombre les responde que no y se compromete a ayudarlos en la búsqueda: ve el sobre, interpreta el recibo y asume que se trata de un dinero que pertenece a los administradores del bar de la esquina. Él fue quien subió la imagen de los chicos a sus redes sociales para desencadenar la viralización.
“Los saludé, les agradecí muchísimo lo que habían hecho. Les dije ‘siéntense, merienden, tómense algo caliente, coman lo que quieran’. Y ellos, muy humildemente, me decían ‘no, gracias’. Los insté a sentarse en el bar pero no los pude convencer. Solo logré que se llevaron gaseosas y papitas”, expresa la dueña del dinero y del bar. “Estaba re contenta y agradecida la mujer”, relata Tobías. “Siento que hice un buen acto y me sentí bien, orgulloso”, admite Gaspar. “Decidimos devolver la plata porque hace unos meses mi papá perdió la billetera y se puso re mal, nunca se la devolvieron. Tenía las tarjetas y todo. Si en algún futuro me pasa eso a mí, a lo mejor me lo pueden devolver”, razona Genaro.
La felicidad de haber recuperado el dinero es relativa, dice Eugenia. Su alegría principal radica en la nobleza del acto. “Esto me dio en particular alegría. Si bien detrás de ellos hay unos padres que inculcan valores, ver la actitud de los niños nos da un poquito de esperanza para que todo mejore, entre tanto robo y tanta delincuencia. En estos niños está la esperanza de este país”, remarca.
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